UN AMANECER ROSADO-GRISÁCEO

En el cuarto de enfrente el niño duerme casi desnudo y de vez en cuando la mirada del hombre se dirige en su dirección alertado por el movimiento de una hoja de periódico, que colgada como está, aletea entre el colchón y el estrado de la cama haciendo al hombre creer que ese movimiento es del niño que despierta y se levanta. Observar el sube y baja de la hoja por la brisa del ventilador le hace pensar como parecen años y no solamente algunos meses los que se han ido desde que el pequeño inició su primer año de escuela y dejó para atrás los días de sábanas mojadas.

Concuerda que es de esa manera, a la vista de un objeto o un detalle aparentemente insignificante, como el de esa hoja de periódico que revolotea desde el estrado de la cama, que las imágenes del pasado se atraviesan frente a nosotros sin una razón aparente ni mucho menos alguna intencionalidad.  Provocado por ese pensamiento el hombre toma del pequeño estante del escritorio en donde está sentado uno de los álbumes fotográficos en donde ojea y observa una a una las escenas que componen varias de las fotografías. Se da cuenta de la infinidad de detalles a los que sólo un ejercicio de atención les podría devolver algo de vida a esos inertes rectángulos de silencio.

En el rincón de una fotografía, salta a la vista el rayón que la bicicleta hizo en la pared por la terquedad del niño que se negó a recibir cualquier ayuda, el pañuelo de tonos rojizos que la mujer adoraba amarrarse alrededor del cuello; en otra fotografía aparece el jarro de cristal que el hombre mismo quebró en una imprudencia de la cual aún hoy, después de tantos años, ese recuerdo lo hace sonrojarse de vergüenza. Y es toda esa narrativa que cada detalle podría atestiguar como parte de la historia de una familia, en una cierta fecha y circunstancia, la que esta noche sorprende al hombre con su locuacidad.

Guiado por ese hilo, uno a uno, en cada detalle de la casa, el hombre se detiene con la mirada en todo lo que lo rodea en esta noche de navidad mientras todos los demás duermen ajenos a su faena: un chal hindú que tirado con descuido apenas oculta los trazos infantiles hechos con bolígrafo en la tapicería del sofá, la blancura de la pared con las manchas de tinta de color ligeramente más opaco que la mujer usó para disimular otros garabatos, una diversidad de juguetes regados por el piso… Y se da cuenta, a tiempo, que esos detalles que menciona, son los mismos en los cuales él siempre se detiene cuando reclama la falta de cuidado con que todos se conducen dentro de la casa. Aun así, ya mencionadas esas faltas de su vida doméstica, estas le parecen pocas y sin importancia y se siente en la lealtad de también lanzar la mirada al árbol de navidad con sus adornos de destellos plateados que vibran inquietos por la luz tenue que les llega de la lámpara de su escritorio de trabajo.

El hombre observa atentamente sobre su escritorio la atractiva lata de té inglés que abriga un manojo de lápices y crayolas de todos los colores. También dirige la mirada al par de enormes ceniceros de cristal, en donde la idea de las colillas de los cigarros retorcidas sobre sus propias cenizas le es completamente inadmisible, pues estos ceniceros son pequeños lagos a transbordar de tornillos, armas miniaturas, sacapuntas, capuchones y todo tipo de piezas que los niños y la mujer acostumbran dejar ahí con la intención de que él los devuelva a los lugares donde pertenecen.

Llega entonces a la conclusión de que todos estos adornos, utensilios de escritorio y menudencias que ocupan los ceniceros posiblemente quedarían relegadas al silencio si pertenecieran a una fotografía de un pasado distante, pero principalmente, si estas fotografías estuvieran en manos de alguien que no las supiera interpretar dado el caso que se tratara de una persona ajena a esa escena del pasado. Nada es más difícil que hacer hablar a una fotografía de la cual no conoces a las personas ni los lugares. Eso, se dice en sus adentros el hombre mientras barre con la mirada su escritorio de trabajo.

Apoyado contra la pared, un poco arriba de los ceniceros, observa el pequeño retrato con “la fotografía de las tres sonrisas”. Como él la llama. Se podría decir que las tres personas que en ella aparecen, bendicen con sus sonrisas esta noche de navidad. Pero el hombre no cree que simplemente le hacen compañía, ya que los tres parecen a la espera de que algo sea dicho. Así que, también a ellos el hombre los interroga con curiosidad y cierta desconfianza.

Siendo uno de los personajes de esa trilogía el hombre se juzga a sí mismo siempre con excesivo rigor cuando se ve allí en aquella pose de patriarca a abrazar a la hermana y a la madre en un gesto que parece más de derecho divino que de afecto. También le parece que en ese momento, frente a la cámara y al fotógrafo, el hombre se olvidó de sus temores sacó el pecho con valentía y en una corta sonrisa y con la barbilla levantada, se tornó todo un cabeza de familia para el eterno presente. Esa frase le parece apropiada para el humor que lo retiene en vigilia a estas horas de la madrugada. En este exacto momento, le parece que entiende a plenitud todo acerca del tiempo: …todo es, mientras vivimos, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos…pero no sabe a quién le ha escuchado esa frase que le suena conocida y un tanto pueril.

La fotografía de las tres sonrisas fue capturada en el reciente viaje a su tierra natal, donde ausente por casi veinte años, él fue recibido a principio con gran novedad, pero al paso de un par de días ya era tratado como si sólo hubiese demorado un poco más de la cuenta yendo a comprar cigarros a la tienda de la esquina. Nadie demostraba tener curiosidad por lo que él vivió en las tierras lejanas, o en que peripecias y circunstancia se convirtió en ese “otro” del que aparentemente nadie quería trabar conocimiento. Él, que por tantos años creyó haberse separado sin remedio de la historia de su ciudad natal y de su infancia, volvía a encajar, o mejor, era acomodado por todos sin ninguna ceremonia en el lugar que le correspondía en aquella ciudad de la eternidad. Ciudad donde no pocas veces tuvo la impresión que hasta los desaparecidos para siempre parecen sentarse a la mesa y participar, no porque su recuerdo sea homenajeado, sino, porque no se les ha permitido que se ausenten.

¿Quién era ese quinceañero que él recuerda caminado solitario con una lata de cerveza negra hurtada a escondidas de su casa? ¿Quién era ese adolescente que vaga por calles en horas tardías de la noche, en búsqueda de un lugar que no le recordase aquello por lo que realmente sentía una gran añoranza en esa noche de navidad: una pertenencia familiar? Ese recuerdo que hasta hoy, veinte años después se le hace un nudo en la garganta, aún en medio de la alegría de sus propios hijos y de la mujer, en que su vida ahora está amarrada a plenitud.

Pero uno de sus amigos más cercanos rio cuando le escuchó hacer la pregunta: Contame, ¿quién era yo en aquella época? El amigo sonrió divertido con la pregunta y dijo, ¡Continuas el mismo, sólo a vos se te ocurriría preguntar una cosa de esas! Y ante la insistencia, el amigo añadió realmente atento con su propia sinceridad …Vos no parecías estar muy atado a nosotros, al final, fuiste tú quien decidió alejarse de tu familia y de tus amigos para terminar los estudios, sin que aquello fuera un mínimo necesario, en un país tan lejano y distante que sólo a ti se te podría ocurrir.

A esas historias que “el retrato de las tres sonrisas” le acabaron de contar, el hombre se estremece al presentir el discreto hilo que recorre las épocas de su vida, esa delicada línea que se insinúa como única justificativa para el tiempo ya vivido. Y con curiosidad, continua a recorrer con la mirada las esquinas y los rincones de la casa que abriga el sueño de la mujer y de los niños, y que de la misma forma que el retrato de las tres sonrisas, le hacen silenciosa compañía.

Él se siente en pleno derecho de ser el que puede interrogar a todos los detalles a su alrededor, pues se dice a sí mismo: “… solamente quien está en ritmo de espera se da el derecho de exigir sin escrúpulos, que todo a su alrededor le diga lo que está por venir”. Y en ese momento, tuvo muy clara la idea del porqué su fascinación en quedarse ciertas noches observando en los bares de los alrededores el movimiento de las putas que por allí hacen sus ofertas en cortas invitaciones, y en las cuales un oído o una mirada atenta, pueden percibir la lucha que ellas traban para dominar a su enemigo más despiadado: la espera. Para ellas, el hombre tímido, el sádico o el vulgar, son llevaderos; son aquello por lo que la puta se puede manifestar y ejercer. Puede, si le apetece, hasta definirse a sí misma. Sin ellos, no es nada, sólo una espera impaciente, una sombra perseguida por el humillante riesgo de volver a casa sin siquiera la seguridad de haber estado allí callejeando para algo de provecho.

Ese “estar allí para alguna cosa” que el hombre ahora tamborilea con la punta de los dedos sobre el escritorio de trabajo mientras que su pierna marca el ritmo frenético de la impaciencia. Él sabe que esta noche no pasa de una trampa montada por el sentimiento de estar a la espera. Idea que a veces lo asusta y que no es, sino, la conciencia de que en la vida todo es saber dominar la espera misma. No perder el valor incalculable del presente, esa es la consigna. Un presente que muchas veces se desvaloriza por la aplastante duda que impone el devenir incierto del mañana y por la poca fiabilidad en nuestro pasado. De allí, la necesidad imperiosa de conjurar una y otra vez a este presente absoluto.

Esta noche, él se ha dejado atrapar. En este preciso momento, la sensación de estar a la espera de algo en la vida lo lleva a ampararse desesperadamente en los detalles a su alrededor. Pues esos detalles son los únicos que él puede usar como pruebas contundentes de que él y su existencia, no han sido solamente productos de los diablillos del insomnio, pero si, algo que se pueda muy bien juntar a los apacibles sueños de sus seres queridos, del roncar estridente de la motocicleta del vecino, del trinar de los primeros pájaros de esta madrugada que despunta solitaria en un cielo rosado-grisáceo.