ANUNCIOS CLASIFICADOS

En un día como este nadie debería olvidar que antes de ser una persona atribulada, fue un espermatozoide abriéndose paso a puñetazo limpio entre miles de semejantes; y todos, con la misma ambición de llegar primero a esa pelotota del premio mayor que te da la vida. Así que, no lo olviden, después de semejante aventura es sensato decir que la vida es para disfrutarla.

Si, así es, habrá que hacer fila para llegar donde se quiere llegar. Luego te das cuenta que la fila es larga, que hay gente que está desde mucho antes en la fila. Y los que están de primero, a sabiendas de que han llegado a destino, se sientan a charlar, a reír y a disfrutar el momento. Aun así, ten paciencia, tu momento llegará.

No más artesanía, queremos arte. Artesanía, entendida aquí como lo que es actualmente: la elaboración en masa de objetos que caracterizan culturas minoritarias y que no poseen otro propósito que servir de recuerdo barato para turistas descuidados. Esta artesanía se caracteriza por repetir el uso de colores y formas sin que en su elaboración exista cabida para la calidad de la elaboración, la diferencia, el ingenio, y más grave aún, la ausencia de expresión de la individualidad del artesano.

Existen mundos paralelos en donde sus habitantes no creen que es necesario estudiar y aprender el “cómo hacer algo correctamente”. En esos mundos autodidactas, incluso leer las “instrucciones de uso” es considerado un menosprecio a la inteligencia. Estos seres, se creen suficientemente «vivos» o «animalitas» para aprender las cosas a la brava, y siempre afirman, con total confianza: “que los tanates se amarran por el camino”. Aprenda a distinguirlos, asista los videos “Cuando las cosas salen mal” de youtube.

Conmoverse, ese sentimiento es raro. La lástima, es más fácil. La lástima se arregla con algunas monedas como limosna. ¿Cuándo te conmueves, que se puede hacer para encontrar sosiego?

Reflexionando sobre un pensamiento de John Lennon a la luz de la pandemia: Cada vez estoy más convencido que Dios está hecho a imagen y semejanza de nuestra impotencia, de nuestro miedo, o de nuestros momentos de profunda soledad.

El mensaje es siempre el mismo: no existe diálogo. Y peor aún, la ausencia de los más expresivos en estas circunstancias es notoria: las organizaciones ciudadanas. Si al menos estos últimos fueran aprovechados, existiría la posibilidad real de distribución de alimentos y otros artículos de necesidad para hacer viable un plan sanitario.

Si se habla tanto de dictadura, no es porque solamente ahora existe un estado tan personalizado-centralizado, ya que hace décadas los hemos tenido. El único remedio para aliviar ese mal es fortalecer los sectores de organización ciudadana.

  CURIOSIDADES DE LA ESTADÍSTICA: En unos países hay miles de muertos y en otros no llegan a las centenas. Digamos que hipotéticamente los muertos signifiquen el 1% según la población de cada país.

Si El Salvador tiene 6 millones de personas le tocan 60 mil muertos. Si fuera Brasil o USA que tiene alrededor de 300 millones, el 1% serían 3 millones de muertos.

En Brasil van hasta ahorita 20 mil y 541 personas fallecidas por coronavirus y USA  95 mil y 906 personas fallecidas por coronavirus. En El Salvador van 33 personas

Si bajamos el porcentaje a 0.05 %, en 300 millones de personas es 1 millón 500 mil personas, a USA le faltan unos 1 millón y 400 mil personas para llegar a ese 0.05% de muertes según su población de 300 millones.

PENSAMIENTOS Y DELIRIOS DIGNOS DE UNA PANDEMIA #2

Hogar es dulce hogar, pero todo cuidado es poco…así que mucha cautela es aconsejable en esta cuarentena 24/7. La posibilidad de pequeños accidentes como: heridas, moretones, quemaduras, torceduras, etc. deben ser consideradas con seriedad; es urgente pues, que además de las centenas de rollo de papel higiénico que posiblemente Ud. ya almacenó, tenga un botiquín de primeros auxilios. Eso, si Ud. no se quiere ver en la risible posición de querer ser atendido con urgencia por un corte en el dedo, en medio de una pandemia.

Día 4 de la cuarentena… Encontré un cuaderno de sexto grado y me puse a hacer una tarea que quedó pendiente todos estos años.

¡Democracia es democracia!   Simplemente organicémonos:

  1. Los de izquierda reciben la vacuna cubana o china.
  2. Los de derecha, esperan educadamente a que los estados unidos descubran la vacuna mientras se ofrecen de voluntarios para experimentos en humanos.
  3. Los de “centro” siempre indecisos, deciden al par o non entre 1 y 2.

                       ¡Y todos contentos!

Día tres de la cuarentena…  Hoy que desperté, vi que mi casa está llena de gente extraña… Dicen que son mi familia y aunque son simpáticos, no les creo.

Asistiendo a un documental acerca de la pandemia en China, me di cuenta que:

  1. Los ciudadanos chinos llevan ya casi tres meses de encierro en sus casas y continúan hasta el día de hoy.
  2. Ya les avisaron que las medidas de excepción se mantendrán mínimo hasta mitad de año (Julio o agosto 2020), pero lo más probable, hasta fin de año.
  3. Que una vez que se descubra la vacuna, llevara un periodo de un año hasta que esta pueda ser distribuida a todos los rincones del planeta. Pobres chinos… (¿¡!!!?)

Gran excursión…

8:30 am. Salida desde el baño.

8:45 am. Llegada a la cocina, donde se servirá desayuno-bufete.

9:15 am. Se realizará taller de limpieza y mantenimiento del área de cocina.

10:00 am. Caminata por los corredores hasta llegar a la sala donde podrá disfrutar de la vista del ventanal y otras actividades lúdicas.

12:00 am Regreso a la cocina para el almuerzo.

12:45 pm. Siesta en la sala.

Día 5 de la cuarentena… He dejado como nuevos todos los focos de la casa incluyendo el de la refri.

¿Por qué no liberan parte de los fondos de las AFP para que la gente salga adelante? Porque ese dinero no existe, está invertido en otro tipo de bienes. Aunque se concediera el retiro de 200 dólares por persona, la gente se abalanzaría en gigantescas colas y el papel moneda no es abundante. Resultado: indignación por la carestía de papel-dinero para la gente que califica para retiro.

Día 6 de la cuarentena… Estoy haciendo un tutorial para subir a YouTube, describiendo el paso a paso para comer cereal con leche estando tirado en el sofá sin mojarte de leche el pijama.

¿Te das cuenta como los valores pueden cambiar de la noche para el día? Todo se redujo a un espacio en que teniendo carros no los puedes usar, teniendo dinero no lo puedes salir a gastar, teniendo ropa cara vistes ropa cómoda y sin combinar, teniendo joyas ni te volteas para verlas, y la lista podría seguir. Pero ahora, estas con lo básico, cuidando de ti y de los tuyos.

(Todos los comentarios fueron extraídos de las redes sociales)

PENSAMIENTOS Y DELIRIOS DIGNOS DE UNA PANDEMIA

  • ¿Y la juventud chilena que tomó las calles de Santiago capital? ¿Llegó la policía y gentilmente les dijo que había cuarentena y que se fueran a su casa?… ¿Y ellos, suspirando decepcionados dieron media vuelta y ahora están viendo películas en netflix? Este virus esta sospechoso.
  • ¿Por qué no considerar la importancia filosófica del papel higiénico? El papel higiénico cobra una gran importancia en tiempos que asolan con la idea de la muerte y el fin de la humanidad. Su efecto suave y aromático es reconfortante y su triple hoja lo hace más económico. Los doctores lo recomiendan como terapia, pues al paso de la cuarentena podemos con la ayuda de un plumón o un lápiz, dejar plasmadas nuestras últimas consideraciones sobre este planetita picaron.
  • Pregunta: Todos los días mueren personas por desnutrición o falta de infraestructura sanitaria, ¿Por qué los gobiernos y la industria no se movilizan para darle fin a ese problema, como así lo hacen contra la pandemia del coronavirus?

          Respuesta: Porque el hambre, así como la pobreza en general, mata a los pobres del planeta, y ellos no le interesan a la industria ni a los gobiernos.

          Conclusión: El coronavirus está democratizando las posibilidades de muerte, mata tanto a políticos, como artistas, a gente adinerada, etc. Por ese motivo se combate a toda prisa.

  • No se trabaja/no se paga deudas bancarias. Si cerraran la industria, me imagino que entonces sí, diría que hemos tomado medidas de acuerdo a la gravedad.

Pero, está todo ese lío de que la empresa privada que tendría que seguir pagando los salarios como de costumbre. Allí uno se pregunta si sería posible. ¡Claro que es posible! Se sientan los interesados a negociar, los bancos, la industria, el gobierno, para ver cómo se logra. ¿Pero quién llama y obliga a estos a negociar y a dar soluciones concretas? Fácil, es el presidente, para eso se le paga, para que gestione el bien público.

  • Morir con orgullo de haber vivido a pleno. Escuché de una persona contar que cuando llego al supermercado solamente había pan integral, pero ni uno era de pan blanco. “La gente va estar dispuesta a morir, pero no a dieta”
  • Agradecer a sus autoridades sanitarias porque no los dejan salir de casa. Debe ser una maravilla para los ciudadanos italianos, agradecer a sus autoridades sanitarias porque no los dejan salir de casa. Pero eso sucede cuando todo tiene lógica y sentido. Es decir: Esos ciudadanos agradecidos cuentan con buenas redes hospitalarias, buen control sanitario y principalmente la noción, para las instituciones sanitarias y para ellos, de lo que podría significar una pandemia, aun gozando de tantos recursos.
  • La imaginación vs la realidad. Me pasó en el supermercado. Un tipo estornudo con estrépito (a saber, por cuanto tiempo aguanto, o era un alérgico) y estábamos en la fila de la carne. Era evidente que el tipo de cierta manera se burlaba de nuestro miedo con una actitud despreocupada (pues no vestía máscara ni siquiera usó un pañuelo). Me enojé, para que lo voy a negar. Imaginé que le reclamaba, que él se enojaba y que yo hacía más escándalo y acababan llamando a la policía. Imaginé que las autoridades cerraban el supermercado con todos nosotros adentro y así comenzaba una encerrona de cuarenta días y cuarenta noches dentro de un supermercado. Desperté.
  • En la primera oleada de “sálvese quien pueda”, me quedé sin alcohol gel y con una impresión bien desagradable de la actitud acaparadora que tiene mucha gente frente a una crisis colectiva. Una semana más tarde, en una tienda de conveniencia, veo en vitrina unos frascos del mentado alcohol. Tomé una botella y ya en caja, el despachante me dijo con voz queda, casi en secreto, “se puede llevar hasta dos botellas” Le dije que con una sería suficiente que había que dejarle a los demás. Él me miró sorprendido y dijo “primer cliente que lleva tan solo una botella y muchos de ellos nos han ofrecido más dinero para poder llevarse más”
  • SOLIDARIDAD. Me daría asco tener la misma visión de los acaparadores que quieren sentarse plácidamente solitarios sobre una montaña de rollos de papel, frascos de alcohol en gel y paquetes de comida con fechas de vencimiento, suspirando de satisfacción por ser de los privilegiados sobrevivientes de una tierra devastada. Es más, de cierta manera ya lo hacen, y no se han dado cuenta tal es la miopía.

«LA VULNERABILIDAD» (PRESENTACIÓN EN CÁPSULAS DE 500 mg)

  • Desde que J.G. Herder (1744-1803) reconoció los seres humanos como criaturas impotentes comprometidas con la incierta tarea de desenvolver el propio ser contando apenas con sus fuerzas culturales, la filosofía ha considerado la vulnerabilidad una dimensión antropológica esencial de la existencia humana.
  • La vulnerabilidad ontológica, es la que se relaciona con el ser en cuanto ser, un ser inacabado, limitado, frágil y determinado por su finitud.
  • La vulnerabilidad es un atributo antropológico de los seres humanos por el simple hecho de estar vivos.
  • Ser vulnerable significa estar susceptible a recibir daños.
  • La vulnerabilidad intrínseca a las vidas humanas también fue reconocida por filósofos políticos que propusieran ordenes sociales destinadas a proteger de la violencia, a la vida, la integridad corporal y la propiedad; o proteger los individuos de la violación a sus derechos básicos.
  • Además de esa vulnerabilidad, algunas personas son afectadas por circunstancias desfavorables (pobreza, educación, dificultades geográficas, enfermedades crónicas u otros infortunios) que las tornan más expuestas: sufren de discapacidad, o de libertad; tienen reducida la gama de oportunidades para escoger los bienes esenciales para sus vidas.
  • Todo ser humano es vulnerable en todas sus dimensiones, sea físicamente, porque está sujeto a enfermarse, a sufrir dolor e incapacidad; psicológicamente, porque su mente es frágil ante las presiones existenciales o la pérdida de un ser querido; socialmente, pues como agente social es susceptible a tensiones e injusticias sociales; o espiritualmente, porque su interior puede ser objeto de manipulación sectaria.
  • En 2005 la Declaración Universal de Bioética y Derechos del Hombre reconoce la vulnerabilidad como un principio ético. Esta declaración admite que la vulnerabilidad puede acontecer de enfermedades, incapacidades u otros condicionantes, de carácter tales como individuales, sociales, ambientales, y requieren atención especial para aquellos que no tienen suficientes condiciones para lidiar con ellos. La meta de la declaración es garantizar el respeto a la dignidad humana, aún en situaciones donde los principios anteriores no consiguen intervenir.
  • Muchas veces los desprivilegiados tienen dificultades o imposibilidades para decidir. Así siendo, es importante el reconocimiento de esa vulnerabilidad para garantizar el derecho a la autonomía y respeto a la dignidad de los individuos.
  • …»Frente a la vulnerabilidad ajena no puedo permanecer pasivo o inmutable, sino que debo responder solidariamente, debo poner todo lo que pueda de mi parte para mitigar esa vulnerabilidad y ayudar al otro a desarrollar su autonomía personal, física, moral e intelectual»…
  • Cuidar a los demás es eminentemente emancipatorio. El proceso de cuidar debe resultar en crecimiento y ocurre independientemente de la cura en sí misma.
  • Es perverso ocultar las causas sociales de la vulnerabilidad, porque permite imponer responsabilidad a las víctimas por sus propias heridas.

DIOSAS DE LA MODERNIDAD

La mujer, representación de la belleza, musa portadora de la inspiración, fértil madre tierra, regazo y consuelo de las más hondas penas; pero principalmente, aquella a quien recurrimos para obtener placer, desde el más sublime hasta el más mundano, ella es la viva representación del deleite de los sentidos. Desde la pureza espiritual de la virgen madre de dios (Afrodita Urania) hasta la prostituta María Magdalena (Afrodita común, “la de todos”). Todas son María.

Afrodita y su culto, la prostitución religiosa (entregar el cuerpo a extraños como rescate de una existencia pueril, sin sentido del placer y la belleza), práctica inherente a los rituales dedicados a las antecesoras de Afrodita en Oriente Medio, la sumeria Inanna y la acadia Ishtar. Pues Afrodita tiene numerosos equivalentes: Astarté en la fenicia, Turan en la etrusca.  Su equivalente romano es Venus y aunque a menudo se alude a ella en la cultura moderna como «la diosa del amor», es importante señalar que antiguamente no se refería al amor en el sentido romántico, sino erótico.

Cuentan las leyendas que Afrodita no tuvo infancia: en todas las imágenes y referencias nació adulta, núbil e infinitamente deseable. En muchos de los mitos menores tardíos en los que participa se la presenta vanidosa, malhumorada y susceptible. Aunque casada (según la versión en el panteón griego), le es infiel a su marido Hefesto.

Hefesto es el dios del fuego y la forja, así como patrono de los herreros, los artesanos, los escultores, señor de los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. Su equivalente aproximado en la mitología romana era Vulcano, en la japonesa Kagutsuchi, en la egipcia Ptah y en la hindú Agni.

Hefesto era bastante feo (la belleza no es una cualidad necesaria al hombre, solamente su quehacer, diremos muchos hombres en defensa de nosotros mismos), aunque su esposa era Afrodita, él estaba lisiado y cojo. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera (hermana y esposa de Zeus y madre de Hefesto), lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo y le provocó una cojera de por vida. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un bastón y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen a veces del revés. En el arte, se le representa cojo, sudoroso, con la barba desaliñada y el pecho descubierto, inclinado sobre su yunque, a menudo trabajando en su fragua.

Con una mediana lectura de la mitología griega o mundial y de nuestra perspicacia para observar la realidad moderna, podemos, con mucha fantasía y poco margen de error, observar que el mundo del hombre (laborioso, proveedor, pero emocionalmente maltrapillo, carente y minusválido) codicia la belleza y los atributos que le corresponden al papel otorgado a las diosas (fertilidad, pues hace florecer y mejorar todo a su alrededor; consuelo, placer físico y espiritual)

No es de extrañar que la necesidad del hombre por los atributos de la mujer, sean más allá que puros mitos. Pues la mujer no es un medio para poder llegar a algo, ella es, en sí misma, el destino, el encuentro del hombre con la belleza y demás atributos femeninos.

Ese hombre representado por Hefesto, pues, al menos por disciplina no debemos generalizar diciendo: «Todos los hombres», con una vida sin más atractivos que su dedicación al trabajo, necesita del universo femenino para acceder a la belleza y a la plenitud. Pero con ello, también accede a su deseo de poseer, de doblegar la voluntad de la mujer para que ella sea una inagotable fuente de satisfacción y que se convierta en una realidad dócil y permanente.

Si hay algo que el hombre moderno parece no soportar, es la independencia de la mujer. Esta independencia que el hombre rápidamente clasifica de “disponibilidad”, queriendo de esa manera decidir, como por principio, la ruta de la libertad femenina hacia su beneficio; quizás, sea el simple hecho de que la mujer está en el mundo y que su belleza esté al alcance de todos los hombres, pero la codicia tiene muchas caras, y en el mundo de los hombres, nada es más codiciado que la mujer.

En ese afán de poseer, el hombre intenta hacer lo que hizo Paris (príncipe hijo del rey Príamo)  cuando vio por primera vez a Helena de Troya: raptarla, tomarla por la fuerza y encerrarla lejos de la mirada de los demás hombres. De esa misma manera, se da el secuestro de las sacerdotisas del templo de Afrodita, que es lo que ha ocurrido con la mujer a través de los siglos: se le ha secuestrado de su dominio de la espiritualidad, de la ciencia (las brujas en la edad media). Muy parecido a lo que hace un coleccionador de arte en nuestra actualidad, dispuesto a pagar cualquier precio por una obra que mantendrá bajo su tutela, lejos de la mirada ajena.

La generosidad de las mujeres parece no tener límites. Afrodita es casada con Hefestos el feo pero laborioso aunque Afrodita parece preferir a Ares (dios olímpico de la guerra). Y así, aparece ese parecido con Hefestos del hombre moderno, al de un “mendigo con garrote”. Alguien extremadamente carente y frágil emocionalmente, pero que cree que su labor y su fuerza le otorgan el derecho de usurpar el templo de Afrodita, secuestrarla, y mantenerla bajo prisión.

Millares de Afroditas de la modernidad cargan en sus espaldas a esos minusválidos incapaces de obtener por la seducción sus favores, confundiendo la generosidad de la mujer con sus masculinos anhelos de propiedad.

EL CATORCE DE FEBRERO, LOS AMIGOS Y EL AMOR

No hace tanto tiempo atrás pero finalmente paró de escuchar de sus amigos la única respuesta posible para sus quejas de Romeo hipocondríaco. Porque, fue bajo ese nombre que los síntomas de lo que padecía le fueron diagnosticados por ellos, sus queridos amigos, los cuales también fueron unánimes en recetar un tratamiento infalible – ¡Maje, salí con otra mujer y te va pasar así de rápido! Así la vas a olvidar, ¡no seas pendejo! –

Si intentase recordar quien había sido él algunos meses atrás, vería a sí mismo bajando por las calles de la colonia corriendo al máximo que su respiración le permitía para conseguir escapar a sus recuerdos. Sintiendo que el viento le arrancaba lágrimas heladas que no se daba el derecho de secar porque todo en aquella carrera era precipitación. Las lágrimas le parecían entonces muy nobles, una bendición, bien justas para el momento. A ese respecto sus amigos le recordaron que, de hecho, en un drama de amor un buen actor jamás dejaría un par de lagrimitas de lado. Más aún, en una escena de esas, tan tierna y conmovedora.   

Cerca de dos años atrás, cuando todo entre los dos corría a las mil maravillas, ni siquiera le pasó por la cabeza que ella posiblemente ya estuviera pensando en darle fin a la relación; aunque al pensarlo detenidamente, llegó a la conclusión que aquel fue el momento más adecuado para cortarlo por la raíz, pues apenas y faltaban un par de semanas para la celebración del día del amor, el catorce de febrero. ¡Qué bien pensado! ¡Qué calculo más bien planeado! ¡Que hija de puta!

Quiso convencerse a sí mismo, que ella actuó de la única manera en que uno puede apartarse de alguien a quien realmente ama pero que, por alguna razón, talvez esa persona no le conviene completamente; es decir, habrá que cortar la relación de un solo golpe, sin contemplaciones. Pero cuando defendió esa idea con los amigos, estos fueron tajantes: ¡Consuelo de pendejos, le valiste riata y ya!

En los primeros días del noviazgo, después que pasaron juntos su primera noche, ocasión en que él le dio más importancia a su desempeño como amante que a entregarse plenamente a lo apasionado del encuentro, se vio obligado a dormir en el lugar de la cama que él más evitaba, el lado izquierdo, y para acabar de empeorar le tocó una almohada más indomable que un gato viejo y mal humorado, lo que resultó en una noche de completo insomnio.

A pesar de todo, consideró ese desvelo como una bendición, pues pasó la noche no solamente a escucharla roncar con todo y orquesta, si no también, le permitió contemplar a sus anchas la fascinante alineación de tres cósmicos lunares al borde de su cintura, anticipando la maravillosa redondez de sus piernas junto con las nalgas, y todo ese conjunto, de un color moreno parejo sencillamente fascinante.

Podría pasar horas recordando otras escenas que oportunamente citaría al banquillo de interrogatorio para atestiguar sobre el posible origen de todo el descalabro sentimental que sucedió meses después. Sus amigos, que se decían amantes de la verdad, se esmeraban en frases ingeniosas y gestos elocuentes con tal de dejar claro, y a quien pudiera interesar, que esa mujer no había querido nada serio con semejante buena persona, que era él, y no bastando con esa ingratitud, seguramente usó la astucia para que él bebiese, sin darse cuenta, agua de calzón de máxima pureza. Y cayeron juntos en una carcajada tan burlona, como estridente.

Después de aquella primera noche tan tierna y singular, temprano por la mañana, los dos caminaron por el estacionamiento dando inicio a un ritual en que la solución perfecta, pues así le pareció, hubiera sido que él se situara un par de pasos al frente para abrirle la puerta del lado del pasajero y que ella se acomodara risueña por tanta galantería. Pero no fue así. En realidad, ellos estuvieron un largo tiempo intercambiando besos sin decidir cuál era el momento definitivo para despedirse y que cada cual tomara el camino de regreso a sus rutinas.

Finalmente, ya acomodado al volante, él se detuvo sorprendido una vez más al ver el modelo más nuevo y lujoso del carro desde donde ella le gesticulaba cerrando la mano derecha en puño, pero con los dedos meñique y pulgar destacándose bien estirados en los extremos y luego alzando el brazo, con todo y ese elocuente gesto, hasta detenerlo bien a la altura del rostro al lado de su oreja derecha. Movimiento coreográfico de graciosa sincronía al que inmediatamente ella agregó, moviendo sus labios y exagerando la mueca a cada vocal de la frase, ¡Lla ma me! Y desplegó una sonrisa que, en ese instante, a él le pareció ambiguamente maliciosa, casi cruel.

Pasó a ser siempre en ese mismo estilo. A la hora de la despedida había la intención de quebrar la ansiedad que estaba a punto de reinar. Pues también existían esos espacios largos de tiempo entre un encuentro y otro en que ella se decía ahogada entre compromisos de trabajo y de familia, ausencias que valorizan aún más las despedidas.

Pero curiosamente, de todo aquello que se podría haber gestado en contra de los dos por la irregularidad de sus encuentros, poco de eso salía a flote cuando estaban frente a frente. Bastaba que los dos se avistaran en el lugar acordado para la cita y él reconocía en sí mismo la deliciosa inquietud de siempre, y en ella, el inútil intento de esconder su sonrisa talvez con recelo de que la vieran andando y riéndose sola por el andén. Pero ya estando lado a lado, los dos sonreían a gusto en un arrullo de niños que solicitan el abrigo de un abrazo para rehacerse de las exigencias del mundo.

Como olvidarla a ceñir las cejas a cada pieza de ropa que caía al suelo a medida que la desvestía; él como siempre, talvez como todo hombre, con un poco de sí mismo allá bien sentadote en la tribuna VIP numerada de su voyerismo incorregible. Observando sus propias manos actuar con la misma meticulosidad de un escultor que sabe que tiene que depositar con delicadeza cuidadosas ausencias sobre la materia para que la belleza se revele. Para él, esa tarea se proponía de manera que, lo erótico que se ocultaba tras la belleza física de la mujer, se revelaría durante ese juego entre la resistencia de ella a ceder partes de su resguardo y, por otro lado, la progresiva habilidad en el quehacer de sus manos.

Fue por ese motivo que la condujo hasta el medio de la sala y acompañó el abrazo de los dos al compás de la música en una invitación a bailar que le pareció oportuna, porque los alejaba del sofá de la sala y tomaba un camino transversal para retrasar aquello que se veía venir inevitable.

Pero la música era «I Never Thought I’d See the Day» de Sade, y no pudo evitar aflojar un poco el abrazo para permitir que su mano deslizara suavemente entre las piernas que ella apenas y balanceaba guardando el ritmo de la música y donde él únicamente encontró la tardía y débil resistencia del veraniego vestido de Lino donde su mano continuó la caricia hasta detenerse en su interior en un suave apretón.

Luego, ya era esa expresión de mujer que no quiere tener más fuerzas para tales resistencias, de un rostro que se moldea a sí mismo en el placer y que inesperadamente solamente tiene un único y sonoro capricho: pronunciar el nombre de él, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

¿Porque ella siempre pronunciaba su nombre en esos momentos en que estaba a transponer una nueva y más fuerte entrega? Ella podía muy bien haber dicho otra palabra, si de hecho se tratara de exteriorizar un despojamiento, una fragilidad. ¿Por qué su nombre? Cualquier otra palabra hubiera sido más oportuna si ella hubiera tenido conciencia del peligro que puede significar pronunciar una palabra que nos impida la dilución en esos momentos de entrega en el amor.

No conseguía aceptar con naturalidad que su nombre fuera pronunciado como que para arrancarlo del anonimato en que se encontraba, o mejor, en el que se abrigaba lejos del mundo a medida que se perdía en el placer. Pero ella lo denunciaba. ¿Era eso lo que ella pretendió? Confirmar no un sujeto, un nombre propio, de persona, de género masculino, del singular, pero si, él mismo con todas sus letras, invocado como a una entidad sobrenatural o como a un impostor ¿quién sabe? Su nombre, que nunca había escuchado de otra mujer en esas circunstancias. Ese nombre con el cual no se sentía ni un mínimo identificado.

Después de una tomada de decisión a la cual él nunca llegó a tener acceso, su nombre dejó de ser pronunciado, como si repentinamente ninguna entidad mística pudiera ser conjurada a través de él. Con ese silencio se sintió durante meses, completamente destituido de sus poderes.

Poderes que solamente ahora, después de meses de letárgica espera, parecían haber despertado corriendo atrás de las más fútiles algarabías del mundo: de los memes acerca de mujeres sin corazón que sus amigos no cesan de enviarle a su muro, de sus impagables ocurrencias, del calenturiento ambiente de los bares durante los fines de semana, y principalmente, para el sin fin de mujeres que cuando las observa con atención le produce cierta comezón en la nuca solamente de imaginarlas llamándolo por algún nombre propio, de persona, masculino, singular; pero eso sí, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

EL DESFILE PATRIO, DESDE MI SOMBRITA.

Sobre la Alameda Roosevelt desfilaba en Impecable formación, a paso de marcha, la brigada de los cuerpos especiales de las fuerzas armadas. Llamaban la atención sus cámaras GoPro instaladas en sus cascos y sus lentes de visión nocturna, más aún, su maquillaje de camuflaje aplicado con esmero como conviene al protocolo para los días de combate.

Mientras tanto, era de notar que al frente de cada bloque de soldados militares de las diferentes asociaciones castrenses, aparte de la banda de guerra y de los abanderados, se destacaba un solitario representante del grupo que marchaba al frente. Luego se notaba que fuera escogido por su físico aventajado sobre los demás. Como diría mi tío Rudi, era un armario de unos buenos 1.85, aquellos que aquí en El Salvador identificamos como “un chelón bien maiciado”.

Convengamos que éste solitario ejemplar era un armario sudado al que se le notaba un tanto incomodo por no estar en medio de sus demás compañeros. A lo lejos se notaba que tipos como este son usualmente de carácter bonachón y de buen diente a la hora de las meriendas. Les gusta sentarse en las fileras de pupitres de allá atrás, donde se pueden reír en completo anonimato de las ocurrencias de sus compañeros mientras vacían una bolsita, atrás de otra, de churritos sin taparle la vista del pizarrón a nadie.

El público hacía hincapié de premiar la buena actitud de aquellos batallones que, por una u otra razón, mostraban que el espíritu de combate no era exclusivo del escenario de las contiendas o de los entrenamientos militares, y sí, en donde quiera que se haga necesario. En esos instantes en donde una acción se destacaba en medio a la tediosa disciplina del desfile militar, el público inmediatamente celebraba con entusiasmo y premiaba con aplausos, silbidos y gritos de ánimo a los guerreros patrios.

Así sucedió, cuando un canto de voces se alzó repentinamente en respuesta al silbato del jefe de grupo de una de las brigadas. Para sorpresa general, ese cántico bélico cargado de testosterona, causó admiración. Y allí estuvo el público atento y bien dispuesto para hacer sentir su presencia con sus aplausos, gritos y chiflidos.

Ya no digamos del sudado y concienzudo esfuerzo de un soldado de las brigadas de salvamento, que encima de un tráiler que recreaba el escenario de la retaguardia durante la cruda batalla, este soldado imbuido de pasión escenográfica, aplicaba sin tregua el RPC y la respiración boca a boca a un desfallecido maniquí que se estremecía al vigor de los masajes. Fue premiado con colosal aplauso por el público.

Para sorpresa general de los patrióticos asistentes, la presencia de la fuerza naval nos recordó que El Salvador también tiene mar y que es deber de las fuerzas militares salvaguardar tanto los límites territoriales, aéreos como oceánicos. Así, el público se desato en aplausos cuando vio aparecer el par de lanchas de vigilancia con 3 sendos motores Kawasaki de no pocas cilindradas, y luego atrás, como parte del desfile, los acompañaba un “narco submarino” capturado en aguas territoriales. En la cubierta del artilugio pirata, construido con insólito ingenio en fibra de vidrio, tres representantes de las autoridades militares fuertemente armados custodiaban los sospechosos paquetes que representaban un decomiso millonario en drogas. Los aplausos y los chiflidos una vez más se hicieron escuchar.

Para compensar la astronómica asoleada a que se sometía el público con intachable buen humor, no se hicieron de rogados los vendedores de sorbete, a decir verdad, era un sorbete a prueba de calor pues los vendedores lo mostraban al público sin ninguna consideración térmica. No faltaron los clásicos vendedores de agua helada y una variada oferta de alimentos en donde se destacaba ampliamente, el platito desechable de porción de papa frita con queso y salsa de tomate.

Fue patente el atraso entre los grupos que participaban del desfile patrio. Hubo una pausa de quince o veinte minutos en que nadie desfiló, a no ser el propio público que se entretenía incansablemente en seguir buscando un mejor lugar para poder apreciarlo. Así, mientras unos atravesaban la calle de la Alameda Roosevelt de norte a sur, la otra mitad lo hacía, con igual ímpetu, de sur a norte. Otros preferían dirigirse hacia el parque Cuscatlán y la otra mitad hacia El Salvador del Mundo.

En ese ínterin nos encontrábamos todos los presentes, cuando se escuchó a lo lejos el redoblar de los tambores y el alarido de las trompetas. Para alegría general, el desfile continuaba.

Pero, para compensar semejante atraso en la continuidad del desfile, los desesperados líderes de grupo ordenaron marcha forzada, y haciendo esfuerzo por mantener el bloco en compacta formación, salieron en debandada.

Semejante muestra de vigor en aquella acalorada mañana de domingo, despertó los ánimos del público que desató a gritos de aliento y aplausos, mientras los más jóvenes junto con los más inquietos no satisfechos con ese bien portado apoyo moral, creyeron indispensable acompañar el ritmo de la marcha forzada con sus acompasados chiflidos.

Dignos de mención son: Un simpático gordito que saludaba con sonrisa amplia desde el lugar más alto del tráiler del Comando de las Comunicaciones. El batallón compuesto en su totalidad por aguerridas mujeres en atuendo completo de combate. El pelotón de enfermeras militares. Las impecables formaciones de los jets de combate comprados a Chile un par de años atrás.

De parte del público cabe mencionar: La señora que aprovecho una pausa del desfile para correr con botella de agua en mano hacia uno de los soldados con canes adiestrados en las artes del combate, para saciar la sed del compañero canino. Otras señoritas que aprovecharon la pausa para tomarse una selfi con el portentoso líder de grupo. Una familia cuya madre y tres hijas adolescentes que nada le debían a las Kardashians. Una niña plácidamente sentada en hombros de su padre que exclamó emocionada al escuchar a lo lejos la banda de guerra: ¡Allá vienen los mariachis!

El desfile que había comenzado a las Nueve de la Mañana, terminó cerca de las dos de la tarde después que desfilaron, además de las fuerzas armadas salvadoreñas, decenas de asociaciones e instituciones de toda suerte y motivo. Como dice mi tío Rudi: Después que desfiló chinche y telepate. No hay duda, el 15 de septiembre continúa siendo de mis eventos populares favoritos.

 FOTOGRAFÏA de portada: Raquel Abrego

LA ESPÍA Y EL SOLDADO

Entró al metálico y débil golpe de la puerta automática que se abrió de par en par. Pero una vez adentro, el comportado ir y venir de los viajeros arrastrando sendas maletas y la futilidad de la música ambiente, le hicieron tragarse en seco toda su prisa y su inquietud. Necesitaba calmarse de inmediato.

Se obligó a minorar el paso mientras su mirada vagaba de un lado a otro como una cámara de vídeo que, indecisa en escoger y enfocar algún objeto, acababa por mostrarle solamente una vorágine de imágenes sin asidero. Realmente estaba hecho una mierda.

Sin encontrar una ruta confiable, pero con temor a tomar asiento para suspirar y aliviarse, continúo su recorrido distinguiendo dentro de sí el agotamiento de quien ya antes recorriera ese mismo escenario en incontables ocasiones. Reconocía también, de una manera más dolorosa, esa intención de salir al encuentro de una persona muy querida a quien debería decir, decir y decir sin rodeos.

Quizás, solamente se tomaba el tiempo necesario para realizar que toda esa película, toda esa trama escénica, le sucedía a él de una manera inequívoca. Aunque, en último caso, lo podría afirmar sin lugar a dudas, si confiaba en la sensación ajenamente física del grueso y pastoso músculo de su lengua rozando por cada rugosidad de sus enormes molares. No había duda, era él mismo.

Y siendo, como realmente lo era, un personaje soñado, recordó otro alguien que era empujado por la ansiedad y entraba casi de sopetón al metálico golpe de la puerta de vidrio y aluminio en dirección a un mundo de luminosos corredores.

Despertó.

              Se sentía confundido.

                                    Aunque no podía negar cierta frivolidad.

Todo en él palpitaba tranquilo. Y aún con las imágenes de los luminosos corredores a ofuscarle su sentido de realidad, tuvo la ilusión de creer que había sido solamente un sueño. Se sentó al borde de la cama y al apretar del interruptor un halo de luz descansó sobre la hoja de papel blanca donde escribió con dificultad por el impacto de la claridad:

¡Ella es preciosa!

                                  ¡Tengo que zafarme!

                                                                            ¡Pero zafarme ya!

Se quedó quieto, espiando el amanecer por entre los brazos cruzados sobre la frente. Era un gesto muy suyo, le daba una tregua cuando se sentía exigido. Era la trinchera que le correspondía. No las veredas y quebradas del frente de guerra, de las cuales fue prematuramente apartado casi desde el inicio de su militancia, pero sí, para este frente de batalla en donde según los altos mandos él se hacía más necesario.

Era gracioso pensar que fuera considerado la persona más apropiada para la misión por cualidades que irónicamente él había adquirido en el ambiente conservador y relativamente acomodado de su familia. Un ambiente tan burgués que hubiera sido imposible prever, en aquella época de su primera juventud, que llegaría a servir a una revolución, y todavía más, con tamaña convicción y entrega. Más irónico aún, era el hecho de la guerra no transcurrir para él, en medio a la camarería de los compitas del frente de batalla y si, rodeado de tanta comodidad y dentro de una rutina de viajes internacionales que suelen alimentar los sueños de la mayoría de los jóvenes del mundo.

Por primera vez en la vida realmente no sabía si reír o llorar ante una situación tan peculiar, pero prefirió sonreír.

Desde ese día en que la misión le fue asignada y se hizo efectiva, la guerra de todo su pueblo pasó a girar en esa ruta donde, a pesar de los varios continentes y países que recorría, los escenarios eran siempre los espaciosos corredores de los aeropuertos, las asépticas recepciones de los grandes hoteles y los alfombrados restaurantes “Á la carte” de las grandes metrópolis.

Esos ambientes, con sus empleados serviciales, los desenfadados turistas y los opacos hombres de negocios (a los que él supuestamente pertenecía), eran como tres ramales sin el menor riesgo de interacción entre sí. En medio del ir y venir de tan pintorescos personajes se podía circular en rutinas de las más previsibles, rutinas siempre distantes del movimiento cotidiano de las ciudades y de las diarias preocupaciones de la gente común.

Desde el improbable contacto entre esos personajes, nacía su desconfianza al extraordinario encuentro con aquella mujer. Aunque para él, desde la introspección necesaria por el sigilo que le imponía la misión, la mujer aparecía como una isla en la lejanía que al mismo tiempo que es promesa de abrigo al naufrago agotado, le recuerda la férrea convicción que debe tener para seguir a flote.

El timbrazo del teléfono lo apartó de un sobresalto de estos pensamientos. Él mismo solicito en la recepción que lo despertaran temprano por la mañana y le extrañó que lo hubieran tomado por sorpresa. Se rasuró, y diligente repasó sus planes: enviar el informe de su cambio de hotel, un chapuzón en la piscina, un buen desayuno, revisar el equipaje y principalmente, dejar el hotel esa misma mañana.

La urgencia del traslado le devolvió la ansiedad que sintió la víspera. No le sirvió de mucho tratar de convencerse a sí mismo que nada más sería que un cambio de hotel en medio de esa disciplinada y persistente ausencia de algo familiar. Ese sentimiento de familiaridad en que ocasionalmente y muy a su pesar, él se detenía a añorar más de lo que sería estrictamente inevitable.

Pero sabía que era exactamente el ambiente impersonal de los hoteles, lo que más le ayudaba en la difícil tarea de dejar de lado, casi hasta el olvido, todo cuanto fuese su verdadera historia. Más que una falsa nacionalidad, más que una profesión imaginaria o de un nombre que no era su propio nombre, era necesario olvidar desde la manía más íntima hasta el gusto más enraizado. Los codificados cambios de información con sus contactos eran las únicas referencias de que él pertenecía a un lugar, que tenía un pasado y un propósito en esta guerra. Una guerra que, para él, ya se alargaba más de lo previsto.

En la última de tres vueltas, vio pasar debajo de sí el espectro vítreo de un cuerpo humano nadando debajo del agua a lo largo de las líneas marcadas en el fondo de la piscina. Detuvo su rutina de ejercicios y alcanzo en dos brazadas el borde al lado del trampolín. Era ella, venía a su encuentro salpicando agua con una risa y gracia infantil que en ciertas mujeres es como una caricia.

Consciente de que iría a cometer un error grave pero que en ese momento poco le importaba, olvidó los temores de la víspera y entusiasmado se dejó llevar por lo inesperado del encuentro. Fue solamente cuando ella dibujo un puchero de coquetería culpándolo por haber tenido que soportar casi la noche entera en desvelo por no pensar en otra cosa que no fuera en él, fue que tuvo la plena seguridad de estar cada vez más cerca de un irresistible deseo de abrazarla.

Huyó de ese impulso sumergiéndose al fondo de la piscina hasta que el doloroso golpe en los oídos le hizo sentir que estaba en la obligación de ser mucho más adulto como para no dejarse reventar los tímpanos tan fácilmente. Reapareció en la margen opuesta creyéndose dueño de sí lo suficiente como para aceptar el riesgo de invitarla a tomar juntos el desayuno.

Ya de regreso a su cuarto y repitiendo para sí mismo, burlonamente, la hora exacta en la que había quedado de acuerdo con ella para salir a conocer “cierto lugar” desde donde la vista de la ciudad era “realmente hermosa”. Se sorprendió por el cómico choramingo de su voz frente al espejo reclamando a sí mismo por qué le daba largas a aquella insensatez. A final, nunca había sido un hombre guapo, ni atractivo o siquiera interesante como para atraer la atención de una mujer como aquella. ¿Qué necesidad había de envolverse en una aventura de amor a primera vista con una loca cinco estrellas? No iba a ser en esta ocasión que caería en esa armadilla de amor a primera vista.  Solo esa le faltaba.

Alarmado con el incontrolable rumbo que tomaban sus pensamientos, llamó a recepción y comunicó su partida inmediata.

Estaba nuevamente listo para partir. Tomaría un taxi que lo llevaría al aeropuerto. ¡Pero no, calma! No sería necesario. Iría a otro hotel y todo comenzaría de cero, como sí nada le hubiese sucedido desde su llegada una semana atrás. Y ya en el elevador, intentando calmar sus dudas, sacó su billetera y confirió uno a uno sus datos personales.

En el nuevo hotel, acomodado en su nuevo hogar, se entregó al ejercicio de reconstruir con disciplina militar todo lo ocurrido durante lo que decidió llamar “la crisis”. En su memoria de los dos últimos días, solamente guardaba imágenes de una secuencia totalmente mecánica de tramites en que su tarjeta de crédito ocupara el papel principal.

Por momentos intentaba frenar su angustia consolándose con el mérito que tenía por el deber cumplido, pues la misión estaba arriba de todo y en efecto, había conseguido alejarse del peligro sin mayores consecuencias. A final, bastaría en enfocarse y darle su verdadero nombre a las cosas, es decir, él en el fondo debía festejar la astucia de haber conseguido salirse de una trampa tan bien montada por el enemigo ¡Y vaya que corrió peligro con aquella hermosa y hábil agente del imperio! Pensó satisfecho.

Dos días después, al hacer un informe de los últimos momentos desde que conociera a la mujer, él se asustó de constatar cómo se había doblegado ante sus propias carencias. Como, a sí mismo pareciera tan sin atractivos frente a la fuerza de sentimientos y opiniones que con tanta gracia en ella eran gestos de una agradable confianza. Incapaz de controlar el emergente vacío en el estómago, levantó la voz, casi en un grito, como si pagase una deuda con ella y para sí mismo: ¡Vos podrías haber sido mi peor engaño, no puedo, no, no voy a creer en tu casualidad!

Consciente de la osadía que lo dominaba por entero y guiado únicamente por la necesidad de volver a verla, salió en dirección al hotel en donde ella se hospedaba. Al menos le debía una explicación por una cuestión de lealtad humana. Pedirle disculpas por su inesperado silencio, por su inexplicable ausencia. Pero se enteró que ella ya había partido horas antes en dirección al aeropuerto.

Una y otra vez, insistía en limpiarse las uñas de toda culpa. Miraba el lento y lejano ajetreo por las calles y avenidas. A cada luz roja del semáforo, un torrente de imágenes de su corto y truncado romance se acumulaba en sus párpados ya pesados por el cansancio. Golpeaba su frente, suave, pero con firmeza, contra la ventana de la puerta del taxi mientras luchaba en obedecer la alerta de peligro ocasionada por las imágenes de aquella “agente” tan taimada; pero a seguir, se reconciliaba con ella, aceptándola como una mujer a quien profesara un claro cariño.

Pero sólo al decidido gesto de entrar en la sala de embarque del aeropuerto, del golpe suave y metálico de la puerta automática de vidrio y aluminio que abría de par en par, de sentir el peso del ambiente pulcro y amortiguado de los corredores, y por la azucarada música del ambiente, fue que él comprendió la inutilidad, la estupidez de todo aquel desmando.

Rendido, se dejó llevar por los corredores hasta que su mirada se detuvo en la imagen de los monitores de información que desplegaban listas luminosas e interminables con nombres de ciudades, códigos de vuelo y horarios. Y allí quedó, de pie, frente a las listas brillantes de información. Ciudades y hoteles, códigos de vuelo y de contactos, códigos secretos de ciudades, de horarios sin cumplir, encuentros sigilosos en decenas de hoteles a la deriva por corredores iluminados y ajenos que parpadeaban sin tregua. Sintiéndose herido por el frio recorrido de las gotas de sudor que deslizaban por todo su cuerpo, buscó la puerta de salida.

Su prisa, en esos primeros instantes, poco a poco cedió lugar a un sonámbulo paseo por las alamedas de la zona de parqueo del aeropuerto. Su cuerpo estremecía en escalofríos.

Sin saber exactamente de donde, le llegó el vago recuerdo de alguien perdido en un mundo de largos corredores, y poco a poco, reconoció dentro de sí la fatiga de alguien que ya antes recorriera ese vano intento de encuentro, de compañía, con alguien a quien podría decir, y decir, sin rodeos.

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Ilustración de portada: Daniel «Buba» Marroquín. danielmarroquin10@gmail.com

EL DESBORDE DE LA MAGIA

La hora del día en la playa casi desierta es esa en que la arena aún está tibia, la brisa cambia discretamente su rumbo en dirección al mar, el paisaje se alarga en sombras hasta desvanecerse y con su peso, el sol estremece la última línea de aquellos confines.

Salida de quien sabe de dónde, una mujer está a pocos pasos de distancia. Tan próxima que resulta extraño que no se incomode por tener vecinos tan cercanos mientras cava sin prisa una olla regordeta sobre la arena. Dentro, ella va formando un circulo de rosas rojas, velas mitad negras mitad rojas y en el centro acomoda una botella de aguardiente, copas, una caja de fósforos y algunos habanos. Durante la faena, la mujer tararea y marca su letanía con las enérgicas llamaradas de los fósforos que se encienden como duendes locos que ya quisieran tener el poder de reanimar el día.

Pero basta levantar la mirada hacia el mar, donde un bote pesquero maniobra taimadamente al ras de la reventazón cerrando cada vez más el circulo de la red de pesca, que, a una segunda mirada, la mujer ha desaparecido dejando en su lugar aquel pequeño y secreto altar iluminado, como el ojo brillante y alerta de un jaguar.

En el mar, las gaviotas se lanzan oportunas al saqueo de las redes en implacables picadas alrededor del bote. Pero este continúa cerrando su círculo mortal, ciego al desespero del cardume por librarse de la red, y sordo al festivo canto que acompaña el banquete de las aves a su alrededor.

Sin ningún alarde, la saciedad deja lugar a la intimidad, cesa el graznido de las gaviotas y el bote de pesca apenas se advierte por el vaivén de sus luces en la oscuridad en donde poco antes había toda una inmensidad.

El sol se ha puesto por completo y el jaguar también se ha retirado para su cubil en algún lugar del horizonte, y con ello, ya se advierte un nuevo orden. Ahora, el temblor difuso de las llamas del pequeño altar y la oscuridad que lo circunda pertenecen al cuerpo inquieto y a la mirada vigilante de la pantera. Se ha efectuado ya, el cambio de guardia.

Sentada, la pantera se entretiene a inventariar con el olfato el historial de transacciones de la playa y por momentos se deja entretener por el carrusel luminoso que forman las ofrendas dentro de aquel fantasioso regazo. Se siente en fiesta porque este es uno de sus despachos preferidos, pues ofrece una botella de aguardiente, copas, habanos, velas y fósforos, todo un servicio completo para que Exú comience la noche con toda la pompa, gusto y la circunstancia que se exige.

Finalizado el banquete, la pantera se estira, bosteza con gusto, y para sacudirse la modorra se dirige a la ciudad lista para comenzar su ronda por las calles.

Se desplaza atenta al movimiento del gentío en los andenes, balanceando los hombros y evitando con sincronía ejemplar la frenética desbandada que se apodera de los empleados, cuando ya hartos de tanto afanarse, solo quieren regresar a casa.

En medio de semejante ajetreo la pantera apenas y tiene el tiempo de un parpadeo para evitar la escupida que algún grosero lanza con descuido hacia el suelo y el tiempo de otro parpadeo para maldecirlo en sus adentros. Pero ella misma se ufana de tener como única respuesta un disimulado erizar en su pelaje, un roznar de enfado… guardar las uñas, esconder sus colmillos… y hacer caso omiso de aquel apocado blandengue lanzador de escupidas.

Es fascinante ver la facilidad con que ella encoge las patas para luego lanzarlas al vacío en una continua, creciente y frenética corrida. Hasta que, de un salto ¡zas! se cuelga de los cromados pasamanos de la puerta trasera del microbús completamente abarrotado de gente.

Ya adentro, abriéndose camino con mal disimulados codazos, se siente a sus anchas, está contenta por el calor que emana de los cuerpos y satisfecha por la corrida rápida y certera de la cual guarda aún la levedad del aire en forma de una comezón en la punta de las patas.

Vanidosa, se limpia los bigotes, y en una súbita e irrefrenable intimidad acaba por prolongar la lambida a lo largo del pecho mientras escucha atenta un grupo de jóvenes que ha decidido estacionarse en las gradas de la puerta de atrás del autobús para vociferarle ocurrencias a la gente en los andenes.

Adelante del autobús, cerca de la puerta delantera, la pantera observa un cuerpo del cual le apetecería aproximarse. La presa es atractiva y más que suficiente para coronar el momento. Sin detenerse ni por un segundo en alguna consideración, la pantera se encamina en dirección a aquel cuerpo que de tan entregado que está a las notificaciones y las publicaciones en su celular, cree estar lejos de todo peligro.

A su paso, la pantera hace poco caso de cortesías, por lo que es ásperamente reprendida por un pasajero a quien ha dado un zarpazo accidental. Pero no hay nada mejor que un rugido seco para intimidar y hacer retroceder al delicado pasajero hasta su insignificante anonimato. Después de ese ajuste de cuentas, ella se va abriendo camino sin escuchar ni un único reclamo.

El tibio aroma que emana de los cabellos de la presa sería suficiente para que la pantera olvidara todos los inconvenientes del viaje a esas horas de pico, y considera, con zalamería, que ya solamente el aroma de su presa es regalo suficiente para hacer sentir a cualquier predador de su especie, en medio del inmaculado jardín del edén. Pero las patas traseras de la pantera también reclaman parte del botín y actúan por cuenta propia apretándose contra las nalgas de la víctima que está a su merced en medio a la aglomeración y que no sabe si rechaza abiertamente o no, ese contacto que raya lo abusivo. 

La presa, entre molesta y temerosa, busca el rostro del atrevido por la ventana del autobús que le funciona a modo de espejo retrovisor. Pero al hacer contacto con la mirada fija e imperturbable de la pantera, la presa se deja vencer por el dominio que la fiera transmite y que está ahí sólidamente fundida a su trasero con los ojos semicerrados e invencibles, con la pequeña punta rosada y redonda de la lengua apareciendo por fuera de la boca con una gracia insolente y con el potente remolino de sus orejas succionando todo a su alrededor en la busca anticipada de algún inconveniente.

Pero la presa se escabulle con astucia, y no hay para la pantera nada más que le pueda interesar del viaje. Aprovecha entonces que el motorista transita con la puerta de salida abierta y se lanza a la calle con el autobús en movimiento, y a seguir, asfixia los gritos de los sorprendidos pasajeros con el estruendo que provocan los trompones que ya desde la calle, ella propina a la carrocería del autobús a modo de un colosal bombo de guerra.

Atenta y dispuesta a usar su propio cuerpo como proyectil para cobrar caro por su vida, la pantera examina de soslayo el aparente desorden de las luces, que desde la amplia avenida, ella ve aproximándose velozmente en su dirección. Y es del chillido de las frenadas, de los golpes de humo de sus escapes, de las palabrotas de los motoristas y sus dilacerantes bocinas, que para la pantera está compuesta la materia de las garras y del corazón.

Pero aún no ha sido la vez del cazador. Ahora, más segura de sí de lo que antes estuviera, levanta su enorme cabeza en un profundo  y áspero rugido que hace estremecer y callar por segundos el monocorde de la cuidad; al mismo tiempo que allá en lo alto, como un presagio, el gigantesco anuncio de neón que se enciende y se apaga sin descanso le evoca las centenas de amaneceres y puestas de sol de las que ya fue testigo y de las que talvez estén todavía por venir.

En los jardines del inmenso parque al lado de la avenida, ya lejos de los peligros de la calle y ajena a todo y a todos, ella moldea con el cuerpo la silueta de un viejo tronco pulido y ancestral, haciendo saltar tierra y raíces al afilar sus garras en el engramado. Luego, descansa golpeando plácidamente su cola contra el suelo con la satisfacción de quien está llena de fuerzas y aún tiene una larga noche por delante. 

No suficientemente larga, es verdad, como para no ser siempre sorprendida por los primeros zarpazos del jaguar, que al mínimo descuido le ciñen la frente al horizonte. Habrá llegado entonces la hora de efectuar, una vez más, el cambio de guardia.

DOVYDAS POVYLAITIS REGRESA A SU MUNDO. (PARTE 6\6)

No se sabe  a ciencia cierta en que momento Dovydas Povilaitis pasó a juntarse con las direcciones de los pueblos originarios de Itzalku y de otras jurisdicciones, entre las cuales no podía faltar la de Sonsonate. Pero luego que el rumor llegó a la prensa, los periodistas acudieron en su afán de transformar los acontecimientos en noticia.

Las reuniones fueron a puerta cerrada y todos sabemos el celo con que las direcciones de los pueblos originarios guardan la gestión de sus actividades. Los de la prensa, decepcionados, de a pocos, abandonaron el lugar.

Semanas después, Dovydas se dirigió hacia El Pital, en Chalatenango. Estuvo allí con un grupo de amigos que lo acompañaban. Cuentan algunos locales que después de pasar la noche entre bebidas calientes, pláticas y pocas horas de sueño, todos estaban de mejor humor que el día anterior y el amanecer estaba espléndido.

Era una mañana particularmente translúcida que evocaba añoranzas por nada en particular. Ya desde temprana hora de la mañana se notó alrededor del cuerpo de Dovydas ciertos efectos ópticos que daban la impresión que él comenzaba a quedar aparte de los demás. Estaba separado por una especie de inquietos enjambres compuestos de diminutas variaciones del aire, o quizás, podrían ser mejor descritas como variaciones de  color y de luz.

Estas partículas eran inexplicablemente diminutas pero visibles,  con una voluntad de movimiento nunca antes visto por ninguno de los presentes y que desafiaban la propia intuición y el lenguaje. Al observarlas con atención por un largo periodo algunas parecían estar en dos o más lugares al mismo tiempo, se multiplicaban, provocaban destellos y reaparecían en otro lugar.

Así se pasó el resto de la mañana. Dovydas hablaba poco y pidió a sus acompañantes que guardasen una distancia prudente de su persona. A medio día y sin que la situación hasta aquel momento suscitara ninguna alarma, notaron algunos cambios en el novupellis y en el rostro de Dovydas.

Parecía que partes de su cuerpo y de su rostro se revolvían y se volvían a juntar en remolinos de  puntitos de luz que no parecían otra cosa, a no ser, y de manera sorprendente, su propia persona. No había nada del lado de «afuera» o alrededor de Dovydas Povilaitis, era él mismo que podía ser, al parecer, algo diferente.

Llegado cierto momento, Dovydas sonrió y emocionado se despidió de forma afectuosa de todos y les solicitó que no se acercaran demasiado, que él estaba ya a camino de 2070.  Uno de los presentes se dirigió a Dovydas y le preguntó si estaba feliz de finalmente regresar a su mundo. Él sonrió y dijo que no había otros mundos, que este era el mundo de todos y que todos debíamos compartir. Que nunca más habría otro, que todos los mundos de la humanidad eran el mismo mundo.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar a la aproximación de una gallina y sus pollitos que picoteaban el suelo de grama y tierra alrededor de Dovydas. Rápida pero suavemente, la gallina se transformó con todo y pollitos en una graciosa estela de pequeñísimos destellos y pedacitos indiferenciados de materia, que como un listón iban y venían guiados por una extraña motivación.

Cuentan que durante varias horas después de la transportación de Dovydas, aún se podían percibir  pequeños remolinos de polvo, hojas secas de pino y casi imperceptibles luminiscencias  que jugaban como dentro de un tubo imaginario donde por largo rato nadie se atrevió a acercarse.

Los periodistas por supuesto llegaron solamente un par de días después de la partida de Dovydas. Aún así se dedicaron con pasión a recoger de los presentes las escasas sobras de eventos tan difíciles de traducir en palabras.

Era increíble darse cuenta que cada relato contado por alguno de los que estuvieron presentes, acerca de los mismos sucesos anteriormente narrados, era un relato diferente e igualmente verdadero. Nunca antes había parecido tan claro y compresible que hasta la más pequeña realidad, se construye de infinitos relatos de múltiples eventos.

Como sabemos, semanas antes de su transportación, Dovydas Povilaitis estuvo viviendo con las autoridades de los pueblos originarios, donde se cuenta que sostuvieron largas pláticas a las que ni la prensa ni las representaciones gubernamentales tuvieron acceso.

De estas reuniones existe una serie de testimonios de las gentes sin que se puedan establecer las fronteras entre los hechos y la imaginación popular. Sabido es que la mitología moderna envuelve toda una mística entre ciencia ficción, mitología de las culturas ancestrales (como la egipcia y la Maya) e infinidad de mitologías religiosas.

Además,  todas estas  mitologías modernas se juntan a otras igualmente en boga como la de los extraterrestres y las que pregonan que la tecnología es la respuesta a todos los males o que es el único mal de la humanidad.

Pero como dijo Dovydas Povilaitis: todos los mundos imaginados por la humanidad, como los Infiernos, los Olimpos, los Horizontes de Acontecimientos, las fábulas y la literatura, todos pertenecen a este mismo y único mundo de lo que es humano y na más.

San Salvador 2020