DIOSAS DE LA MODERNIDAD

La mujer, representación de la belleza, musa portadora de la inspiración, fértil madre tierra, regazo y consuelo de las más hondas penas; pero principalmente, aquella a quien recurrimos para obtener placer, desde el más sublime hasta el más mundano, ella es la viva representación del deleite de los sentidos. Desde la pureza espiritual de la virgen madre de dios (Afrodita Urania) hasta la prostituta María Magdalena (Afrodita común, “la de todos”). Todas son María.

Afrodita y su culto, la prostitución religiosa (entregar el cuerpo a extraños como rescate de una existencia pueril, sin sentido del placer y la belleza), práctica inherente a los rituales dedicados a las antecesoras de Afrodita en Oriente Medio, la sumeria Inanna y la acadia Ishtar. Pues Afrodita tiene numerosos equivalentes: Astarté en la fenicia, Turan en la etrusca.  Su equivalente romano es Venus y aunque a menudo se alude a ella en la cultura moderna como «la diosa del amor», es importante señalar que antiguamente no se refería al amor en el sentido romántico, sino erótico.

Cuentan las leyendas que Afrodita no tuvo infancia: en todas las imágenes y referencias nació adulta, núbil e infinitamente deseable. En muchos de los mitos menores tardíos en los que participa se la presenta vanidosa, malhumorada y susceptible. Aunque casada (según la versión en el panteón griego), le es infiel a su marido Hefesto.

Hefesto es el dios del fuego y la forja, así como patrono de los herreros, los artesanos, los escultores, señor de los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. Su equivalente aproximado en la mitología romana era Vulcano, en la japonesa Kagutsuchi, en la egipcia Ptah y en la hindú Agni.

Hefesto era bastante feo (la belleza no es una cualidad necesaria al hombre, solamente su quehacer, diremos muchos hombres en defensa de nosotros mismos), aunque su esposa era Afrodita, él estaba lisiado y cojo. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera (hermana y esposa de Zeus y madre de Hefesto), lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo y le provocó una cojera de por vida. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un bastón y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen a veces del revés. En el arte, se le representa cojo, sudoroso, con la barba desaliñada y el pecho descubierto, inclinado sobre su yunque, a menudo trabajando en su fragua.

Con una mediana lectura de la mitología griega o mundial y de nuestra perspicacia para observar la realidad moderna, podemos, con mucha fantasía y poco margen de error, observar que el mundo del hombre (laborioso, proveedor, pero emocionalmente maltrapillo, carente y minusválido) codicia la belleza y los atributos que le corresponden al papel otorgado a las diosas (fertilidad, pues hace florecer y mejorar todo a su alrededor; consuelo, placer físico y espiritual)

No es de extrañar que la necesidad del hombre por los atributos de la mujer, sean más allá que puros mitos. Pues la mujer no es un medio para poder llegar a algo, ella es, en sí misma, el destino, el encuentro del hombre con la belleza y demás atributos femeninos.

Ese hombre representado por Hefesto, pues, al menos por disciplina no debemos generalizar diciendo: «Todos los hombres», con una vida sin más atractivos que su dedicación al trabajo, necesita del universo femenino para acceder a la belleza y a la plenitud. Pero con ello, también accede a su deseo de poseer, de doblegar la voluntad de la mujer para que ella sea una inagotable fuente de satisfacción y que se convierta en una realidad dócil y permanente.

Si hay algo que el hombre moderno parece no soportar, es la independencia de la mujer. Esta independencia que el hombre rápidamente clasifica de “disponibilidad”, queriendo de esa manera decidir, como por principio, la ruta de la libertad femenina hacia su beneficio; quizás, sea el simple hecho de que la mujer está en el mundo y que su belleza esté al alcance de todos los hombres, pero la codicia tiene muchas caras, y en el mundo de los hombres, nada es más codiciado que la mujer.

En ese afán de poseer, el hombre intenta hacer lo que hizo Paris (príncipe hijo del rey Príamo)  cuando vio por primera vez a Helena de Troya: raptarla, tomarla por la fuerza y encerrarla lejos de la mirada de los demás hombres. De esa misma manera, se da el secuestro de las sacerdotisas del templo de Afrodita, que es lo que ha ocurrido con la mujer a través de los siglos: se le ha secuestrado de su dominio de la espiritualidad, de la ciencia (las brujas en la edad media). Muy parecido a lo que hace un coleccionador de arte en nuestra actualidad, dispuesto a pagar cualquier precio por una obra que mantendrá bajo su tutela, lejos de la mirada ajena.

La generosidad de las mujeres parece no tener límites. Afrodita es casada con Hefestos el feo pero laborioso aunque Afrodita parece preferir a Ares (dios olímpico de la guerra). Y así, aparece ese parecido con Hefestos del hombre moderno, al de un “mendigo con garrote”. Alguien extremadamente carente y frágil emocionalmente, pero que cree que su labor y su fuerza le otorgan el derecho de usurpar el templo de Afrodita, secuestrarla, y mantenerla bajo prisión.

Millares de Afroditas de la modernidad cargan en sus espaldas a esos minusválidos incapaces de obtener por la seducción sus favores, confundiendo la generosidad de la mujer con sus masculinos anhelos de propiedad.