EL CATORCE DE FEBRERO, LOS AMIGOS Y EL AMOR

No hace tanto tiempo atrás pero finalmente paró de escuchar de sus amigos la única respuesta posible para sus quejas de Romeo hipocondríaco. Porque, fue bajo ese nombre que los síntomas de lo que padecía le fueron diagnosticados por ellos, sus queridos amigos, los cuales también fueron unánimes en recetar un tratamiento infalible – ¡Maje, salí con otra mujer y te va pasar así de rápido! Así la vas a olvidar, ¡no seas pendejo! –

Si intentase recordar quien había sido él algunos meses atrás, vería a sí mismo bajando por las calles de la colonia corriendo al máximo que su respiración le permitía para conseguir escapar a sus recuerdos. Sintiendo que el viento le arrancaba lágrimas heladas que no se daba el derecho de secar porque todo en aquella carrera era precipitación. Las lágrimas le parecían entonces muy nobles, una bendición, bien justas para el momento. A ese respecto sus amigos le recordaron que, de hecho, en un drama de amor un buen actor jamás dejaría un par de lagrimitas de lado. Más aún, en una escena de esas, tan tierna y conmovedora.   

Cerca de dos años atrás, cuando todo entre los dos corría a las mil maravillas, ni siquiera le pasó por la cabeza que ella posiblemente ya estuviera pensando en darle fin a la relación; aunque al pensarlo detenidamente, llegó a la conclusión que aquel fue el momento más adecuado para cortarlo por la raíz, pues apenas y faltaban un par de semanas para la celebración del día del amor, el catorce de febrero. ¡Qué bien pensado! ¡Qué calculo más bien planeado! ¡Que hija de puta!

Quiso convencerse a sí mismo, que ella actuó de la única manera en que uno puede apartarse de alguien a quien realmente ama pero que, por alguna razón, talvez esa persona no le conviene completamente; es decir, habrá que cortar la relación de un solo golpe, sin contemplaciones. Pero cuando defendió esa idea con los amigos, estos fueron tajantes: ¡Consuelo de pendejos, le valiste riata y ya!

En los primeros días del noviazgo, después que pasaron juntos su primera noche, ocasión en que él le dio más importancia a su desempeño como amante que a entregarse plenamente a lo apasionado del encuentro, se vio obligado a dormir en el lugar de la cama que él más evitaba, el lado izquierdo, y para acabar de empeorar le tocó una almohada más indomable que un gato viejo y mal humorado, lo que resultó en una noche de completo insomnio.

A pesar de todo, consideró ese desvelo como una bendición, pues pasó la noche no solamente a escucharla roncar con todo y orquesta, si no también, le permitió contemplar a sus anchas la fascinante alineación de tres cósmicos lunares al borde de su cintura, anticipando la maravillosa redondez de sus piernas junto con las nalgas, y todo ese conjunto, de un color moreno parejo sencillamente fascinante.

Podría pasar horas recordando otras escenas que oportunamente citaría al banquillo de interrogatorio para atestiguar sobre el posible origen de todo el descalabro sentimental que sucedió meses después. Sus amigos, que se decían amantes de la verdad, se esmeraban en frases ingeniosas y gestos elocuentes con tal de dejar claro, y a quien pudiera interesar, que esa mujer no había querido nada serio con semejante buena persona, que era él, y no bastando con esa ingratitud, seguramente usó la astucia para que él bebiese, sin darse cuenta, agua de calzón de máxima pureza. Y cayeron juntos en una carcajada tan burlona, como estridente.

Después de aquella primera noche tan tierna y singular, temprano por la mañana, los dos caminaron por el estacionamiento dando inicio a un ritual en que la solución perfecta, pues así le pareció, hubiera sido que él se situara un par de pasos al frente para abrirle la puerta del lado del pasajero y que ella se acomodara risueña por tanta galantería. Pero no fue así. En realidad, ellos estuvieron un largo tiempo intercambiando besos sin decidir cuál era el momento definitivo para despedirse y que cada cual tomara el camino de regreso a sus rutinas.

Finalmente, ya acomodado al volante, él se detuvo sorprendido una vez más al ver el modelo más nuevo y lujoso del carro desde donde ella le gesticulaba cerrando la mano derecha en puño, pero con los dedos meñique y pulgar destacándose bien estirados en los extremos y luego alzando el brazo, con todo y ese elocuente gesto, hasta detenerlo bien a la altura del rostro al lado de su oreja derecha. Movimiento coreográfico de graciosa sincronía al que inmediatamente ella agregó, moviendo sus labios y exagerando la mueca a cada vocal de la frase, ¡Lla ma me! Y desplegó una sonrisa que, en ese instante, a él le pareció ambiguamente maliciosa, casi cruel.

Pasó a ser siempre en ese mismo estilo. A la hora de la despedida había la intención de quebrar la ansiedad que estaba a punto de reinar. Pues también existían esos espacios largos de tiempo entre un encuentro y otro en que ella se decía ahogada entre compromisos de trabajo y de familia, ausencias que valorizan aún más las despedidas.

Pero curiosamente, de todo aquello que se podría haber gestado en contra de los dos por la irregularidad de sus encuentros, poco de eso salía a flote cuando estaban frente a frente. Bastaba que los dos se avistaran en el lugar acordado para la cita y él reconocía en sí mismo la deliciosa inquietud de siempre, y en ella, el inútil intento de esconder su sonrisa talvez con recelo de que la vieran andando y riéndose sola por el andén. Pero ya estando lado a lado, los dos sonreían a gusto en un arrullo de niños que solicitan el abrigo de un abrazo para rehacerse de las exigencias del mundo.

Como olvidarla a ceñir las cejas a cada pieza de ropa que caía al suelo a medida que la desvestía; él como siempre, talvez como todo hombre, con un poco de sí mismo allá bien sentadote en la tribuna VIP numerada de su voyerismo incorregible. Observando sus propias manos actuar con la misma meticulosidad de un escultor que sabe que tiene que depositar con delicadeza cuidadosas ausencias sobre la materia para que la belleza se revele. Para él, esa tarea se proponía de manera que, lo erótico que se ocultaba tras la belleza física de la mujer, se revelaría durante ese juego entre la resistencia de ella a ceder partes de su resguardo y, por otro lado, la progresiva habilidad en el quehacer de sus manos.

Fue por ese motivo que la condujo hasta el medio de la sala y acompañó el abrazo de los dos al compás de la música en una invitación a bailar que le pareció oportuna, porque los alejaba del sofá de la sala y tomaba un camino transversal para retrasar aquello que se veía venir inevitable.

Pero la música era «I Never Thought I’d See the Day» de Sade, y no pudo evitar aflojar un poco el abrazo para permitir que su mano deslizara suavemente entre las piernas que ella apenas y balanceaba guardando el ritmo de la música y donde él únicamente encontró la tardía y débil resistencia del veraniego vestido de Lino donde su mano continuó la caricia hasta detenerse en su interior en un suave apretón.

Luego, ya era esa expresión de mujer que no quiere tener más fuerzas para tales resistencias, de un rostro que se moldea a sí mismo en el placer y que inesperadamente solamente tiene un único y sonoro capricho: pronunciar el nombre de él, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

¿Porque ella siempre pronunciaba su nombre en esos momentos en que estaba a transponer una nueva y más fuerte entrega? Ella podía muy bien haber dicho otra palabra, si de hecho se tratara de exteriorizar un despojamiento, una fragilidad. ¿Por qué su nombre? Cualquier otra palabra hubiera sido más oportuna si ella hubiera tenido conciencia del peligro que puede significar pronunciar una palabra que nos impida la dilución en esos momentos de entrega en el amor.

No conseguía aceptar con naturalidad que su nombre fuera pronunciado como que para arrancarlo del anonimato en que se encontraba, o mejor, en el que se abrigaba lejos del mundo a medida que se perdía en el placer. Pero ella lo denunciaba. ¿Era eso lo que ella pretendió? Confirmar no un sujeto, un nombre propio, de persona, de género masculino, del singular, pero si, él mismo con todas sus letras, invocado como a una entidad sobrenatural o como a un impostor ¿quién sabe? Su nombre, que nunca había escuchado de otra mujer en esas circunstancias. Ese nombre con el cual no se sentía ni un mínimo identificado.

Después de una tomada de decisión a la cual él nunca llegó a tener acceso, su nombre dejó de ser pronunciado, como si repentinamente ninguna entidad mística pudiera ser conjurada a través de él. Con ese silencio se sintió durante meses, completamente destituido de sus poderes.

Poderes que solamente ahora, después de meses de letárgica espera, parecían haber despertado corriendo atrás de las más fútiles algarabías del mundo: de los memes acerca de mujeres sin corazón que sus amigos no cesan de enviarle a su muro, de sus impagables ocurrencias, del calenturiento ambiente de los bares durante los fines de semana, y principalmente, para el sin fin de mujeres que cuando las observa con atención le produce cierta comezón en la nuca solamente de imaginarlas llamándolo por algún nombre propio, de persona, masculino, singular; pero eso sí, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

MAPAS, RUTAS, Y EL MITO DE LA LIBERTAD

Fue simplemente pensar en bajar del autobús y su cuerpo se armó en un sobresalto al que rápido respondió pasándose la mano por la nuca. La verdad, es que no tenía ninguna prisa, se podía quedar sentado en su lugar unas cuadras más, pues daría lo mismo que se bajara cerca del Mercado Central con el cementerio de Los Ilustres enfrente, o mucho más al norte, cerca del olvidado cine España y las ventas de libros usados que doblan la esquina. A final de cuentas, ya era el centro de la ciudad, ese centro que de tan suyo parecía siempre de par en par, desfachatadamente ofrecido.

Se quedó aguardando las siguientes paradas a la espera de algún lugar donde se sintiera a gusto para recomenzar ese camino que aún no tenía ni ruta, ni destino. Pero eso sí, si le fuese dada la oportunidad de escoger, no dudaría en quedarse con una de sus escenas favoritas. Esas escenas que de acuerdo a su “soñar despierto”, lo transformarían a él junto con la ciudad en algo tan armonioso y ameno que realmente era difícil que no le viniera a la memoria “It’s Oh So Quiet” de Bjork, que cuenta la vida de una manera muy semejante a como él la entendía.

Mejor que uno de esos “soñar despierto”, sería la entrada al autobús de una mujer que a un ligero balancear de cabellos le preguntara por la fecha del día y que, a seguir de una breve plática, terminara por invitarlo a sentarse en uno de los pequeños y luminosos chalets de licuados de frutas y batidos energizantes de la 4ta Av. Sur, o a cualquiera de los tradicionales billares por los alrededores de La Plaza Libertad.

Sólo con una escena así, él perdería el ritmo tirano del ajetreo a su alrededor y todas las calles parecerían guardar distancia al oír la voz y ver el suave movimiento de los labios de la mujer. De esa manera suave y difuminada, se iría perdiendo el ruido del tránsito y daría entrada a “Are You Going With Me” de Pat Matheny. Repentinamente él se volteó y lanzó su mirada a lo largo del corredor del autobús, pero ella no estaba, solamente acompaño con la mirada el movimiento de un muchacho que le ofreció su asiento a un viejo que se acomodó agradecido en una caída insignificante.

En la estreches de las calles amontonadas de ventas que le dan un aire a Bangkok o del Zoco de Marrakech, como también en las fachadas de edificios repellados por capas y más capas de hollín y güistes que dejan a su paso los terremotos y las guerras, en todas esas señales, se presentía la proximidad del mero centro de la ciudad; y él notó, que sentado de aquella manera tenía un aire displicente como solamente se esperaría de un anciano. Como ahorrando esfuerzos, sin esperar nada, observando con indiferencia o mejor, sin ni siquiera mirar, sino soñar.

Él soñaba despierto, pero no armando el rompecabezas de su pasado. Era talvez lo único que podría diferenciarlo de un anciano. Sus ilusiones y sus sueños no lloriqueaban por recuperar un tiempo perdido que ahora no parecería más que un sueño. Por el contrario, su soñar despierto eran las exigencias de un presente que, por alguna razón, ni él ni la vida se ponían de acuerdo para realizar en común; y que, a la larga, acababan pareciendo un instante místico que se puede convocar en el aquí y ahora, a la manera de una especie de conjuro. Pero después de esas repentinas exigencias, sólo le restaba el abandono a una gran resignación y a una vaga desilusión por sentir que su vida estaba ya concluida, sin que le sobrase nada más a esperar.

En esos momentos él se preguntaba si restaría algo en que todavía se podría creer, un proyecto que pudiera llevar adelante y que no fueran solamente esas impulsivas ganas de que algo gigantesco y contundente, como una ola, viniera a arrastrar, de una vez por todas, con lo que él insistía irónicamente en llamar de “su vida”. Algo tan implacable y devastador que solo podría ser la arrolladora ola del futuro.

Pero, la oportuna bofetada de la brisa que entró por la ventana del autobús le desarmó la dura expresión del rostro. Dejó que la brisa lo despeinara y lo acorralara a fuerza de ruidos y olores que le lanzaba desde fuera del autobús: Alabanzas cristianas al son de música rural, carcajadas descontraídas y gritos infantiles, a dólar a dólar la uva cholotona, la licha a docena por la cora, ¿que busca mi amor? Y él, bajo aquella guacalada de realidad, permanecía de ojos cerrados, imaginando estar aburrido por los pregones de siempre, por el mismo olor a alcantarilla tapada, a elote asado y café. Pero él, tranquilo, sin saber si se decidía, o no, a aceptar la sonrisa que le nacía por los cantos de la boca y que parecía querer cambiarle el rumbo a la plática que se traía con su intimidad.

Continuó en su asiento. Empeñado en su indiferencia. Los ojos semicerrados en un deliberado acto de necedad porque no quería dejarse vencer por el buen humor que le imponía el aire tibio de la brisa; pues a esa altura, ya le parecía que estaba siendo manoseado por las hábiles manos de una puta barata pero atractiva y juguetona. Una putia extravagante vestida con blusa de a tres dólares y maquillaje y bisutería de a dos coras, pero que se ve preciosa. Una puta que ha decidido quedarse con él, y que, sin grandes titubeos, despliega todos sus encantos decidida a no permitir que él se esconda tras sus pucheros de sujeto exigente y amargado que insiste en no querer que la vida sea ese sencillo acto de humor y placer de a cinco pesos la pieza para el rato.

El centro de la ciudad con su ir y venir y su compacto rugido de tránsito, se impuso alegre al último desanimo de su expresión, pero no se bajó del autobús. Se imaginó yendo y viniendo entre los gritos de los vendedores de la calle, fotografiando sólo con rápidas miradas el sin fin de babosaditas chinas sobre los canastos.

Con un paso apresado, del que no había ninguna necesidad, se adelantaría a los caminantes más lentos y se orientaría con el flujo de la multitud de transeúntes como que en un secreto y común acuerdo: estar trazando destino por esas calles; aunque al final de cuentas, estas calles casi siempre nos lleven a puertos de mala muerte obligándonos a regatear el precio de tercera clase y a  aceptar itinerarios y rutas que necesitan ser definidas y redefinidas a diario con grandes dificultades y dudas.

Sonrió. Sonreía de ese cuadro de la vida en la ciudad que había esbozado rápida y maliciosamente, pero que no por eso era fantasioso o impreciso; pues, de esa manera dibujada, la ciudad emergía como el mapa en relieve sobre el cual durante años él venía trazando las coordenadas de su frágil día a día. Más una vez Björk le vino a la memoria con su video Bachelorette.  

El lejano recuerdo de su propia imagen en la caja de la agencia bancaria, de la lluvia, de los instantes de duda a la puerta de salida y el encaminarse hacia una dirección cualquiera debajo de su enorme paraguas. Ese paraguas que en su indomable apariencia le parecía estar denunciando a gritos aquello que él mantenía siempre en silencio: su total ausencia de complicidad con esa torpe prisa de las personas por ganarse la vida con alguna ventaja, pues en verdad, esa prisa no quiere precipitar el futuro, porque en sus adentros, a este le tienen un miedo mayor que a cualquier insatisfacción del presente.

Finalmente, después de varias cuadras recorridas dentro del centro de la ciudad, acabo por no recibir del alboroto de la multitud en las calles, el ánimo suficiente como para decidirse a bajar del autobús que ya comenzaba su recorrido de regreso sobre la misma ruta ahora en dirección poniente. Él, se quedó en su asiento aliviado, como solamente lo estaría alguien que después de pasar por las incomodas formalidades en la aduana de alguna frontera, entraba aliviado al país de destino.

A partir de ahora, si bajase en una de las paradas siguientes cerca de la universidad, y si caminase algunas cuadras, tendría el centro comercial y un buen número de bares en que sin ninguna prisa se pueden dejar correr las fantasías entre dos cervezas y una que otra dosis de alguna bebida más cargada. Y se dio cuenta que en ese “… quedarse bebiendo sin ninguna prisa” cualquiera puede llegar a creer en su libertad (así como él mismo ya lo había creído). Y con ternura se recordó de sus pequeños a seguirle los pasos solicitando atención y juegos, de los cuidados y atenciones de su compañera y de la algarabía de todos cuando él regresaba a casa. Pero no era oportuno recordarlos, ellos eran personajes de una historia que amaba pero que por alguna razón lo hacían sentirse viviendo una vida ajena. Y se preguntaba si esa tal vida que añoraba ¿no sería la de estar completamente solo, sin tener más luz que la de sus horas de trabajo y escuchando como única música el ritmo de su propia rutina?

Sonrió. No podía engañarse a sí mismo por mucho tiempo. En su vida nada le había sido impuesto. Por todos lados y en todo, él reconocía el trazo de sus deseos y ambiciones. Ya fuera para sofocar o llenarlo de alegría, sus deseos eran los golpes que tallaron años de un quehacer repleto de ilusiones y principalmente de intencionalidad. Él mismo moldeó las expresiones de este desconocido en el cual ahora se confundía inconforme, pero lleno de sentido.

A un suspirar profundo, una satisfacción aun distante poco a poco le fue ahuyentando el temor de perder el rastro de su tranquilidad, esa presa siempre escurridiza. Marcó en su teléfono celular el número de casa y luego después de esa llamada en la que reconoció el movimiento jovial de antenas que se tienen entre las hormigas, se decidió finalmente a bajarse del autobús en una parada que le hacía sentido. Flexionó los dedos de sus pies como queriendo arrancar de esa prueba de límite, la certeza plena de ser, al menos, un punto de partida. Volvió a colocar sus auriculares, le dio play a “Last Train Home” de Matheny y bajó del autobús.

UN AMANECER ROSADO-GRISÁCEO

En el cuarto de enfrente el niño duerme casi desnudo y de vez en cuando la mirada del hombre se dirige en su dirección alertado por el movimiento de una hoja de periódico, que colgada como está, aletea entre el colchón y el estrado de la cama haciendo al hombre creer que ese movimiento es del niño que despierta y se levanta. Observar el sube y baja de la hoja por la brisa del ventilador le hace pensar como parecen años y no solamente algunos meses los que se han ido desde que el pequeño inició su primer año de escuela y dejó para atrás los días de sábanas mojadas.

Concuerda que es de esa manera, a la vista de un objeto o un detalle aparentemente insignificante, como el de esa hoja de periódico que revolotea desde el estrado de la cama, que las imágenes del pasado se atraviesan frente a nosotros sin una razón aparente ni mucho menos alguna intencionalidad.  Provocado por ese pensamiento el hombre toma del pequeño estante del escritorio en donde está sentado uno de los álbumes fotográficos en donde ojea y observa una a una las escenas que componen varias de las fotografías. Se da cuenta de la infinidad de detalles a los que sólo un ejercicio de atención les podría devolver algo de vida a esos inertes rectángulos de silencio.

En el rincón de una fotografía, salta a la vista el rayón que la bicicleta hizo en la pared por la terquedad del niño que se negó a recibir cualquier ayuda, el pañuelo de tonos rojizos que la mujer adoraba amarrarse alrededor del cuello; en otra fotografía aparece el jarro de cristal que el hombre mismo quebró en una imprudencia de la cual aún hoy, después de tantos años, ese recuerdo lo hace sonrojarse de vergüenza. Y es toda esa narrativa que cada detalle podría atestiguar como parte de la historia de una familia, en una cierta fecha y circunstancia, la que esta noche sorprende al hombre con su locuacidad.

Guiado por ese hilo, uno a uno, en cada detalle de la casa, el hombre se detiene con la mirada en todo lo que lo rodea en esta noche de navidad mientras todos los demás duermen ajenos a su faena: un chal hindú que tirado con descuido apenas oculta los trazos infantiles hechos con bolígrafo en la tapicería del sofá, la blancura de la pared con las manchas de tinta de color ligeramente más opaco que la mujer usó para disimular otros garabatos, una diversidad de juguetes regados por el piso… Y se da cuenta, a tiempo, que esos detalles que menciona, son los mismos en los cuales él siempre se detiene cuando reclama la falta de cuidado con que todos se conducen dentro de la casa. Aun así, ya mencionadas esas faltas de su vida doméstica, estas le parecen pocas y sin importancia y se siente en la lealtad de también lanzar la mirada al árbol de navidad con sus adornos de destellos plateados que vibran inquietos por la luz tenue que les llega de la lámpara de su escritorio de trabajo.

El hombre observa atentamente sobre su escritorio la atractiva lata de té inglés que abriga un manojo de lápices y crayolas de todos los colores. También dirige la mirada al par de enormes ceniceros de cristal, en donde la idea de las colillas de los cigarros retorcidas sobre sus propias cenizas le es completamente inadmisible, pues estos ceniceros son pequeños lagos a transbordar de tornillos, armas miniaturas, sacapuntas, capuchones y todo tipo de piezas que los niños y la mujer acostumbran dejar ahí con la intención de que él los devuelva a los lugares donde pertenecen.

Llega entonces a la conclusión de que todos estos adornos, utensilios de escritorio y menudencias que ocupan los ceniceros posiblemente quedarían relegadas al silencio si pertenecieran a una fotografía de un pasado distante, pero principalmente, si estas fotografías estuvieran en manos de alguien que no las supiera interpretar dado el caso que se tratara de una persona ajena a esa escena del pasado. Nada es más difícil que hacer hablar a una fotografía de la cual no conoces a las personas ni los lugares. Eso, se dice en sus adentros el hombre mientras barre con la mirada su escritorio de trabajo.

Apoyado contra la pared, un poco arriba de los ceniceros, observa el pequeño retrato con “la fotografía de las tres sonrisas”. Como él la llama. Se podría decir que las tres personas que en ella aparecen, bendicen con sus sonrisas esta noche de navidad. Pero el hombre no cree que simplemente le hacen compañía, ya que los tres parecen a la espera de que algo sea dicho. Así que, también a ellos el hombre los interroga con curiosidad y cierta desconfianza.

Siendo uno de los personajes de esa trilogía el hombre se juzga a sí mismo siempre con excesivo rigor cuando se ve allí en aquella pose de patriarca a abrazar a la hermana y a la madre en un gesto que parece más de derecho divino que de afecto. También le parece que en ese momento, frente a la cámara y al fotógrafo, el hombre se olvidó de sus temores sacó el pecho con valentía y en una corta sonrisa y con la barbilla levantada, se tornó todo un cabeza de familia para el eterno presente. Esa frase le parece apropiada para el humor que lo retiene en vigilia a estas horas de la madrugada. En este exacto momento, le parece que entiende a plenitud todo acerca del tiempo: …todo es, mientras vivimos, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos…pero no sabe a quién le ha escuchado esa frase que le suena conocida y un tanto pueril.

La fotografía de las tres sonrisas fue capturada en el reciente viaje a su tierra natal, donde ausente por casi veinte años, él fue recibido a principio con gran novedad, pero al paso de un par de días ya era tratado como si sólo hubiese demorado un poco más de la cuenta yendo a comprar cigarros a la tienda de la esquina. Nadie demostraba tener curiosidad por lo que él vivió en las tierras lejanas, o en que peripecias y circunstancia se convirtió en ese “otro” del que aparentemente nadie quería trabar conocimiento. Él, que por tantos años creyó haberse separado sin remedio de la historia de su ciudad natal y de su infancia, volvía a encajar, o mejor, era acomodado por todos sin ninguna ceremonia en el lugar que le correspondía en aquella ciudad de la eternidad. Ciudad donde no pocas veces tuvo la impresión que hasta los desaparecidos para siempre parecen sentarse a la mesa y participar, no porque su recuerdo sea homenajeado, sino, porque no se les ha permitido que se ausenten.

¿Quién era ese quinceañero que él recuerda caminado solitario con una lata de cerveza negra hurtada a escondidas de su casa? ¿Quién era ese adolescente que vaga por calles en horas tardías de la noche, en búsqueda de un lugar que no le recordase aquello por lo que realmente sentía una gran añoranza en esa noche de navidad: una pertenencia familiar? Ese recuerdo que hasta hoy, veinte años después se le hace un nudo en la garganta, aún en medio de la alegría de sus propios hijos y de la mujer, en que su vida ahora está amarrada a plenitud.

Pero uno de sus amigos más cercanos rio cuando le escuchó hacer la pregunta: Contame, ¿quién era yo en aquella época? El amigo sonrió divertido con la pregunta y dijo, ¡Continuas el mismo, sólo a vos se te ocurriría preguntar una cosa de esas! Y ante la insistencia, el amigo añadió realmente atento con su propia sinceridad …Vos no parecías estar muy atado a nosotros, al final, fuiste tú quien decidió alejarse de tu familia y de tus amigos para terminar los estudios, sin que aquello fuera un mínimo necesario, en un país tan lejano y distante que sólo a ti se te podría ocurrir.

A esas historias que “el retrato de las tres sonrisas” le acabaron de contar, el hombre se estremece al presentir el discreto hilo que recorre las épocas de su vida, esa delicada línea que se insinúa como única justificativa para el tiempo ya vivido. Y con curiosidad, continua a recorrer con la mirada las esquinas y los rincones de la casa que abriga el sueño de la mujer y de los niños, y que de la misma forma que el retrato de las tres sonrisas, le hacen silenciosa compañía.

Él se siente en pleno derecho de ser el que puede interrogar a todos los detalles a su alrededor, pues se dice a sí mismo: “… solamente quien está en ritmo de espera se da el derecho de exigir sin escrúpulos, que todo a su alrededor le diga lo que está por venir”. Y en ese momento, tuvo muy clara la idea del porqué su fascinación en quedarse ciertas noches observando en los bares de los alrededores el movimiento de las putas que por allí hacen sus ofertas en cortas invitaciones, y en las cuales un oído o una mirada atenta, pueden percibir la lucha que ellas traban para dominar a su enemigo más despiadado: la espera. Para ellas, el hombre tímido, el sádico o el vulgar, son llevaderos; son aquello por lo que la puta se puede manifestar y ejercer. Puede, si le apetece, hasta definirse a sí misma. Sin ellos, no es nada, sólo una espera impaciente, una sombra perseguida por el humillante riesgo de volver a casa sin siquiera la seguridad de haber estado allí callejeando para algo de provecho.

Ese “estar allí para alguna cosa” que el hombre ahora tamborilea con la punta de los dedos sobre el escritorio de trabajo mientras que su pierna marca el ritmo frenético de la impaciencia. Él sabe que esta noche no pasa de una trampa montada por el sentimiento de estar a la espera. Idea que a veces lo asusta y que no es, sino, la conciencia de que en la vida todo es saber dominar la espera misma. No perder el valor incalculable del presente, esa es la consigna. Un presente que muchas veces se desvaloriza por la aplastante duda que impone el devenir incierto del mañana y por la poca fiabilidad en nuestro pasado. De allí, la necesidad imperiosa de conjurar una y otra vez a este presente absoluto.

Esta noche, él se ha dejado atrapar. En este preciso momento, la sensación de estar a la espera de algo en la vida lo lleva a ampararse desesperadamente en los detalles a su alrededor. Pues esos detalles son los únicos que él puede usar como pruebas contundentes de que él y su existencia, no han sido solamente productos de los diablillos del insomnio, pero si, algo que se pueda muy bien juntar a los apacibles sueños de sus seres queridos, del roncar estridente de la motocicleta del vecino, del trinar de los primeros pájaros de esta madrugada que despunta solitaria en un cielo rosado-grisáceo.

LOS CUIDADOS DEL JARDINERO

             

Desde el lugar en donde está sentado, puede apreciar la espaciosa área del patio de la casa extenderse hasta el borde de la ladera arborizada de altos pinos. Él, los rosales, las colas de ardilla y el matorral al fondo están inmersos en un desvanecimiento de ensueño y en el zumbido chillón de una motosierra encajonada por la distancia. Apenas y se da cuenta que quedarse sentado entretenido entre la eterna despedida de los árboles que se mecen con la brisa, hace que todo a su alrededor ondule en una apacible indiferencia.

Bajó su cabeza hacia la parte derecha de su cuerpo hasta alcanzar el hombro con la boca, y tocando su piel con los labios, sintió el penetrante olor a sudor de su axila a devolverle su cuerpo, como si de este se hubiera olvidado por años. Era como si después de haber abrazado la tierra y su música de viento, ese breve beso le recordaba su inacabada faena en el jardín, de la que aún permanece en sus manos resecadas, la aspereza de la tierra y los insignificantes cortes sobre el brazo por las espinas de los rosales.

Su lengua se inquietó, pero él no se levantó. Decidió continuar sentado y entregarse nuevamente a aquella indiferencia de sí mismo vertida sobre aquel escenario amodorrado y provinciano. Pero sin obtener el resultado que esperaba, pues ya no regresó al anterior estado de ensueño, buscó que al menos el final de aquellos instantes se dieran en una satisfacción cualquier; y dejándose llevar por lo más fácil, su mano recorrió la pierna dejando que las puntas de sus dedos se entretuvieran en el relieve de su sexo. Encontró graciosa la escena de un hombre que se acaricia, pues le pareció mil veces menos gracioso que la manera en que lo hace una mujer. 

Sólo entonces, y talvez como resultado de esos pensamientos, pasó a distinguir claramente en el fondo del patio, la cerca de madera (antes invisible) que separa el patio de la casa y la ladera arborizada, y detuvo su mirada en las herramientas (que ahora le parecían tiradas ahí por descuido) que había abandonado en medio del jardín.

Se levantó, entró en la casa y bebiendo agua a grandes tragos, observó desde la puerta de la cocina la cintura y las piernas de la mujer que estaban atractivamente ceñidos por el ajustado short de gimnasia azul marino. Ella esta entretenida en acomodar los libros y los CDs de una cierta manera, bajo una lógica que no hace caso de abecedarios, de autores, ni de estilos, y que él sabe muy bien, que esa lógica disparatada, solamente obedece a una configuración de artistas y escritores que sencillamente ella cree que merecen un poco más de su atención que otros, o porque simplemente los había ignorado durante demasiado tiempo.

Él observa atento como ella levanta columnas de Cds y de libros a su alrededor para luego acomodarlos en las estanterías. Como parte indispensable de la tarea, ella balanza el cuerpo sobre las piernas dobladas, medio arrodillada, subiendo y bajando aquel par de maravillosas nalgas de una manera suave pero continua. Ella esta ajena a la mirada del jardinero que, incrédulo, se sorprende de estar en presencia de lo que considera un raro capricho del acaso, pués los movimientos de la mujer parecen acompañar no sólo la línea melódica del concierto para piano que toca en el CD player, sino también que por instantes sus movimientos trazan una coreografía bien sincronizada con el zumbido de la motosierra que aún persiste en la distancia.

En la redondez de las nalgas, en la firmeza de las piernas, en el talle de la cintura anticipando las caderas; enfin, en cada detalle del cuerpo de la mujer, él reconoce imágenes escogidas a dedo por su memoria. En las caderas encuentra a la “Joven virgen autosodomizada por los cuernos de su propia castidad” que se apoya en la ventana ajena a las miradas de su amante; o bien, parece ser la composición de las torneadas piernas de Juanita, que el brujo venezolano decidió llamar cándidamente de “Desnudo con frutos y flores” . O quién sabe, y en ese momento el jardinero sonríe con picardía, al empuje de ese juego de piernas y ausencia de malicia, ya se vendrían oportunos los más inquietantes párrafos de “Ciclismo en Grignan” en donde el disimulado pero insistente sube y baja de una adolescente sobre el lustroso asiento de cuero de una bicicleta, construyen toda una trama, igualmente amodorrada y pueblerina.

Con su abrazo, el jardinero rodea la cintura de la mujer. Con sus labios juega con el vello de su nuca, responde a la pregunta diciendo que el jardín esta quedando un completo acuario, y sintiéndose en el derecho de anticipar la recompensa que la mujer le prometió para cuando el trabajo ya estuviera finalizado, el jardinero la conduce suavemente a su lado y se acuesta junto con ella sobre el suelo de la sala. Las columnas de libros y de Cds van cayendo una tras otra sin ningún alarde mientras los dos se acomodan sobre la alfombra. 

De esa manera, el cuerpo del jardinero se deja mimar por el movimiento gracioso y gentil de la mujer, hasta que las notas del Arabesque op. 21 n°1, de Schumann salen del más absoluto caos en hondonadas cada vez más abundantes. Luego de la pausa, el jardinero y la mujer desfallecen al abrigo de las decenas de Cds y varios tomos de libros que traslapando sus portadas en la caída, parecen albergar a los amantes en su interior, como flores de una pintoresca ofrenda.

Mientras el agua se entretiene apenas con diminutas burbujas en el fondo de la tetera, el jardinero reconoce desde la ventana de la cocina, los efectos de su trabajo en el amplio patio trasero de la casa. Sale de esa contemplación solamente para darse cuenta, lo que le produce un destello de buen humor, la inesperada facilidad con la que él y la mujer habían retomado cada quién sus tareas después del repentino amor. En el fondo, daría cualquier cosa por saber lo que ella estaría pensando de aquel mundano cuerpo a cuerpo que irrumpió en medio del quehacer casi monástico en que los dos estuvieran tan entregados; y que para él, había sido un dirigirse a ciegas en busca de una completa disolución de su conciencia, darle movimiento a su necesidad de pertenecer por completo, de disolverse, ni que fuese por una pequeña eternidad, en la belleza de la mujer.

Sirvió una taza de té solamente para ella y entró a la ducha. Desconfiado, enfrentó la imagen impredecible de su propio rostro en el espejo. Pero sin siquier haber decidido en serio lo de tomarse un baño, desnudo, él atravesó la sala, se aferró frágil y tierno al cuerpo de la mujer. Le habló con el mismo tono que había aprendido con el vaivén de los pinos. La mujer lo atrajo hacia su regazo y enredó su dedo índice en los mechones de pelo que caían sobre la frente del jardinero. Allá afuera, el atardecer acabó por silenciar la motosierra e hizo desaparecer en la penumbra, el cercado que separa el patio de la ladera vecina y las herramientas olvidadas en el medio del jardín.

UNA MANO QUE SE DESPIDE A LO LEJOS

Sé muy bien que es inútil abrir y cerrar los ojos con la esperanza de que todo lo que me rodea desaparezca como por un fácil apretar del off en el control de la televisión. Continúo aquí, en la terminal de autobuses, con mis codos apoyados en el aluminio frío de la baranda que divide la sala de espera y los corredores con los portones numerados de abordar los autobuses. Y me doy cuenta, muy a mi pesar, que una vez mas en mi vida estoy a la espera. Que la vida, talvez sea una gran espera.

En el andén numero cinco, ella ya entró con aquel exagerado aire de independencia que tanto me irrita. Y ya que su partida es inevitable, quería solamente que esta rabia no estuviera tan contenida a punto de llevarme a dudar, si de hecho soy yo, esta misma persona que espera y calla llena de un bien justificado resentimiento.

Aún pediría – ¿quién sabe si puedo llegar un poco más lejos anticipando lo que se viene en breves minutos? – que mi sobresalto por el arranque y aceleración a cada autobús que parte de la terminal, consigan empujarme de una vez por todas a la escena de desesperación en la que estoy lista a entregarme sin ningún pudor, casi con desfachatez. Todo, para hacerla sentir que es a ella a quien pertenece toda la responsabilidad por toda nuestra distancia, por mi tristeza y por su partida.

Ella, ya está en la fila esperando su turno de abordar y entregar su boleto al motorista que esta al lado de la puerta del autobús recibiendo a los pasajeros y examinando el equipaje. Llegado su turno, revisa dos o tres veces los bolsillos de su abrigo con impaciencia, lo que me lleva a reaccionar revolviendo los papeles dentro de mi cartera ante la posibilidad de que el boleto se haya quedado conmigo. Haciendome creer, durante breves segundos, que de hecho le soy indispensable. Colocándome irónicamente en ese papel de omnipresente y sabelotoda, que yo, por mi parte, acepto sin dudar ni por un minuto y del que ella saca tanto provecho para provocarme con sus comentarios burlones.

Pero pasado el susto, el cuerpo se recompone, y ella ya se habrá acomodado en el asiento diecisiete, a la derecha, al lado de la ventana donde no será incomodada por las luces que cortan las noches en las carreteras – ¡Lo mismo me da cualquier lugar, no sé porque siempre complicas todo! – Ella reclamó con hastió frente a la boletaría cuando compramos el pasaje. Pero seguramente olvidó que durante el viaje de su última visita, mientras intentaba dormir en los asientos del lado izquierdo, el vaivén del tráfico la forzaba a abrir los párpados a cada farolazo de los automóviles que se precipitaban en sentido contrario enmedio a la completa oscuridad.

¿Porque se me hace tan fácil prever lo obvio que a ella se le escapa acerca de sí misma, y que ayer por la tarde me llevo a solicitar frente a la ventanilla un lugar al lado derecho del autobús, todo para hacerle el viaje menos pesado?

Esos detalles, o mis mezquindades, como ella los llama, acaban con su paciencia porque cree que lo que pretendo al dar muestras de ese cuidado inmenso, es alardear de un amor que no tiene igual. Cuando realmente para ella ese amor no es nada más que una cursi, falsa e inaceptable actitud de querer controlar todo.

Que en el fondo lo único que pretendo es pintar el mundo de complicado o peligroso con la única intención de interpretar, hasta su mínimo gesto, como siendo torpes descuidos . Esas son las palabras con las que ella siempre se defiende y que pronuncia junto con un brusco pero atractivo acomodar de sus lentes de sol de aros un tanto masculinos para su rostro. Esos lentes de aviador que ella prefirió usar en lugar de los que le dí como regalo y que ella consideró demasiados… ¡señorita fresa! Según su irritada opinión.

En cambio, para mí, como para cualquier otra persona en la misma situación, mis mezquindades son la prueba irrefutable de que nadie en el mundo sabrá más acerca de ella que yo. Pues soy la prueba incontestable de que nada de lo mejor que el mundo le pudo ofrecer hasta ahora, siquiera y llegará a ser la sombra de lo que ha recibido de mi, y que ella tanto se niega aceptar.

Pero sus acusaciones y reclamos acaban, al final de cuentas, por dejarme en mis adentros bien humorada y satisfecha. Porque en esas acusaciones presiento la llegada de ese instante en que su boca, como concentrando toda la juventud de la que es capáz, hará aflorar su rabia y su insolencia;  poniéndome a prueba, queriendo que ante ese enojo yo cambie mi apocado papel de madre resentida por el de una vigorosa autoridad que esta siendo cuestionada con atrevimiento y que cuando se siente arrinconada, no se le ocurre nada mejor que exigir respeto.

Nada le vendría más oportuno que ese cambio de actitud mucho mas autoritario de mi parte. De esa manera, le bastaría ese desliz para justificar su desconfianza para conmigo y mantenerse a cautelosa distancia en su exclusivo mundo personal. 

Pero hay que saber esperar. Solamente tengo que tener paciencia hasta que el buen humor venza esa maliciosa provocación y ella termine por dibujar una sonrisa, esa sonrisa que todo lo hace posible, y que luego a seguir añada con gracioso auto control: ¡Olvídalo, a vos no se te puede poner contenta por más piruetas que yo haga! ¡Mamá, tú sabes que ya es casi una ley universal que no podemos pasar más de un par de semanas juntas, o este amor nos va a acabar matando a las dos! Y luego, verla lanzar una carcajada de dar gusto a la mas provocada y resentida de las madres.

Ella tiene razón, un par de semanas fueron suficientes para transformarme de nuevo en este personaje demandante y lastimado. Y pienso, no sin una cierta inquietud, que en el fondo estoy ansiosa para que ella se vaya. Que talvez toda esta incompatibilidad no pasa de un ardid montado por mí misma para empujarla lejos de mi lado y poder quedarme a solas recordándola a mis anchas, sin tener que pagar un precio demasiado alto al tenerla a mi lado, viva, inquieta, ajena y peor aún, con sus propios sueños y su propia felicidad.

Quedarme nuevamente a solas, limitándome a añorar algo que, talvez y ella tenga la razón, solamente sea un mito, algo que nunca existió verdaderamente: una madre con amor y dedicación a toda prueba por su hija. Quedarme nuevamente a solas seria una situación perfectamente cómoda y tolerable donde su presencia, la presencia de mi pretenciosa hija, estará completamente sometida y dócil. Donde yo posea, en fin, la iniciativa de perseguir la idea que puedo construir a mis anchas con su ausencia.

¿Pero, por qué pienso de esa manera? ¿No soy yo la madre caprichosa que siempre se ha resentido por la falta de reconocimiento por mi dedicación y cariño?

El estremecimiento que me causa semejante pensamiento se confunde con mi sobresalto por el estridente roncar acelerado del autobús que arranca y acelera alejándola de mí no sé por cuánto tiempo, y en el que apenas distingo a lo lejos, en una escena tan fugaz que muy bien podría haber sido un mirage, un anónimo saludo de manos que sale a través de una de las ventanas del autobús que se aleja.

 Gesto de despedida que como una suave bofetada me inunda de sensaciones y recuerdos, pero que para mi sorpresa, es correspondido también por el grupo de personas donde me encuentro diluida en un sentimiento incómodo de anónima colectividad.

No soy la única. Somos los que se despiden reunidos en la misma baranda que divide la sala de espera y los corredores con las puertas de abordar de las terminales de autobús. Para todos nosotros, un último premio de consolación para nuestro aturdimiento sentimental: Una mano que se despide a lo lejos.

EL DESFILE PATRIO, DESDE MI SOMBRITA.

Sobre la Alameda Roosevelt desfilaba en Impecable formación, a paso de marcha, la brigada de los cuerpos especiales de las fuerzas armadas. Llamaban la atención sus cámaras GoPro instaladas en sus cascos y sus lentes de visión nocturna, más aún, su maquillaje de camuflaje aplicado con esmero como conviene al protocolo para los días de combate.

Mientras tanto, era de notar que al frente de cada bloque de soldados militares de las diferentes asociaciones castrenses, aparte de la banda de guerra y de los abanderados, se destacaba un solitario representante del grupo que marchaba al frente. Luego se notaba que fuera escogido por su físico aventajado sobre los demás. Como diría mi tío Rudi, era un armario de unos buenos 1.85, aquellos que aquí en El Salvador identificamos como “un chelón bien maiciado”.

Convengamos que éste solitario ejemplar era un armario sudado al que se le notaba un tanto incomodo por no estar en medio de sus demás compañeros. A lo lejos se notaba que tipos como este son usualmente de carácter bonachón y de buen diente a la hora de las meriendas. Les gusta sentarse en las fileras de pupitres de allá atrás, donde se pueden reír en completo anonimato de las ocurrencias de sus compañeros mientras vacían una bolsita, atrás de otra, de churritos sin taparle la vista del pizarrón a nadie.

El público hacía hincapié de premiar la buena actitud de aquellos batallones que, por una u otra razón, mostraban que el espíritu de combate no era exclusivo del escenario de las contiendas o de los entrenamientos militares, y sí, en donde quiera que se haga necesario. En esos instantes en donde una acción se destacaba en medio a la tediosa disciplina del desfile militar, el público inmediatamente celebraba con entusiasmo y premiaba con aplausos, silbidos y gritos de ánimo a los guerreros patrios.

Así sucedió, cuando un canto de voces se alzó repentinamente en respuesta al silbato del jefe de grupo de una de las brigadas. Para sorpresa general, ese cántico bélico cargado de testosterona, causó admiración. Y allí estuvo el público atento y bien dispuesto para hacer sentir su presencia con sus aplausos, gritos y chiflidos.

Ya no digamos del sudado y concienzudo esfuerzo de un soldado de las brigadas de salvamento, que encima de un tráiler que recreaba el escenario de la retaguardia durante la cruda batalla, este soldado imbuido de pasión escenográfica, aplicaba sin tregua el RPC y la respiración boca a boca a un desfallecido maniquí que se estremecía al vigor de los masajes. Fue premiado con colosal aplauso por el público.

Para sorpresa general de los patrióticos asistentes, la presencia de la fuerza naval nos recordó que El Salvador también tiene mar y que es deber de las fuerzas militares salvaguardar tanto los límites territoriales, aéreos como oceánicos. Así, el público se desato en aplausos cuando vio aparecer el par de lanchas de vigilancia con 3 sendos motores Kawasaki de no pocas cilindradas, y luego atrás, como parte del desfile, los acompañaba un “narco submarino” capturado en aguas territoriales. En la cubierta del artilugio pirata, construido con insólito ingenio en fibra de vidrio, tres representantes de las autoridades militares fuertemente armados custodiaban los sospechosos paquetes que representaban un decomiso millonario en drogas. Los aplausos y los chiflidos una vez más se hicieron escuchar.

Para compensar la astronómica asoleada a que se sometía el público con intachable buen humor, no se hicieron de rogados los vendedores de sorbete, a decir verdad, era un sorbete a prueba de calor pues los vendedores lo mostraban al público sin ninguna consideración térmica. No faltaron los clásicos vendedores de agua helada y una variada oferta de alimentos en donde se destacaba ampliamente, el platito desechable de porción de papa frita con queso y salsa de tomate.

Fue patente el atraso entre los grupos que participaban del desfile patrio. Hubo una pausa de quince o veinte minutos en que nadie desfiló, a no ser el propio público que se entretenía incansablemente en seguir buscando un mejor lugar para poder apreciarlo. Así, mientras unos atravesaban la calle de la Alameda Roosevelt de norte a sur, la otra mitad lo hacía, con igual ímpetu, de sur a norte. Otros preferían dirigirse hacia el parque Cuscatlán y la otra mitad hacia El Salvador del Mundo.

En ese ínterin nos encontrábamos todos los presentes, cuando se escuchó a lo lejos el redoblar de los tambores y el alarido de las trompetas. Para alegría general, el desfile continuaba.

Pero, para compensar semejante atraso en la continuidad del desfile, los desesperados líderes de grupo ordenaron marcha forzada, y haciendo esfuerzo por mantener el bloco en compacta formación, salieron en debandada.

Semejante muestra de vigor en aquella acalorada mañana de domingo, despertó los ánimos del público que desató a gritos de aliento y aplausos, mientras los más jóvenes junto con los más inquietos no satisfechos con ese bien portado apoyo moral, creyeron indispensable acompañar el ritmo de la marcha forzada con sus acompasados chiflidos.

Dignos de mención son: Un simpático gordito que saludaba con sonrisa amplia desde el lugar más alto del tráiler del Comando de las Comunicaciones. El batallón compuesto en su totalidad por aguerridas mujeres en atuendo completo de combate. El pelotón de enfermeras militares. Las impecables formaciones de los jets de combate comprados a Chile un par de años atrás.

De parte del público cabe mencionar: La señora que aprovecho una pausa del desfile para correr con botella de agua en mano hacia uno de los soldados con canes adiestrados en las artes del combate, para saciar la sed del compañero canino. Otras señoritas que aprovecharon la pausa para tomarse una selfi con el portentoso líder de grupo. Una familia cuya madre y tres hijas adolescentes que nada le debían a las Kardashians. Una niña plácidamente sentada en hombros de su padre que exclamó emocionada al escuchar a lo lejos la banda de guerra: ¡Allá vienen los mariachis!

El desfile que había comenzado a las Nueve de la Mañana, terminó cerca de las dos de la tarde después que desfilaron, además de las fuerzas armadas salvadoreñas, decenas de asociaciones e instituciones de toda suerte y motivo. Como dice mi tío Rudi: Después que desfiló chinche y telepate. No hay duda, el 15 de septiembre continúa siendo de mis eventos populares favoritos.

 FOTOGRAFÏA de portada: Raquel Abrego

LA ESPÍA Y EL SOLDADO

Entró al metálico y débil golpe de la puerta automática que se abrió de par en par. Pero una vez adentro, el comportado ir y venir de los viajeros arrastrando sendas maletas y la futilidad de la música ambiente, le hicieron tragarse en seco toda su prisa y su inquietud. Necesitaba calmarse de inmediato.

Se obligó a minorar el paso mientras su mirada vagaba de un lado a otro como una cámara de vídeo que, indecisa en escoger y enfocar algún objeto, acababa por mostrarle solamente una vorágine de imágenes sin asidero. Realmente estaba hecho una mierda.

Sin encontrar una ruta confiable, pero con temor a tomar asiento para suspirar y aliviarse, continúo su recorrido distinguiendo dentro de sí el agotamiento de quien ya antes recorriera ese mismo escenario en incontables ocasiones. Reconocía también, de una manera más dolorosa, esa intención de salir al encuentro de una persona muy querida a quien debería decir, decir y decir sin rodeos.

Quizás, solamente se tomaba el tiempo necesario para realizar que toda esa película, toda esa trama escénica, le sucedía a él de una manera inequívoca. Aunque, en último caso, lo podría afirmar sin lugar a dudas, si confiaba en la sensación ajenamente física del grueso y pastoso músculo de su lengua rozando por cada rugosidad de sus enormes molares. No había duda, era él mismo.

Y siendo, como realmente lo era, un personaje soñado, recordó otro alguien que era empujado por la ansiedad y entraba casi de sopetón al metálico golpe de la puerta de vidrio y aluminio en dirección a un mundo de luminosos corredores.

Despertó.

              Se sentía confundido.

                                    Aunque no podía negar cierta frivolidad.

Todo en él palpitaba tranquilo. Y aún con las imágenes de los luminosos corredores a ofuscarle su sentido de realidad, tuvo la ilusión de creer que había sido solamente un sueño. Se sentó al borde de la cama y al apretar del interruptor un halo de luz descansó sobre la hoja de papel blanca donde escribió con dificultad por el impacto de la claridad:

¡Ella es preciosa!

                                  ¡Tengo que zafarme!

                                                                            ¡Pero zafarme ya!

Se quedó quieto, espiando el amanecer por entre los brazos cruzados sobre la frente. Era un gesto muy suyo, le daba una tregua cuando se sentía exigido. Era la trinchera que le correspondía. No las veredas y quebradas del frente de guerra, de las cuales fue prematuramente apartado casi desde el inicio de su militancia, pero sí, para este frente de batalla en donde según los altos mandos él se hacía más necesario.

Era gracioso pensar que fuera considerado la persona más apropiada para la misión por cualidades que irónicamente él había adquirido en el ambiente conservador y relativamente acomodado de su familia. Un ambiente tan burgués que hubiera sido imposible prever, en aquella época de su primera juventud, que llegaría a servir a una revolución, y todavía más, con tamaña convicción y entrega. Más irónico aún, era el hecho de la guerra no transcurrir para él, en medio a la camarería de los compitas del frente de batalla y si, rodeado de tanta comodidad y dentro de una rutina de viajes internacionales que suelen alimentar los sueños de la mayoría de los jóvenes del mundo.

Por primera vez en la vida realmente no sabía si reír o llorar ante una situación tan peculiar, pero prefirió sonreír.

Desde ese día en que la misión le fue asignada y se hizo efectiva, la guerra de todo su pueblo pasó a girar en esa ruta donde, a pesar de los varios continentes y países que recorría, los escenarios eran siempre los espaciosos corredores de los aeropuertos, las asépticas recepciones de los grandes hoteles y los alfombrados restaurantes “Á la carte” de las grandes metrópolis.

Esos ambientes, con sus empleados serviciales, los desenfadados turistas y los opacos hombres de negocios (a los que él supuestamente pertenecía), eran como tres ramales sin el menor riesgo de interacción entre sí. En medio del ir y venir de tan pintorescos personajes se podía circular en rutinas de las más previsibles, rutinas siempre distantes del movimiento cotidiano de las ciudades y de las diarias preocupaciones de la gente común.

Desde el improbable contacto entre esos personajes, nacía su desconfianza al extraordinario encuentro con aquella mujer. Aunque para él, desde la introspección necesaria por el sigilo que le imponía la misión, la mujer aparecía como una isla en la lejanía que al mismo tiempo que es promesa de abrigo al naufrago agotado, le recuerda la férrea convicción que debe tener para seguir a flote.

El timbrazo del teléfono lo apartó de un sobresalto de estos pensamientos. Él mismo solicito en la recepción que lo despertaran temprano por la mañana y le extrañó que lo hubieran tomado por sorpresa. Se rasuró, y diligente repasó sus planes: enviar el informe de su cambio de hotel, un chapuzón en la piscina, un buen desayuno, revisar el equipaje y principalmente, dejar el hotel esa misma mañana.

La urgencia del traslado le devolvió la ansiedad que sintió la víspera. No le sirvió de mucho tratar de convencerse a sí mismo que nada más sería que un cambio de hotel en medio de esa disciplinada y persistente ausencia de algo familiar. Ese sentimiento de familiaridad en que ocasionalmente y muy a su pesar, él se detenía a añorar más de lo que sería estrictamente inevitable.

Pero sabía que era exactamente el ambiente impersonal de los hoteles, lo que más le ayudaba en la difícil tarea de dejar de lado, casi hasta el olvido, todo cuanto fuese su verdadera historia. Más que una falsa nacionalidad, más que una profesión imaginaria o de un nombre que no era su propio nombre, era necesario olvidar desde la manía más íntima hasta el gusto más enraizado. Los codificados cambios de información con sus contactos eran las únicas referencias de que él pertenecía a un lugar, que tenía un pasado y un propósito en esta guerra. Una guerra que, para él, ya se alargaba más de lo previsto.

En la última de tres vueltas, vio pasar debajo de sí el espectro vítreo de un cuerpo humano nadando debajo del agua a lo largo de las líneas marcadas en el fondo de la piscina. Detuvo su rutina de ejercicios y alcanzo en dos brazadas el borde al lado del trampolín. Era ella, venía a su encuentro salpicando agua con una risa y gracia infantil que en ciertas mujeres es como una caricia.

Consciente de que iría a cometer un error grave pero que en ese momento poco le importaba, olvidó los temores de la víspera y entusiasmado se dejó llevar por lo inesperado del encuentro. Fue solamente cuando ella dibujo un puchero de coquetería culpándolo por haber tenido que soportar casi la noche entera en desvelo por no pensar en otra cosa que no fuera en él, fue que tuvo la plena seguridad de estar cada vez más cerca de un irresistible deseo de abrazarla.

Huyó de ese impulso sumergiéndose al fondo de la piscina hasta que el doloroso golpe en los oídos le hizo sentir que estaba en la obligación de ser mucho más adulto como para no dejarse reventar los tímpanos tan fácilmente. Reapareció en la margen opuesta creyéndose dueño de sí lo suficiente como para aceptar el riesgo de invitarla a tomar juntos el desayuno.

Ya de regreso a su cuarto y repitiendo para sí mismo, burlonamente, la hora exacta en la que había quedado de acuerdo con ella para salir a conocer “cierto lugar” desde donde la vista de la ciudad era “realmente hermosa”. Se sorprendió por el cómico choramingo de su voz frente al espejo reclamando a sí mismo por qué le daba largas a aquella insensatez. A final, nunca había sido un hombre guapo, ni atractivo o siquiera interesante como para atraer la atención de una mujer como aquella. ¿Qué necesidad había de envolverse en una aventura de amor a primera vista con una loca cinco estrellas? No iba a ser en esta ocasión que caería en esa armadilla de amor a primera vista.  Solo esa le faltaba.

Alarmado con el incontrolable rumbo que tomaban sus pensamientos, llamó a recepción y comunicó su partida inmediata.

Estaba nuevamente listo para partir. Tomaría un taxi que lo llevaría al aeropuerto. ¡Pero no, calma! No sería necesario. Iría a otro hotel y todo comenzaría de cero, como sí nada le hubiese sucedido desde su llegada una semana atrás. Y ya en el elevador, intentando calmar sus dudas, sacó su billetera y confirió uno a uno sus datos personales.

En el nuevo hotel, acomodado en su nuevo hogar, se entregó al ejercicio de reconstruir con disciplina militar todo lo ocurrido durante lo que decidió llamar “la crisis”. En su memoria de los dos últimos días, solamente guardaba imágenes de una secuencia totalmente mecánica de tramites en que su tarjeta de crédito ocupara el papel principal.

Por momentos intentaba frenar su angustia consolándose con el mérito que tenía por el deber cumplido, pues la misión estaba arriba de todo y en efecto, había conseguido alejarse del peligro sin mayores consecuencias. A final, bastaría en enfocarse y darle su verdadero nombre a las cosas, es decir, él en el fondo debía festejar la astucia de haber conseguido salirse de una trampa tan bien montada por el enemigo ¡Y vaya que corrió peligro con aquella hermosa y hábil agente del imperio! Pensó satisfecho.

Dos días después, al hacer un informe de los últimos momentos desde que conociera a la mujer, él se asustó de constatar cómo se había doblegado ante sus propias carencias. Como, a sí mismo pareciera tan sin atractivos frente a la fuerza de sentimientos y opiniones que con tanta gracia en ella eran gestos de una agradable confianza. Incapaz de controlar el emergente vacío en el estómago, levantó la voz, casi en un grito, como si pagase una deuda con ella y para sí mismo: ¡Vos podrías haber sido mi peor engaño, no puedo, no, no voy a creer en tu casualidad!

Consciente de la osadía que lo dominaba por entero y guiado únicamente por la necesidad de volver a verla, salió en dirección al hotel en donde ella se hospedaba. Al menos le debía una explicación por una cuestión de lealtad humana. Pedirle disculpas por su inesperado silencio, por su inexplicable ausencia. Pero se enteró que ella ya había partido horas antes en dirección al aeropuerto.

Una y otra vez, insistía en limpiarse las uñas de toda culpa. Miraba el lento y lejano ajetreo por las calles y avenidas. A cada luz roja del semáforo, un torrente de imágenes de su corto y truncado romance se acumulaba en sus párpados ya pesados por el cansancio. Golpeaba su frente, suave, pero con firmeza, contra la ventana de la puerta del taxi mientras luchaba en obedecer la alerta de peligro ocasionada por las imágenes de aquella “agente” tan taimada; pero a seguir, se reconciliaba con ella, aceptándola como una mujer a quien profesara un claro cariño.

Pero sólo al decidido gesto de entrar en la sala de embarque del aeropuerto, del golpe suave y metálico de la puerta automática de vidrio y aluminio que abría de par en par, de sentir el peso del ambiente pulcro y amortiguado de los corredores, y por la azucarada música del ambiente, fue que él comprendió la inutilidad, la estupidez de todo aquel desmando.

Rendido, se dejó llevar por los corredores hasta que su mirada se detuvo en la imagen de los monitores de información que desplegaban listas luminosas e interminables con nombres de ciudades, códigos de vuelo y horarios. Y allí quedó, de pie, frente a las listas brillantes de información. Ciudades y hoteles, códigos de vuelo y de contactos, códigos secretos de ciudades, de horarios sin cumplir, encuentros sigilosos en decenas de hoteles a la deriva por corredores iluminados y ajenos que parpadeaban sin tregua. Sintiéndose herido por el frio recorrido de las gotas de sudor que deslizaban por todo su cuerpo, buscó la puerta de salida.

Su prisa, en esos primeros instantes, poco a poco cedió lugar a un sonámbulo paseo por las alamedas de la zona de parqueo del aeropuerto. Su cuerpo estremecía en escalofríos.

Sin saber exactamente de donde, le llegó el vago recuerdo de alguien perdido en un mundo de largos corredores, y poco a poco, reconoció dentro de sí la fatiga de alguien que ya antes recorriera ese vano intento de encuentro, de compañía, con alguien a quien podría decir, y decir, sin rodeos.

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Ilustración de portada: Daniel «Buba» Marroquín. danielmarroquin10@gmail.com

EL DESBORDE DE LA MAGIA

La hora del día en la playa casi desierta es esa en que la arena aún está tibia, la brisa cambia discretamente su rumbo en dirección al mar, el paisaje se alarga en sombras hasta desvanecerse y con su peso, el sol estremece la última línea de aquellos confines.

Salida de quien sabe de dónde, una mujer está a pocos pasos de distancia. Tan próxima que resulta extraño que no se incomode por tener vecinos tan cercanos mientras cava sin prisa una olla regordeta sobre la arena. Dentro, ella va formando un circulo de rosas rojas, velas mitad negras mitad rojas y en el centro acomoda una botella de aguardiente, copas, una caja de fósforos y algunos habanos. Durante la faena, la mujer tararea y marca su letanía con las enérgicas llamaradas de los fósforos que se encienden como duendes locos que ya quisieran tener el poder de reanimar el día.

Pero basta levantar la mirada hacia el mar, donde un bote pesquero maniobra taimadamente al ras de la reventazón cerrando cada vez más el circulo de la red de pesca, que, a una segunda mirada, la mujer ha desaparecido dejando en su lugar aquel pequeño y secreto altar iluminado, como el ojo brillante y alerta de un jaguar.

En el mar, las gaviotas se lanzan oportunas al saqueo de las redes en implacables picadas alrededor del bote. Pero este continúa cerrando su círculo mortal, ciego al desespero del cardume por librarse de la red, y sordo al festivo canto que acompaña el banquete de las aves a su alrededor.

Sin ningún alarde, la saciedad deja lugar a la intimidad, cesa el graznido de las gaviotas y el bote de pesca apenas se advierte por el vaivén de sus luces en la oscuridad en donde poco antes había toda una inmensidad.

El sol se ha puesto por completo y el jaguar también se ha retirado para su cubil en algún lugar del horizonte, y con ello, ya se advierte un nuevo orden. Ahora, el temblor difuso de las llamas del pequeño altar y la oscuridad que lo circunda pertenecen al cuerpo inquieto y a la mirada vigilante de la pantera. Se ha efectuado ya, el cambio de guardia.

Sentada, la pantera se entretiene a inventariar con el olfato el historial de transacciones de la playa y por momentos se deja entretener por el carrusel luminoso que forman las ofrendas dentro de aquel fantasioso regazo. Se siente en fiesta porque este es uno de sus despachos preferidos, pues ofrece una botella de aguardiente, copas, habanos, velas y fósforos, todo un servicio completo para que Exú comience la noche con toda la pompa, gusto y la circunstancia que se exige.

Finalizado el banquete, la pantera se estira, bosteza con gusto, y para sacudirse la modorra se dirige a la ciudad lista para comenzar su ronda por las calles.

Se desplaza atenta al movimiento del gentío en los andenes, balanceando los hombros y evitando con sincronía ejemplar la frenética desbandada que se apodera de los empleados, cuando ya hartos de tanto afanarse, solo quieren regresar a casa.

En medio de semejante ajetreo la pantera apenas y tiene el tiempo de un parpadeo para evitar la escupida que algún grosero lanza con descuido hacia el suelo y el tiempo de otro parpadeo para maldecirlo en sus adentros. Pero ella misma se ufana de tener como única respuesta un disimulado erizar en su pelaje, un roznar de enfado… guardar las uñas, esconder sus colmillos… y hacer caso omiso de aquel apocado blandengue lanzador de escupidas.

Es fascinante ver la facilidad con que ella encoge las patas para luego lanzarlas al vacío en una continua, creciente y frenética corrida. Hasta que, de un salto ¡zas! se cuelga de los cromados pasamanos de la puerta trasera del microbús completamente abarrotado de gente.

Ya adentro, abriéndose camino con mal disimulados codazos, se siente a sus anchas, está contenta por el calor que emana de los cuerpos y satisfecha por la corrida rápida y certera de la cual guarda aún la levedad del aire en forma de una comezón en la punta de las patas.

Vanidosa, se limpia los bigotes, y en una súbita e irrefrenable intimidad acaba por prolongar la lambida a lo largo del pecho mientras escucha atenta un grupo de jóvenes que ha decidido estacionarse en las gradas de la puerta de atrás del autobús para vociferarle ocurrencias a la gente en los andenes.

Adelante del autobús, cerca de la puerta delantera, la pantera observa un cuerpo del cual le apetecería aproximarse. La presa es atractiva y más que suficiente para coronar el momento. Sin detenerse ni por un segundo en alguna consideración, la pantera se encamina en dirección a aquel cuerpo que de tan entregado que está a las notificaciones y las publicaciones en su celular, cree estar lejos de todo peligro.

A su paso, la pantera hace poco caso de cortesías, por lo que es ásperamente reprendida por un pasajero a quien ha dado un zarpazo accidental. Pero no hay nada mejor que un rugido seco para intimidar y hacer retroceder al delicado pasajero hasta su insignificante anonimato. Después de ese ajuste de cuentas, ella se va abriendo camino sin escuchar ni un único reclamo.

El tibio aroma que emana de los cabellos de la presa sería suficiente para que la pantera olvidara todos los inconvenientes del viaje a esas horas de pico, y considera, con zalamería, que ya solamente el aroma de su presa es regalo suficiente para hacer sentir a cualquier predador de su especie, en medio del inmaculado jardín del edén. Pero las patas traseras de la pantera también reclaman parte del botín y actúan por cuenta propia apretándose contra las nalgas de la víctima que está a su merced en medio a la aglomeración y que no sabe si rechaza abiertamente o no, ese contacto que raya lo abusivo. 

La presa, entre molesta y temerosa, busca el rostro del atrevido por la ventana del autobús que le funciona a modo de espejo retrovisor. Pero al hacer contacto con la mirada fija e imperturbable de la pantera, la presa se deja vencer por el dominio que la fiera transmite y que está ahí sólidamente fundida a su trasero con los ojos semicerrados e invencibles, con la pequeña punta rosada y redonda de la lengua apareciendo por fuera de la boca con una gracia insolente y con el potente remolino de sus orejas succionando todo a su alrededor en la busca anticipada de algún inconveniente.

Pero la presa se escabulle con astucia, y no hay para la pantera nada más que le pueda interesar del viaje. Aprovecha entonces que el motorista transita con la puerta de salida abierta y se lanza a la calle con el autobús en movimiento, y a seguir, asfixia los gritos de los sorprendidos pasajeros con el estruendo que provocan los trompones que ya desde la calle, ella propina a la carrocería del autobús a modo de un colosal bombo de guerra.

Atenta y dispuesta a usar su propio cuerpo como proyectil para cobrar caro por su vida, la pantera examina de soslayo el aparente desorden de las luces, que desde la amplia avenida, ella ve aproximándose velozmente en su dirección. Y es del chillido de las frenadas, de los golpes de humo de sus escapes, de las palabrotas de los motoristas y sus dilacerantes bocinas, que para la pantera está compuesta la materia de las garras y del corazón.

Pero aún no ha sido la vez del cazador. Ahora, más segura de sí de lo que antes estuviera, levanta su enorme cabeza en un profundo  y áspero rugido que hace estremecer y callar por segundos el monocorde de la cuidad; al mismo tiempo que allá en lo alto, como un presagio, el gigantesco anuncio de neón que se enciende y se apaga sin descanso le evoca las centenas de amaneceres y puestas de sol de las que ya fue testigo y de las que talvez estén todavía por venir.

En los jardines del inmenso parque al lado de la avenida, ya lejos de los peligros de la calle y ajena a todo y a todos, ella moldea con el cuerpo la silueta de un viejo tronco pulido y ancestral, haciendo saltar tierra y raíces al afilar sus garras en el engramado. Luego, descansa golpeando plácidamente su cola contra el suelo con la satisfacción de quien está llena de fuerzas y aún tiene una larga noche por delante. 

No suficientemente larga, es verdad, como para no ser siempre sorprendida por los primeros zarpazos del jaguar, que al mínimo descuido le ciñen la frente al horizonte. Habrá llegado entonces la hora de efectuar, una vez más, el cambio de guardia.

DOVYDAS POVYLAITIS REGRESA A SU MUNDO. (PARTE 6\6)

No se sabe  a ciencia cierta en que momento Dovydas Povilaitis pasó a juntarse con las direcciones de los pueblos originarios de Itzalku y de otras jurisdicciones, entre las cuales no podía faltar la de Sonsonate. Pero luego que el rumor llegó a la prensa, los periodistas acudieron en su afán de transformar los acontecimientos en noticia.

Las reuniones fueron a puerta cerrada y todos sabemos el celo con que las direcciones de los pueblos originarios guardan la gestión de sus actividades. Los de la prensa, decepcionados, de a pocos, abandonaron el lugar.

Semanas después, Dovydas se dirigió hacia El Pital, en Chalatenango. Estuvo allí con un grupo de amigos que lo acompañaban. Cuentan algunos locales que después de pasar la noche entre bebidas calientes, pláticas y pocas horas de sueño, todos estaban de mejor humor que el día anterior y el amanecer estaba espléndido.

Era una mañana particularmente translúcida que evocaba añoranzas por nada en particular. Ya desde temprana hora de la mañana se notó alrededor del cuerpo de Dovydas ciertos efectos ópticos que daban la impresión que él comenzaba a quedar aparte de los demás. Estaba separado por una especie de inquietos enjambres compuestos de diminutas variaciones del aire, o quizás, podrían ser mejor descritas como variaciones de  color y de luz.

Estas partículas eran inexplicablemente diminutas pero visibles,  con una voluntad de movimiento nunca antes visto por ninguno de los presentes y que desafiaban la propia intuición y el lenguaje. Al observarlas con atención por un largo periodo algunas parecían estar en dos o más lugares al mismo tiempo, se multiplicaban, provocaban destellos y reaparecían en otro lugar.

Así se pasó el resto de la mañana. Dovydas hablaba poco y pidió a sus acompañantes que guardasen una distancia prudente de su persona. A medio día y sin que la situación hasta aquel momento suscitara ninguna alarma, notaron algunos cambios en el novupellis y en el rostro de Dovydas.

Parecía que partes de su cuerpo y de su rostro se revolvían y se volvían a juntar en remolinos de  puntitos de luz que no parecían otra cosa, a no ser, y de manera sorprendente, su propia persona. No había nada del lado de «afuera» o alrededor de Dovydas Povilaitis, era él mismo que podía ser, al parecer, algo diferente.

Llegado cierto momento, Dovydas sonrió y emocionado se despidió de forma afectuosa de todos y les solicitó que no se acercaran demasiado, que él estaba ya a camino de 2070.  Uno de los presentes se dirigió a Dovydas y le preguntó si estaba feliz de finalmente regresar a su mundo. Él sonrió y dijo que no había otros mundos, que este era el mundo de todos y que todos debíamos compartir. Que nunca más habría otro, que todos los mundos de la humanidad eran el mismo mundo.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar a la aproximación de una gallina y sus pollitos que picoteaban el suelo de grama y tierra alrededor de Dovydas. Rápida pero suavemente, la gallina se transformó con todo y pollitos en una graciosa estela de pequeñísimos destellos y pedacitos indiferenciados de materia, que como un listón iban y venían guiados por una extraña motivación.

Cuentan que durante varias horas después de la transportación de Dovydas, aún se podían percibir  pequeños remolinos de polvo, hojas secas de pino y casi imperceptibles luminiscencias  que jugaban como dentro de un tubo imaginario donde por largo rato nadie se atrevió a acercarse.

Los periodistas por supuesto llegaron solamente un par de días después de la partida de Dovydas. Aún así se dedicaron con pasión a recoger de los presentes las escasas sobras de eventos tan difíciles de traducir en palabras.

Era increíble darse cuenta que cada relato contado por alguno de los que estuvieron presentes, acerca de los mismos sucesos anteriormente narrados, era un relato diferente e igualmente verdadero. Nunca antes había parecido tan claro y compresible que hasta la más pequeña realidad, se construye de infinitos relatos de múltiples eventos.

Como sabemos, semanas antes de su transportación, Dovydas Povilaitis estuvo viviendo con las autoridades de los pueblos originarios, donde se cuenta que sostuvieron largas pláticas a las que ni la prensa ni las representaciones gubernamentales tuvieron acceso.

De estas reuniones existe una serie de testimonios de las gentes sin que se puedan establecer las fronteras entre los hechos y la imaginación popular. Sabido es que la mitología moderna envuelve toda una mística entre ciencia ficción, mitología de las culturas ancestrales (como la egipcia y la Maya) e infinidad de mitologías religiosas.

Además,  todas estas  mitologías modernas se juntan a otras igualmente en boga como la de los extraterrestres y las que pregonan que la tecnología es la respuesta a todos los males o que es el único mal de la humanidad.

Pero como dijo Dovydas Povilaitis: todos los mundos imaginados por la humanidad, como los Infiernos, los Olimpos, los Horizontes de Acontecimientos, las fábulas y la literatura, todos pertenecen a este mismo y único mundo de lo que es humano y na más.

San Salvador 2020

 

ENTREVISTA A DOVYDAS POVILAITIS DURANTE SU VISITA A EL SALVADOR DEL 2020. (PARTE 5/6)

Dovydas Povilaitis, ciudadano de Liublania, poco a poco fué llamando la atención de los curiosos transeúntes de las ciudades salvadoreñas, siendo que el primer lugar donde se tornó conocido fue en la ciudad de Chalchuapa, en donde era visita frecuente de las ruinas de El Tazumal.

Llamó nuestra atención no solamente por su atuendo sumamente inusual, de una simplicidad casi extravagante; sino, por su evidente emoción de estar enmedio de «la gente que cambió el curso de la historia de la vida social en el mundo «. Al decir eso, sonrreía mientras la gente se carcajeaba, pensando que les estaba tomando el pelo.

Hubiera pasado como un extranjero a más por este pintoresco país, de no ser por la absoluta ausencia de accesorios, no equipaje, no reloj y ningún otro adorno, no zapatos (pero no descalzo), no anteojos ni gorra, y finalmente, por su insistencia en declarar abiertamente que venía del futuro. Era un viajero del tiempo, del 2070 «para ser exactos», como él acostumbraba enfatizar.

Se tornó una atraccion y conquistó el cariño de la gente por cualquier localidad donde se detenía. A pesar que nadie sabía de su verdaderas intenciones, recibía seguidas invitaciones para juntarse a cualquier evento público, o  para frecuentar los hogares de las parsonas que, ya sea por curiosidad o franca simpatía, le habrían sus puertas para alimentarlo o para que se tomara un descanso.

Era sabido de todos los que le habían tratado de manera más cercana que comia extremadamnente poco, y más que comer, huelia fascinado los alimentos que le proporcionaban. Sus anfitriones le hacian gracia y lo incentivaban a masticar y a tragar los alimentos. Ocasionalmente él los complacia.

Esta curiosidad por su inusual persona, llegó a los medios informativos y alcanzó celebridad. Lo entrevisto un conocido comentarista político de la televisión salvadoreña y en esa célebre entrevista mostró que podia ser capaz de hablar cualquier idioma. El público pensó que era una especie de ventrilocuo, pero los televidentes más perspicaces notaron que esto solamente sucedia cuando él tocaba levemente su excepcional atuendo .

Él llamaba de Novupellis  aquello que todos entendíamos como su ropa. Este, era más parecido al uniforme de un deporte moderno, de esos más extremos o de alto rendimiento, detalle que siempre llamó la atención de los más jovenes. En general, la teleaudiéncia salvadoreña continuó a encontrar en él, gracia y simpatía.

Dovidas Povilaitis permitió publicar en la prensa impresa asi como en las revistas digitales, fragmentos de su diario personal de viajes y fascinó a todos con sus relatos de una visita que hiciera a El Salvador de 2070 (MEMORIAS DE UN VIAJERO EN EL SALVADOR DE 2070. (PARTE 1/6) .

A medida que crecía el espanto, la incredulidad y la curiosidad de los salvadoreños, los sectores académicos del país comenzaron a interesarse por sus testimonios acerca de El Salvador y el mundo en el año 2070. Fué invitado de honra de prestigiadas instituciones como La Universidad Nacional de El Salvador, y otros centros de investigación y de enseñanza. Invitado a visitar la red de centros escolares de San Salvador, inmediatamente ganó cientos de admiradores.

De esos encuentros con las autoridades académicas y de los medios periodísticos, fueron extraídos y luego publicados una línea del tiempo con los Grandes eventos de la humanidad según el parecer de Dovydas Povilaitis (LÍNEA DEL TIEMPO 1989 -2070 (PARTE 4/6), y también, un curioso relato del mundo en 2070 y sus principales características (¿CÓMO LLEGÓ EL SALVADOR Y EL MUNDO A 2070? (PARTE 2/6).(¿CÓMO LLEGÓ EL SALVADOR Y EL MUNDO A 2070? (PARTE 3/6).

En esta ocación, publicamos un fragmento de la entrevista concedida durante una mesa redonda compuesta por autoridades académicas, gubernamentales y artísticas de El Salvador.

Señor Dovydas Povilaitis,  viniendo usted del futuro, del año 2070, tan solo cinco décadas nos separan de nuestro presente 2020. Nos parece difícil que la humanidad consiguiera transportar a alguien al pasado en tan poco tiempo de desarrollo tecnológico; eso, aunque las pruebas que usted ha brindado han dejado atónita a la comunidad científica.

Dovydas/ Sin embargo, en la física de partículas atómicas de este 2020, ya están presente las teorías de cuerdas, los agujeros de gusano y los hoyos negros, en donde ya se menciona que viajes en el tiempo se harán posibles devido al horizonte de posibilidades producido por la distorsion del espacio-tiempo.

Con eso, quiero decir que en este exacto momento, la humanidad de este presente 2020 está plantando el futuro de dónde vengo, no les debería parecer pues, tan improbable.

Debe ser fácil para usted y para el futuro de donde viene, poder analizar nuestra actualidad con facilidad, pero para nosotros que estamos aquí en nuestro presente, no existe nada de tan obvio. Realmente no sentimos que estemos calculando nuestros pasos para garantizar un buen futuro. Es más, pareciera que se nos escapa la idea de lo que es bueno o prejudicial para nuestro futuro.

Dovydas/ En mayor o menor grado todos tienen una percepción de la realidad en la sociedad actual. Por ejemplo, para todo ciudadano de cualquier país y de cualquier clase social, no pasa desapercibido que actualmente se producen demasiados objetos completamente desnecesarios a la existencia cotidiana.

En algún momento de la vida,  cualquier ciudadano es capaz de entender el desorden y la falta de propósito de la producción industrial actual. Esta producción inconsecuente queda expuesta claramente,  por ejemplo, a la hora de entrar a una tienda de «Todo a Dólar» o de la infinita variedad de los productos ofrecidos por las ventas callejeras.

El punto importante es que las personas mienten a sí mismas. Las personas pretenden no incomodarse con esta serie de pequeños crímenes del cotidiano. Muy pocos se toman el trabajo de pensar a qué lugar van a parar, al final de su vida útil, estas montañas de objetos, como juguetes, ropa, electrodomésticos, accesorios, prendedores de cabello, botellas de shampoo, teléfonos celulares, autos, etc.

Usted ha llegado a conocer El Salvador con cierto detenimiento, tanto en sus viajes como agente de turismo en el año 2070, como ahora en 2020 como primer visitante proveniente del futuro. ¿Cómo ve usted nuestra sociedad? ¿Hacia donde nos dirigimos?

Dovydas/ Cuando pienso en como puedo responder a su pregunta, lo primero que recuerdo es como fue difícil y largo el camino para todos los países de Centroamérica incluyendo México, hasta llegar a ser ya en 2035, la Región 12 (Mesoamérica).

Como, poco a poco, a fuerza de las presiones ocasionadas por la crisis de escasez mundial de recursos; ustedes, las naciones de civilizaciones ancestrales, fueron obteniendo respuestas efectivas de una fuente completamente inesperada: su propia historia, su esencia e identidad cultural de miles de años.

Pero la identidad ancestral mesoamericana parece ser actualmente una fantasía. En fin, si álguien imagina un futuro, no es retrocediendo hacia el atraso tecnológico de las culturas ancestrales. Además, nadie aqui cree pertenecer a esas civilizaciones antiguas y honestamente, es casi un tipo de insulto.

Dovydas/ Sin embargo esa conciencia surgió y tomó cuerpo de la manera más inesperadaPoco a poco, a través de acciones sencillas pero decisivas, las comunidades se apropiaron de su cotidiano y de su sobrevivencia de acuerdo a la manera en que ellos entendían su manera de vivir.

Pasaron a administrar la distribución y comercio de alimento y bienes que estuvieran completamente libres de las substancias peligrosas que eran usadas por la industria y que significaban un peligro para la salud y para el medio ambiente.

El uso del plástico, fue el primero a a ser descartado completamente. Todo comenzó con la rehúsa de las vecinas comunidades Maya-Quiché de Guatemala al no permitir la entrada de productos con embalajes plásticos dentro de sus comunidades. Poco a poco, la propuesta ganó fuerza hasta extenderse por toda la región.

Estas campañas que se iniciaron entre comunidades indígenas sin gran expresión en la vida nacional, también alcanzaron a la clase media urbana que inició grandes campañas de limpieza de basura plástica de las playas y terrenos, y continuó con los jóvenes rechazando todo tipo de comercio o industria que generara exedentes o desperdicio.

Pero el rechazo al plástico es una acción insignificante si es comparada con el funcionamento de todo un sistema industrial que produce basura sin interrupción.

Dovydas/ La verdad es que la razón era más profunda. Pués lo que se intentaba recuperar era la autonomía alimenticia a manos de las comunidades. No debemos olvidar que  el modelo de producción mundial de alimentos fué poco a poco arrebatado de las manos de las comunidades, tanto la producción como la distribución de la comida.

Actualmente quien produce los alimentos y los comercializa, casi que exclusivamente, son los grandes monopolios industriales de la alimentación. Durante mucho tiempo se solapó la verdadera intención de este modelo de producción, alegando que solamente de esa manera se podian alimentar a la creciente población mundial.

Pero la verdad quedó expuesta con la implementación de la economía globalizada. La mayoría de recursos estaban destinados no a saciar el hambre de la humanidad, sino, a crear todo un sistema centralizado en la distribución de alimentos. Los alimentos básicos como los cereales, en especial la soya y el maíz, son usados para alimentar al ganado. Este ganado, a su vez, es usado por el monopolio de comercialización de la carne, la leche y sus derivados. Que siempre dá prioridad a las clases sociales de mayor poder adquisitivo.

Los grandes consorcios de la alimentación, poco a poco, pero de manera aplastante, fueron desactivando los sistemas  agrícolas comunitarios en la mayoría de países del tercer mundo y se dedicó a desrrollar sistemas de alta tecnología agrícola en gigantescas plantaciones que a su vez consumían grandes cantidades de agrotóxicos y agua potable.

Pero es difícil de creér que la empresa privada permitiera que la gente se negara a abastecerse de alimentos o de superfluos en los Centros Comerciales y en los supermercados, y que por otro lado, la gente pasara a organizar sus propias redes comerciales de distribución. Nos parece poco probable.

Dovydas/ De hecho no debe haber sido fácil. Como respuesta, la empresa privada a travez del gobierno intentó usar a las autoridades policiales y al ejército para ponerle freno a esta autogestión de las comunidades. Alegaron que no cumplía las regulaciones sanitarias del mercado y las tachaba de contrabando y otros pejorativos.

Pero las autoridades militares y policiales no querían hacer una vez más, el papel de matones del gran capital salvadoreño.

Asi, las autoridades gubernamentales llamaron a  negociaciones a varios sectores empresariales y populares. Había llegado el momento de  promover una causa nacional en pos del bienestar público.

A partir de allí, la descentralización en la gestión de la vida social como un todo, fue irreversible.

Todo lo que nos cuenta nos parece una ficción y si pienso que usted me esta realmente hablando del futuro, me hace sentir dentro de una fantasía que dificilmente se podría realizar.

Dovydas/ Esa resistencia siempre ha estado presente en mesoamérica. Usted podría rastrear esa actitud contestatária de la población salvadoreña y centroamericana desde la época de la colonia.

No les fue difícil encontrar esa  resistencia cotidiana basada en una economía informal mucho más accesible y más de acuerdo a su manera de entender la vida. Poco a poco, la población cultivó una fría indiferencia por los centros de distribución de productos de la industria y por otro lado, comenzó a reactivar la participación colectiva sobre los bienes y productos hechos a mano o de produccion comunitaria .

El monopolio alimentício, material y cultural de la vida, había acabado sin necesidad de un solo disparo.

A pesar del esceptisísmo que sus relatos despiertan, es atractiva la manera en que usted muestra como los pequeños cambios de actitud producen mejores resultados que la violencia contra los centros del poder. Parecería que la historia pertenece a los pequeños cambios de actitud y no a «mega eventos revolucionarios que sacudieron la historia»

Dovydas/ Imagine usted, frente a las dificultades para subsistir en medio a la crisis mundial por la escasez de recursos, las familias reaccionaron de inmediato dando solución a cada limitante, ya sea reuniendo bajo un mismo techo el mayor número de integrantes del grupo familiar y de amistades más cercanas, o formando redes de distribución e intercambio de bienes y alimentos comunales. Valorando, de esa manera, las formas antiguas de intercambio en las comunidades antes de la conquista.

Ante el duro desafío de sobrevivir, por la crisis de recursos a nivel mundial, a nadie se le ocurrío tomar un arma para salir defendiendo su propia subsistencia y la de los suyos.

Esa es la visión que intenta imponer la industria  del entretenimiento en el mundo globalizado, y lo hace, creo yo, en un intento de intimidar las personas y justificar el militarismo, por ejemplo. La cultura ancestral Maya-Pipil reaccionó muy diferente a lo que propone la ideologia apocaliptica del «cada quien por sí» de la industria cinematográfica globalizada.

A inicio usted mencionó que este movimiento se extendió rapidamente por todas las poblaciones de países vecinos. La Union de la cultura mesoamericana nos parece más remota aún que la unión Centroamericana. Hablar de una Región Mesoamericana Unida no se puede pensar sin una sonrisa maliciosa.

Dovydas/  De hecho, con la participación de cada vez más poblaciones Mesoamericanas, se organizó la producción de materia prima agrícola y uso de arquitectura comunitaria. Permitieron la implementación de modelos ancestrales de construcción, como el uso de bahareque en la arquitectura, aliado a la nueva tecnología limpia que llegaba de países europeos comprometidos con un nuevo orden mundial.

El uso de bahareque en las impresoras 3D en la construcción de casas y edificios comunales fué resultado de la alianza entre dos tecnologías separadas por cientos de años.

Ustede menciona que esta propuesta Mesoamericana  se convirtió rápidamente en un proyecto que entusiasmó millares de personas alrededor del mundo. Como eso se torna posible?

Aún siendo de origen popular, la naciente propuesta mesoamericana se tornó de un atractivo irresistible no solamente para las clases medias y abastadas de centroamérica, sinó tanbién, para diversos sectores de la comunidad europea y del mundo. Una vez más, los jóvenes, los artistas, tecnicos y voluntariados del viejo continente acudieron a integrarse al gran proyecto mesoamericano.

Así comenzó a tomar fuerza la Región 12, o Mesoamericana. Pero eso solamente era el inicio del 2030, luego después esta mesoamérica vendría a servir de inspiración y modelo para varios países del globo que acabaron por abandonar sus proyectos de nación o de repúblicas, para buscar la integración por identidad cultural entre aglomerados urbanos vecinos.

Un nuevo orden del imaginario mundial se había iniciado.

DOVYDAS POVILAITIS

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