ANUNCIOS CLASIFICADOS

En un día como este nadie debería olvidar que antes de ser una persona atribulada, fue un espermatozoide abriéndose paso a puñetazo limpio entre miles de semejantes; y todos, con la misma ambición de llegar primero a esa pelotota del premio mayor que te da la vida. Así que, no lo olviden, después de semejante aventura es sensato decir que la vida es para disfrutarla.

Si, así es, habrá que hacer fila para llegar donde se quiere llegar. Luego te das cuenta que la fila es larga, que hay gente que está desde mucho antes en la fila. Y los que están de primero, a sabiendas de que han llegado a destino, se sientan a charlar, a reír y a disfrutar el momento. Aun así, ten paciencia, tu momento llegará.

No más artesanía, queremos arte. Artesanía, entendida aquí como lo que es actualmente: la elaboración en masa de objetos que caracterizan culturas minoritarias y que no poseen otro propósito que servir de recuerdo barato para turistas descuidados. Esta artesanía se caracteriza por repetir el uso de colores y formas sin que en su elaboración exista cabida para la calidad de la elaboración, la diferencia, el ingenio, y más grave aún, la ausencia de expresión de la individualidad del artesano.

Existen mundos paralelos en donde sus habitantes no creen que es necesario estudiar y aprender el “cómo hacer algo correctamente”. En esos mundos autodidactas, incluso leer las “instrucciones de uso” es considerado un menosprecio a la inteligencia. Estos seres, se creen suficientemente «vivos» o «animalitas» para aprender las cosas a la brava, y siempre afirman, con total confianza: “que los tanates se amarran por el camino”. Aprenda a distinguirlos, asista los videos “Cuando las cosas salen mal” de youtube.

Conmoverse, ese sentimiento es raro. La lástima, es más fácil. La lástima se arregla con algunas monedas como limosna. ¿Cuándo te conmueves, que se puede hacer para encontrar sosiego?

Reflexionando sobre un pensamiento de John Lennon a la luz de la pandemia: Cada vez estoy más convencido que Dios está hecho a imagen y semejanza de nuestra impotencia, de nuestro miedo, o de nuestros momentos de profunda soledad.

El mensaje es siempre el mismo: no existe diálogo. Y peor aún, la ausencia de los más expresivos en estas circunstancias es notoria: las organizaciones ciudadanas. Si al menos estos últimos fueran aprovechados, existiría la posibilidad real de distribución de alimentos y otros artículos de necesidad para hacer viable un plan sanitario.

Si se habla tanto de dictadura, no es porque solamente ahora existe un estado tan personalizado-centralizado, ya que hace décadas los hemos tenido. El único remedio para aliviar ese mal es fortalecer los sectores de organización ciudadana.

  CURIOSIDADES DE LA ESTADÍSTICA: En unos países hay miles de muertos y en otros no llegan a las centenas. Digamos que hipotéticamente los muertos signifiquen el 1% según la población de cada país.

Si El Salvador tiene 6 millones de personas le tocan 60 mil muertos. Si fuera Brasil o USA que tiene alrededor de 300 millones, el 1% serían 3 millones de muertos.

En Brasil van hasta ahorita 20 mil y 541 personas fallecidas por coronavirus y USA  95 mil y 906 personas fallecidas por coronavirus. En El Salvador van 33 personas

Si bajamos el porcentaje a 0.05 %, en 300 millones de personas es 1 millón 500 mil personas, a USA le faltan unos 1 millón y 400 mil personas para llegar a ese 0.05% de muertes según su población de 300 millones.

PENSAMIENTOS Y DELIRIOS DIGNOS DE UNA PANDEMIA #2

Hogar es dulce hogar, pero todo cuidado es poco…así que mucha cautela es aconsejable en esta cuarentena 24/7. La posibilidad de pequeños accidentes como: heridas, moretones, quemaduras, torceduras, etc. deben ser consideradas con seriedad; es urgente pues, que además de las centenas de rollo de papel higiénico que posiblemente Ud. ya almacenó, tenga un botiquín de primeros auxilios. Eso, si Ud. no se quiere ver en la risible posición de querer ser atendido con urgencia por un corte en el dedo, en medio de una pandemia.

Día 4 de la cuarentena… Encontré un cuaderno de sexto grado y me puse a hacer una tarea que quedó pendiente todos estos años.

¡Democracia es democracia!   Simplemente organicémonos:

  1. Los de izquierda reciben la vacuna cubana o china.
  2. Los de derecha, esperan educadamente a que los estados unidos descubran la vacuna mientras se ofrecen de voluntarios para experimentos en humanos.
  3. Los de “centro” siempre indecisos, deciden al par o non entre 1 y 2.

                       ¡Y todos contentos!

Día tres de la cuarentena…  Hoy que desperté, vi que mi casa está llena de gente extraña… Dicen que son mi familia y aunque son simpáticos, no les creo.

Asistiendo a un documental acerca de la pandemia en China, me di cuenta que:

  1. Los ciudadanos chinos llevan ya casi tres meses de encierro en sus casas y continúan hasta el día de hoy.
  2. Ya les avisaron que las medidas de excepción se mantendrán mínimo hasta mitad de año (Julio o agosto 2020), pero lo más probable, hasta fin de año.
  3. Que una vez que se descubra la vacuna, llevara un periodo de un año hasta que esta pueda ser distribuida a todos los rincones del planeta. Pobres chinos… (¿¡!!!?)

Gran excursión…

8:30 am. Salida desde el baño.

8:45 am. Llegada a la cocina, donde se servirá desayuno-bufete.

9:15 am. Se realizará taller de limpieza y mantenimiento del área de cocina.

10:00 am. Caminata por los corredores hasta llegar a la sala donde podrá disfrutar de la vista del ventanal y otras actividades lúdicas.

12:00 am Regreso a la cocina para el almuerzo.

12:45 pm. Siesta en la sala.

Día 5 de la cuarentena… He dejado como nuevos todos los focos de la casa incluyendo el de la refri.

¿Por qué no liberan parte de los fondos de las AFP para que la gente salga adelante? Porque ese dinero no existe, está invertido en otro tipo de bienes. Aunque se concediera el retiro de 200 dólares por persona, la gente se abalanzaría en gigantescas colas y el papel moneda no es abundante. Resultado: indignación por la carestía de papel-dinero para la gente que califica para retiro.

Día 6 de la cuarentena… Estoy haciendo un tutorial para subir a YouTube, describiendo el paso a paso para comer cereal con leche estando tirado en el sofá sin mojarte de leche el pijama.

¿Te das cuenta como los valores pueden cambiar de la noche para el día? Todo se redujo a un espacio en que teniendo carros no los puedes usar, teniendo dinero no lo puedes salir a gastar, teniendo ropa cara vistes ropa cómoda y sin combinar, teniendo joyas ni te volteas para verlas, y la lista podría seguir. Pero ahora, estas con lo básico, cuidando de ti y de los tuyos.

(Todos los comentarios fueron extraídos de las redes sociales)

PENSAMIENTOS Y DELIRIOS DIGNOS DE UNA PANDEMIA

  • ¿Y la juventud chilena que tomó las calles de Santiago capital? ¿Llegó la policía y gentilmente les dijo que había cuarentena y que se fueran a su casa?… ¿Y ellos, suspirando decepcionados dieron media vuelta y ahora están viendo películas en netflix? Este virus esta sospechoso.
  • ¿Por qué no considerar la importancia filosófica del papel higiénico? El papel higiénico cobra una gran importancia en tiempos que asolan con la idea de la muerte y el fin de la humanidad. Su efecto suave y aromático es reconfortante y su triple hoja lo hace más económico. Los doctores lo recomiendan como terapia, pues al paso de la cuarentena podemos con la ayuda de un plumón o un lápiz, dejar plasmadas nuestras últimas consideraciones sobre este planetita picaron.
  • Pregunta: Todos los días mueren personas por desnutrición o falta de infraestructura sanitaria, ¿Por qué los gobiernos y la industria no se movilizan para darle fin a ese problema, como así lo hacen contra la pandemia del coronavirus?

          Respuesta: Porque el hambre, así como la pobreza en general, mata a los pobres del planeta, y ellos no le interesan a la industria ni a los gobiernos.

          Conclusión: El coronavirus está democratizando las posibilidades de muerte, mata tanto a políticos, como artistas, a gente adinerada, etc. Por ese motivo se combate a toda prisa.

  • No se trabaja/no se paga deudas bancarias. Si cerraran la industria, me imagino que entonces sí, diría que hemos tomado medidas de acuerdo a la gravedad.

Pero, está todo ese lío de que la empresa privada que tendría que seguir pagando los salarios como de costumbre. Allí uno se pregunta si sería posible. ¡Claro que es posible! Se sientan los interesados a negociar, los bancos, la industria, el gobierno, para ver cómo se logra. ¿Pero quién llama y obliga a estos a negociar y a dar soluciones concretas? Fácil, es el presidente, para eso se le paga, para que gestione el bien público.

  • Morir con orgullo de haber vivido a pleno. Escuché de una persona contar que cuando llego al supermercado solamente había pan integral, pero ni uno era de pan blanco. “La gente va estar dispuesta a morir, pero no a dieta”
  • Agradecer a sus autoridades sanitarias porque no los dejan salir de casa. Debe ser una maravilla para los ciudadanos italianos, agradecer a sus autoridades sanitarias porque no los dejan salir de casa. Pero eso sucede cuando todo tiene lógica y sentido. Es decir: Esos ciudadanos agradecidos cuentan con buenas redes hospitalarias, buen control sanitario y principalmente la noción, para las instituciones sanitarias y para ellos, de lo que podría significar una pandemia, aun gozando de tantos recursos.
  • La imaginación vs la realidad. Me pasó en el supermercado. Un tipo estornudo con estrépito (a saber, por cuanto tiempo aguanto, o era un alérgico) y estábamos en la fila de la carne. Era evidente que el tipo de cierta manera se burlaba de nuestro miedo con una actitud despreocupada (pues no vestía máscara ni siquiera usó un pañuelo). Me enojé, para que lo voy a negar. Imaginé que le reclamaba, que él se enojaba y que yo hacía más escándalo y acababan llamando a la policía. Imaginé que las autoridades cerraban el supermercado con todos nosotros adentro y así comenzaba una encerrona de cuarenta días y cuarenta noches dentro de un supermercado. Desperté.
  • En la primera oleada de “sálvese quien pueda”, me quedé sin alcohol gel y con una impresión bien desagradable de la actitud acaparadora que tiene mucha gente frente a una crisis colectiva. Una semana más tarde, en una tienda de conveniencia, veo en vitrina unos frascos del mentado alcohol. Tomé una botella y ya en caja, el despachante me dijo con voz queda, casi en secreto, “se puede llevar hasta dos botellas” Le dije que con una sería suficiente que había que dejarle a los demás. Él me miró sorprendido y dijo “primer cliente que lleva tan solo una botella y muchos de ellos nos han ofrecido más dinero para poder llevarse más”
  • SOLIDARIDAD. Me daría asco tener la misma visión de los acaparadores que quieren sentarse plácidamente solitarios sobre una montaña de rollos de papel, frascos de alcohol en gel y paquetes de comida con fechas de vencimiento, suspirando de satisfacción por ser de los privilegiados sobrevivientes de una tierra devastada. Es más, de cierta manera ya lo hacen, y no se han dado cuenta tal es la miopía.

«LA VULNERABILIDAD» (PRESENTACIÓN EN CÁPSULAS DE 500 mg)

  • Desde que J.G. Herder (1744-1803) reconoció los seres humanos como criaturas impotentes comprometidas con la incierta tarea de desenvolver el propio ser contando apenas con sus fuerzas culturales, la filosofía ha considerado la vulnerabilidad una dimensión antropológica esencial de la existencia humana.
  • La vulnerabilidad ontológica, es la que se relaciona con el ser en cuanto ser, un ser inacabado, limitado, frágil y determinado por su finitud.
  • La vulnerabilidad es un atributo antropológico de los seres humanos por el simple hecho de estar vivos.
  • Ser vulnerable significa estar susceptible a recibir daños.
  • La vulnerabilidad intrínseca a las vidas humanas también fue reconocida por filósofos políticos que propusieran ordenes sociales destinadas a proteger de la violencia, a la vida, la integridad corporal y la propiedad; o proteger los individuos de la violación a sus derechos básicos.
  • Además de esa vulnerabilidad, algunas personas son afectadas por circunstancias desfavorables (pobreza, educación, dificultades geográficas, enfermedades crónicas u otros infortunios) que las tornan más expuestas: sufren de discapacidad, o de libertad; tienen reducida la gama de oportunidades para escoger los bienes esenciales para sus vidas.
  • Todo ser humano es vulnerable en todas sus dimensiones, sea físicamente, porque está sujeto a enfermarse, a sufrir dolor e incapacidad; psicológicamente, porque su mente es frágil ante las presiones existenciales o la pérdida de un ser querido; socialmente, pues como agente social es susceptible a tensiones e injusticias sociales; o espiritualmente, porque su interior puede ser objeto de manipulación sectaria.
  • En 2005 la Declaración Universal de Bioética y Derechos del Hombre reconoce la vulnerabilidad como un principio ético. Esta declaración admite que la vulnerabilidad puede acontecer de enfermedades, incapacidades u otros condicionantes, de carácter tales como individuales, sociales, ambientales, y requieren atención especial para aquellos que no tienen suficientes condiciones para lidiar con ellos. La meta de la declaración es garantizar el respeto a la dignidad humana, aún en situaciones donde los principios anteriores no consiguen intervenir.
  • Muchas veces los desprivilegiados tienen dificultades o imposibilidades para decidir. Así siendo, es importante el reconocimiento de esa vulnerabilidad para garantizar el derecho a la autonomía y respeto a la dignidad de los individuos.
  • …»Frente a la vulnerabilidad ajena no puedo permanecer pasivo o inmutable, sino que debo responder solidariamente, debo poner todo lo que pueda de mi parte para mitigar esa vulnerabilidad y ayudar al otro a desarrollar su autonomía personal, física, moral e intelectual»…
  • Cuidar a los demás es eminentemente emancipatorio. El proceso de cuidar debe resultar en crecimiento y ocurre independientemente de la cura en sí misma.
  • Es perverso ocultar las causas sociales de la vulnerabilidad, porque permite imponer responsabilidad a las víctimas por sus propias heridas.

DIOSAS DE LA MODERNIDAD

La mujer, representación de la belleza, musa portadora de la inspiración, fértil madre tierra, regazo y consuelo de las más hondas penas; pero principalmente, aquella a quien recurrimos para obtener placer, desde el más sublime hasta el más mundano, ella es la viva representación del deleite de los sentidos. Desde la pureza espiritual de la virgen madre de dios (Afrodita Urania) hasta la prostituta María Magdalena (Afrodita común, “la de todos”). Todas son María.

Afrodita y su culto, la prostitución religiosa (entregar el cuerpo a extraños como rescate de una existencia pueril, sin sentido del placer y la belleza), práctica inherente a los rituales dedicados a las antecesoras de Afrodita en Oriente Medio, la sumeria Inanna y la acadia Ishtar. Pues Afrodita tiene numerosos equivalentes: Astarté en la fenicia, Turan en la etrusca.  Su equivalente romano es Venus y aunque a menudo se alude a ella en la cultura moderna como «la diosa del amor», es importante señalar que antiguamente no se refería al amor en el sentido romántico, sino erótico.

Cuentan las leyendas que Afrodita no tuvo infancia: en todas las imágenes y referencias nació adulta, núbil e infinitamente deseable. En muchos de los mitos menores tardíos en los que participa se la presenta vanidosa, malhumorada y susceptible. Aunque casada (según la versión en el panteón griego), le es infiel a su marido Hefesto.

Hefesto es el dios del fuego y la forja, así como patrono de los herreros, los artesanos, los escultores, señor de los metales y la metalurgia. Era adorado en todos los centros industriales y manufactureros de Grecia, especialmente en Atenas. Su equivalente aproximado en la mitología romana era Vulcano, en la japonesa Kagutsuchi, en la egipcia Ptah y en la hindú Agni.

Hefesto era bastante feo (la belleza no es una cualidad necesaria al hombre, solamente su quehacer, diremos muchos hombres en defensa de nosotros mismos), aunque su esposa era Afrodita, él estaba lisiado y cojo. Incluso el mito dice que, al nacer, Hera (hermana y esposa de Zeus y madre de Hefesto), lo vio tan feo que lo tiró del Olimpo y le provocó una cojera de por vida. Tanto es así, que caminaba con la ayuda de un bastón y, en algunas vasijas pintadas, sus pies aparecen a veces del revés. En el arte, se le representa cojo, sudoroso, con la barba desaliñada y el pecho descubierto, inclinado sobre su yunque, a menudo trabajando en su fragua.

Con una mediana lectura de la mitología griega o mundial y de nuestra perspicacia para observar la realidad moderna, podemos, con mucha fantasía y poco margen de error, observar que el mundo del hombre (laborioso, proveedor, pero emocionalmente maltrapillo, carente y minusválido) codicia la belleza y los atributos que le corresponden al papel otorgado a las diosas (fertilidad, pues hace florecer y mejorar todo a su alrededor; consuelo, placer físico y espiritual)

No es de extrañar que la necesidad del hombre por los atributos de la mujer, sean más allá que puros mitos. Pues la mujer no es un medio para poder llegar a algo, ella es, en sí misma, el destino, el encuentro del hombre con la belleza y demás atributos femeninos.

Ese hombre representado por Hefesto, pues, al menos por disciplina no debemos generalizar diciendo: «Todos los hombres», con una vida sin más atractivos que su dedicación al trabajo, necesita del universo femenino para acceder a la belleza y a la plenitud. Pero con ello, también accede a su deseo de poseer, de doblegar la voluntad de la mujer para que ella sea una inagotable fuente de satisfacción y que se convierta en una realidad dócil y permanente.

Si hay algo que el hombre moderno parece no soportar, es la independencia de la mujer. Esta independencia que el hombre rápidamente clasifica de “disponibilidad”, queriendo de esa manera decidir, como por principio, la ruta de la libertad femenina hacia su beneficio; quizás, sea el simple hecho de que la mujer está en el mundo y que su belleza esté al alcance de todos los hombres, pero la codicia tiene muchas caras, y en el mundo de los hombres, nada es más codiciado que la mujer.

En ese afán de poseer, el hombre intenta hacer lo que hizo Paris (príncipe hijo del rey Príamo)  cuando vio por primera vez a Helena de Troya: raptarla, tomarla por la fuerza y encerrarla lejos de la mirada de los demás hombres. De esa misma manera, se da el secuestro de las sacerdotisas del templo de Afrodita, que es lo que ha ocurrido con la mujer a través de los siglos: se le ha secuestrado de su dominio de la espiritualidad, de la ciencia (las brujas en la edad media). Muy parecido a lo que hace un coleccionador de arte en nuestra actualidad, dispuesto a pagar cualquier precio por una obra que mantendrá bajo su tutela, lejos de la mirada ajena.

La generosidad de las mujeres parece no tener límites. Afrodita es casada con Hefestos el feo pero laborioso aunque Afrodita parece preferir a Ares (dios olímpico de la guerra). Y así, aparece ese parecido con Hefestos del hombre moderno, al de un “mendigo con garrote”. Alguien extremadamente carente y frágil emocionalmente, pero que cree que su labor y su fuerza le otorgan el derecho de usurpar el templo de Afrodita, secuestrarla, y mantenerla bajo prisión.

Millares de Afroditas de la modernidad cargan en sus espaldas a esos minusválidos incapaces de obtener por la seducción sus favores, confundiendo la generosidad de la mujer con sus masculinos anhelos de propiedad.

EL CATORCE DE FEBRERO, LOS AMIGOS Y EL AMOR

No hace tanto tiempo atrás pero finalmente paró de escuchar de sus amigos la única respuesta posible para sus quejas de Romeo hipocondríaco. Porque, fue bajo ese nombre que los síntomas de lo que padecía le fueron diagnosticados por ellos, sus queridos amigos, los cuales también fueron unánimes en recetar un tratamiento infalible – ¡Maje, salí con otra mujer y te va pasar así de rápido! Así la vas a olvidar, ¡no seas pendejo! –

Si intentase recordar quien había sido él algunos meses atrás, vería a sí mismo bajando por las calles de la colonia corriendo al máximo que su respiración le permitía para conseguir escapar a sus recuerdos. Sintiendo que el viento le arrancaba lágrimas heladas que no se daba el derecho de secar porque todo en aquella carrera era precipitación. Las lágrimas le parecían entonces muy nobles, una bendición, bien justas para el momento. A ese respecto sus amigos le recordaron que, de hecho, en un drama de amor un buen actor jamás dejaría un par de lagrimitas de lado. Más aún, en una escena de esas, tan tierna y conmovedora.   

Cerca de dos años atrás, cuando todo entre los dos corría a las mil maravillas, ni siquiera le pasó por la cabeza que ella posiblemente ya estuviera pensando en darle fin a la relación; aunque al pensarlo detenidamente, llegó a la conclusión que aquel fue el momento más adecuado para cortarlo por la raíz, pues apenas y faltaban un par de semanas para la celebración del día del amor, el catorce de febrero. ¡Qué bien pensado! ¡Qué calculo más bien planeado! ¡Que hija de puta!

Quiso convencerse a sí mismo, que ella actuó de la única manera en que uno puede apartarse de alguien a quien realmente ama pero que, por alguna razón, talvez esa persona no le conviene completamente; es decir, habrá que cortar la relación de un solo golpe, sin contemplaciones. Pero cuando defendió esa idea con los amigos, estos fueron tajantes: ¡Consuelo de pendejos, le valiste riata y ya!

En los primeros días del noviazgo, después que pasaron juntos su primera noche, ocasión en que él le dio más importancia a su desempeño como amante que a entregarse plenamente a lo apasionado del encuentro, se vio obligado a dormir en el lugar de la cama que él más evitaba, el lado izquierdo, y para acabar de empeorar le tocó una almohada más indomable que un gato viejo y mal humorado, lo que resultó en una noche de completo insomnio.

A pesar de todo, consideró ese desvelo como una bendición, pues pasó la noche no solamente a escucharla roncar con todo y orquesta, si no también, le permitió contemplar a sus anchas la fascinante alineación de tres cósmicos lunares al borde de su cintura, anticipando la maravillosa redondez de sus piernas junto con las nalgas, y todo ese conjunto, de un color moreno parejo sencillamente fascinante.

Podría pasar horas recordando otras escenas que oportunamente citaría al banquillo de interrogatorio para atestiguar sobre el posible origen de todo el descalabro sentimental que sucedió meses después. Sus amigos, que se decían amantes de la verdad, se esmeraban en frases ingeniosas y gestos elocuentes con tal de dejar claro, y a quien pudiera interesar, que esa mujer no había querido nada serio con semejante buena persona, que era él, y no bastando con esa ingratitud, seguramente usó la astucia para que él bebiese, sin darse cuenta, agua de calzón de máxima pureza. Y cayeron juntos en una carcajada tan burlona, como estridente.

Después de aquella primera noche tan tierna y singular, temprano por la mañana, los dos caminaron por el estacionamiento dando inicio a un ritual en que la solución perfecta, pues así le pareció, hubiera sido que él se situara un par de pasos al frente para abrirle la puerta del lado del pasajero y que ella se acomodara risueña por tanta galantería. Pero no fue así. En realidad, ellos estuvieron un largo tiempo intercambiando besos sin decidir cuál era el momento definitivo para despedirse y que cada cual tomara el camino de regreso a sus rutinas.

Finalmente, ya acomodado al volante, él se detuvo sorprendido una vez más al ver el modelo más nuevo y lujoso del carro desde donde ella le gesticulaba cerrando la mano derecha en puño, pero con los dedos meñique y pulgar destacándose bien estirados en los extremos y luego alzando el brazo, con todo y ese elocuente gesto, hasta detenerlo bien a la altura del rostro al lado de su oreja derecha. Movimiento coreográfico de graciosa sincronía al que inmediatamente ella agregó, moviendo sus labios y exagerando la mueca a cada vocal de la frase, ¡Lla ma me! Y desplegó una sonrisa que, en ese instante, a él le pareció ambiguamente maliciosa, casi cruel.

Pasó a ser siempre en ese mismo estilo. A la hora de la despedida había la intención de quebrar la ansiedad que estaba a punto de reinar. Pues también existían esos espacios largos de tiempo entre un encuentro y otro en que ella se decía ahogada entre compromisos de trabajo y de familia, ausencias que valorizan aún más las despedidas.

Pero curiosamente, de todo aquello que se podría haber gestado en contra de los dos por la irregularidad de sus encuentros, poco de eso salía a flote cuando estaban frente a frente. Bastaba que los dos se avistaran en el lugar acordado para la cita y él reconocía en sí mismo la deliciosa inquietud de siempre, y en ella, el inútil intento de esconder su sonrisa talvez con recelo de que la vieran andando y riéndose sola por el andén. Pero ya estando lado a lado, los dos sonreían a gusto en un arrullo de niños que solicitan el abrigo de un abrazo para rehacerse de las exigencias del mundo.

Como olvidarla a ceñir las cejas a cada pieza de ropa que caía al suelo a medida que la desvestía; él como siempre, talvez como todo hombre, con un poco de sí mismo allá bien sentadote en la tribuna VIP numerada de su voyerismo incorregible. Observando sus propias manos actuar con la misma meticulosidad de un escultor que sabe que tiene que depositar con delicadeza cuidadosas ausencias sobre la materia para que la belleza se revele. Para él, esa tarea se proponía de manera que, lo erótico que se ocultaba tras la belleza física de la mujer, se revelaría durante ese juego entre la resistencia de ella a ceder partes de su resguardo y, por otro lado, la progresiva habilidad en el quehacer de sus manos.

Fue por ese motivo que la condujo hasta el medio de la sala y acompañó el abrazo de los dos al compás de la música en una invitación a bailar que le pareció oportuna, porque los alejaba del sofá de la sala y tomaba un camino transversal para retrasar aquello que se veía venir inevitable.

Pero la música era «I Never Thought I’d See the Day» de Sade, y no pudo evitar aflojar un poco el abrazo para permitir que su mano deslizara suavemente entre las piernas que ella apenas y balanceaba guardando el ritmo de la música y donde él únicamente encontró la tardía y débil resistencia del veraniego vestido de Lino donde su mano continuó la caricia hasta detenerse en su interior en un suave apretón.

Luego, ya era esa expresión de mujer que no quiere tener más fuerzas para tales resistencias, de un rostro que se moldea a sí mismo en el placer y que inesperadamente solamente tiene un único y sonoro capricho: pronunciar el nombre de él, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

¿Porque ella siempre pronunciaba su nombre en esos momentos en que estaba a transponer una nueva y más fuerte entrega? Ella podía muy bien haber dicho otra palabra, si de hecho se tratara de exteriorizar un despojamiento, una fragilidad. ¿Por qué su nombre? Cualquier otra palabra hubiera sido más oportuna si ella hubiera tenido conciencia del peligro que puede significar pronunciar una palabra que nos impida la dilución en esos momentos de entrega en el amor.

No conseguía aceptar con naturalidad que su nombre fuera pronunciado como que para arrancarlo del anonimato en que se encontraba, o mejor, en el que se abrigaba lejos del mundo a medida que se perdía en el placer. Pero ella lo denunciaba. ¿Era eso lo que ella pretendió? Confirmar no un sujeto, un nombre propio, de persona, de género masculino, del singular, pero si, él mismo con todas sus letras, invocado como a una entidad sobrenatural o como a un impostor ¿quién sabe? Su nombre, que nunca había escuchado de otra mujer en esas circunstancias. Ese nombre con el cual no se sentía ni un mínimo identificado.

Después de una tomada de decisión a la cual él nunca llegó a tener acceso, su nombre dejó de ser pronunciado, como si repentinamente ninguna entidad mística pudiera ser conjurada a través de él. Con ese silencio se sintió durante meses, completamente destituido de sus poderes.

Poderes que solamente ahora, después de meses de letárgica espera, parecían haber despertado corriendo atrás de las más fútiles algarabías del mundo: de los memes acerca de mujeres sin corazón que sus amigos no cesan de enviarle a su muro, de sus impagables ocurrencias, del calenturiento ambiente de los bares durante los fines de semana, y principalmente, para el sin fin de mujeres que cuando las observa con atención le produce cierta comezón en la nuca solamente de imaginarlas llamándolo por algún nombre propio, de persona, masculino, singular; pero eso sí, de una forma supersticiosa, como a conjurar espíritus.

MAPAS, RUTAS, Y EL MITO DE LA LIBERTAD

Fue simplemente pensar en bajar del autobús y su cuerpo se armó en un sobresalto al que rápido respondió pasándose la mano por la nuca. La verdad, es que no tenía ninguna prisa, se podía quedar sentado en su lugar unas cuadras más, pues daría lo mismo que se bajara cerca del Mercado Central con el cementerio de Los Ilustres enfrente, o mucho más al norte, cerca del olvidado cine España y las ventas de libros usados que doblan la esquina. A final de cuentas, ya era el centro de la ciudad, ese centro que de tan suyo parecía siempre de par en par, desfachatadamente ofrecido.

Se quedó aguardando las siguientes paradas a la espera de algún lugar donde se sintiera a gusto para recomenzar ese camino que aún no tenía ni ruta, ni destino. Pero eso sí, si le fuese dada la oportunidad de escoger, no dudaría en quedarse con una de sus escenas favoritas. Esas escenas que de acuerdo a su “soñar despierto”, lo transformarían a él junto con la ciudad en algo tan armonioso y ameno que realmente era difícil que no le viniera a la memoria “It’s Oh So Quiet” de Bjork, que cuenta la vida de una manera muy semejante a como él la entendía.

Mejor que uno de esos “soñar despierto”, sería la entrada al autobús de una mujer que a un ligero balancear de cabellos le preguntara por la fecha del día y que, a seguir de una breve plática, terminara por invitarlo a sentarse en uno de los pequeños y luminosos chalets de licuados de frutas y batidos energizantes de la 4ta Av. Sur, o a cualquiera de los tradicionales billares por los alrededores de La Plaza Libertad.

Sólo con una escena así, él perdería el ritmo tirano del ajetreo a su alrededor y todas las calles parecerían guardar distancia al oír la voz y ver el suave movimiento de los labios de la mujer. De esa manera suave y difuminada, se iría perdiendo el ruido del tránsito y daría entrada a “Are You Going With Me” de Pat Matheny. Repentinamente él se volteó y lanzó su mirada a lo largo del corredor del autobús, pero ella no estaba, solamente acompaño con la mirada el movimiento de un muchacho que le ofreció su asiento a un viejo que se acomodó agradecido en una caída insignificante.

En la estreches de las calles amontonadas de ventas que le dan un aire a Bangkok o del Zoco de Marrakech, como también en las fachadas de edificios repellados por capas y más capas de hollín y güistes que dejan a su paso los terremotos y las guerras, en todas esas señales, se presentía la proximidad del mero centro de la ciudad; y él notó, que sentado de aquella manera tenía un aire displicente como solamente se esperaría de un anciano. Como ahorrando esfuerzos, sin esperar nada, observando con indiferencia o mejor, sin ni siquiera mirar, sino soñar.

Él soñaba despierto, pero no armando el rompecabezas de su pasado. Era talvez lo único que podría diferenciarlo de un anciano. Sus ilusiones y sus sueños no lloriqueaban por recuperar un tiempo perdido que ahora no parecería más que un sueño. Por el contrario, su soñar despierto eran las exigencias de un presente que, por alguna razón, ni él ni la vida se ponían de acuerdo para realizar en común; y que, a la larga, acababan pareciendo un instante místico que se puede convocar en el aquí y ahora, a la manera de una especie de conjuro. Pero después de esas repentinas exigencias, sólo le restaba el abandono a una gran resignación y a una vaga desilusión por sentir que su vida estaba ya concluida, sin que le sobrase nada más a esperar.

En esos momentos él se preguntaba si restaría algo en que todavía se podría creer, un proyecto que pudiera llevar adelante y que no fueran solamente esas impulsivas ganas de que algo gigantesco y contundente, como una ola, viniera a arrastrar, de una vez por todas, con lo que él insistía irónicamente en llamar de “su vida”. Algo tan implacable y devastador que solo podría ser la arrolladora ola del futuro.

Pero, la oportuna bofetada de la brisa que entró por la ventana del autobús le desarmó la dura expresión del rostro. Dejó que la brisa lo despeinara y lo acorralara a fuerza de ruidos y olores que le lanzaba desde fuera del autobús: Alabanzas cristianas al son de música rural, carcajadas descontraídas y gritos infantiles, a dólar a dólar la uva cholotona, la licha a docena por la cora, ¿que busca mi amor? Y él, bajo aquella guacalada de realidad, permanecía de ojos cerrados, imaginando estar aburrido por los pregones de siempre, por el mismo olor a alcantarilla tapada, a elote asado y café. Pero él, tranquilo, sin saber si se decidía, o no, a aceptar la sonrisa que le nacía por los cantos de la boca y que parecía querer cambiarle el rumbo a la plática que se traía con su intimidad.

Continuó en su asiento. Empeñado en su indiferencia. Los ojos semicerrados en un deliberado acto de necedad porque no quería dejarse vencer por el buen humor que le imponía el aire tibio de la brisa; pues a esa altura, ya le parecía que estaba siendo manoseado por las hábiles manos de una puta barata pero atractiva y juguetona. Una putia extravagante vestida con blusa de a tres dólares y maquillaje y bisutería de a dos coras, pero que se ve preciosa. Una puta que ha decidido quedarse con él, y que, sin grandes titubeos, despliega todos sus encantos decidida a no permitir que él se esconda tras sus pucheros de sujeto exigente y amargado que insiste en no querer que la vida sea ese sencillo acto de humor y placer de a cinco pesos la pieza para el rato.

El centro de la ciudad con su ir y venir y su compacto rugido de tránsito, se impuso alegre al último desanimo de su expresión, pero no se bajó del autobús. Se imaginó yendo y viniendo entre los gritos de los vendedores de la calle, fotografiando sólo con rápidas miradas el sin fin de babosaditas chinas sobre los canastos.

Con un paso apresado, del que no había ninguna necesidad, se adelantaría a los caminantes más lentos y se orientaría con el flujo de la multitud de transeúntes como que en un secreto y común acuerdo: estar trazando destino por esas calles; aunque al final de cuentas, estas calles casi siempre nos lleven a puertos de mala muerte obligándonos a regatear el precio de tercera clase y a  aceptar itinerarios y rutas que necesitan ser definidas y redefinidas a diario con grandes dificultades y dudas.

Sonrió. Sonreía de ese cuadro de la vida en la ciudad que había esbozado rápida y maliciosamente, pero que no por eso era fantasioso o impreciso; pues, de esa manera dibujada, la ciudad emergía como el mapa en relieve sobre el cual durante años él venía trazando las coordenadas de su frágil día a día. Más una vez Björk le vino a la memoria con su video Bachelorette.  

El lejano recuerdo de su propia imagen en la caja de la agencia bancaria, de la lluvia, de los instantes de duda a la puerta de salida y el encaminarse hacia una dirección cualquiera debajo de su enorme paraguas. Ese paraguas que en su indomable apariencia le parecía estar denunciando a gritos aquello que él mantenía siempre en silencio: su total ausencia de complicidad con esa torpe prisa de las personas por ganarse la vida con alguna ventaja, pues en verdad, esa prisa no quiere precipitar el futuro, porque en sus adentros, a este le tienen un miedo mayor que a cualquier insatisfacción del presente.

Finalmente, después de varias cuadras recorridas dentro del centro de la ciudad, acabo por no recibir del alboroto de la multitud en las calles, el ánimo suficiente como para decidirse a bajar del autobús que ya comenzaba su recorrido de regreso sobre la misma ruta ahora en dirección poniente. Él, se quedó en su asiento aliviado, como solamente lo estaría alguien que después de pasar por las incomodas formalidades en la aduana de alguna frontera, entraba aliviado al país de destino.

A partir de ahora, si bajase en una de las paradas siguientes cerca de la universidad, y si caminase algunas cuadras, tendría el centro comercial y un buen número de bares en que sin ninguna prisa se pueden dejar correr las fantasías entre dos cervezas y una que otra dosis de alguna bebida más cargada. Y se dio cuenta que en ese “… quedarse bebiendo sin ninguna prisa” cualquiera puede llegar a creer en su libertad (así como él mismo ya lo había creído). Y con ternura se recordó de sus pequeños a seguirle los pasos solicitando atención y juegos, de los cuidados y atenciones de su compañera y de la algarabía de todos cuando él regresaba a casa. Pero no era oportuno recordarlos, ellos eran personajes de una historia que amaba pero que por alguna razón lo hacían sentirse viviendo una vida ajena. Y se preguntaba si esa tal vida que añoraba ¿no sería la de estar completamente solo, sin tener más luz que la de sus horas de trabajo y escuchando como única música el ritmo de su propia rutina?

Sonrió. No podía engañarse a sí mismo por mucho tiempo. En su vida nada le había sido impuesto. Por todos lados y en todo, él reconocía el trazo de sus deseos y ambiciones. Ya fuera para sofocar o llenarlo de alegría, sus deseos eran los golpes que tallaron años de un quehacer repleto de ilusiones y principalmente de intencionalidad. Él mismo moldeó las expresiones de este desconocido en el cual ahora se confundía inconforme, pero lleno de sentido.

A un suspirar profundo, una satisfacción aun distante poco a poco le fue ahuyentando el temor de perder el rastro de su tranquilidad, esa presa siempre escurridiza. Marcó en su teléfono celular el número de casa y luego después de esa llamada en la que reconoció el movimiento jovial de antenas que se tienen entre las hormigas, se decidió finalmente a bajarse del autobús en una parada que le hacía sentido. Flexionó los dedos de sus pies como queriendo arrancar de esa prueba de límite, la certeza plena de ser, al menos, un punto de partida. Volvió a colocar sus auriculares, le dio play a “Last Train Home” de Matheny y bajó del autobús.

UN AMANECER ROSADO-GRISÁCEO

En el cuarto de enfrente el niño duerme casi desnudo y de vez en cuando la mirada del hombre se dirige en su dirección alertado por el movimiento de una hoja de periódico, que colgada como está, aletea entre el colchón y el estrado de la cama haciendo al hombre creer que ese movimiento es del niño que despierta y se levanta. Observar el sube y baja de la hoja por la brisa del ventilador le hace pensar como parecen años y no solamente algunos meses los que se han ido desde que el pequeño inició su primer año de escuela y dejó para atrás los días de sábanas mojadas.

Concuerda que es de esa manera, a la vista de un objeto o un detalle aparentemente insignificante, como el de esa hoja de periódico que revolotea desde el estrado de la cama, que las imágenes del pasado se atraviesan frente a nosotros sin una razón aparente ni mucho menos alguna intencionalidad.  Provocado por ese pensamiento el hombre toma del pequeño estante del escritorio en donde está sentado uno de los álbumes fotográficos en donde ojea y observa una a una las escenas que componen varias de las fotografías. Se da cuenta de la infinidad de detalles a los que sólo un ejercicio de atención les podría devolver algo de vida a esos inertes rectángulos de silencio.

En el rincón de una fotografía, salta a la vista el rayón que la bicicleta hizo en la pared por la terquedad del niño que se negó a recibir cualquier ayuda, el pañuelo de tonos rojizos que la mujer adoraba amarrarse alrededor del cuello; en otra fotografía aparece el jarro de cristal que el hombre mismo quebró en una imprudencia de la cual aún hoy, después de tantos años, ese recuerdo lo hace sonrojarse de vergüenza. Y es toda esa narrativa que cada detalle podría atestiguar como parte de la historia de una familia, en una cierta fecha y circunstancia, la que esta noche sorprende al hombre con su locuacidad.

Guiado por ese hilo, uno a uno, en cada detalle de la casa, el hombre se detiene con la mirada en todo lo que lo rodea en esta noche de navidad mientras todos los demás duermen ajenos a su faena: un chal hindú que tirado con descuido apenas oculta los trazos infantiles hechos con bolígrafo en la tapicería del sofá, la blancura de la pared con las manchas de tinta de color ligeramente más opaco que la mujer usó para disimular otros garabatos, una diversidad de juguetes regados por el piso… Y se da cuenta, a tiempo, que esos detalles que menciona, son los mismos en los cuales él siempre se detiene cuando reclama la falta de cuidado con que todos se conducen dentro de la casa. Aun así, ya mencionadas esas faltas de su vida doméstica, estas le parecen pocas y sin importancia y se siente en la lealtad de también lanzar la mirada al árbol de navidad con sus adornos de destellos plateados que vibran inquietos por la luz tenue que les llega de la lámpara de su escritorio de trabajo.

El hombre observa atentamente sobre su escritorio la atractiva lata de té inglés que abriga un manojo de lápices y crayolas de todos los colores. También dirige la mirada al par de enormes ceniceros de cristal, en donde la idea de las colillas de los cigarros retorcidas sobre sus propias cenizas le es completamente inadmisible, pues estos ceniceros son pequeños lagos a transbordar de tornillos, armas miniaturas, sacapuntas, capuchones y todo tipo de piezas que los niños y la mujer acostumbran dejar ahí con la intención de que él los devuelva a los lugares donde pertenecen.

Llega entonces a la conclusión de que todos estos adornos, utensilios de escritorio y menudencias que ocupan los ceniceros posiblemente quedarían relegadas al silencio si pertenecieran a una fotografía de un pasado distante, pero principalmente, si estas fotografías estuvieran en manos de alguien que no las supiera interpretar dado el caso que se tratara de una persona ajena a esa escena del pasado. Nada es más difícil que hacer hablar a una fotografía de la cual no conoces a las personas ni los lugares. Eso, se dice en sus adentros el hombre mientras barre con la mirada su escritorio de trabajo.

Apoyado contra la pared, un poco arriba de los ceniceros, observa el pequeño retrato con “la fotografía de las tres sonrisas”. Como él la llama. Se podría decir que las tres personas que en ella aparecen, bendicen con sus sonrisas esta noche de navidad. Pero el hombre no cree que simplemente le hacen compañía, ya que los tres parecen a la espera de que algo sea dicho. Así que, también a ellos el hombre los interroga con curiosidad y cierta desconfianza.

Siendo uno de los personajes de esa trilogía el hombre se juzga a sí mismo siempre con excesivo rigor cuando se ve allí en aquella pose de patriarca a abrazar a la hermana y a la madre en un gesto que parece más de derecho divino que de afecto. También le parece que en ese momento, frente a la cámara y al fotógrafo, el hombre se olvidó de sus temores sacó el pecho con valentía y en una corta sonrisa y con la barbilla levantada, se tornó todo un cabeza de familia para el eterno presente. Esa frase le parece apropiada para el humor que lo retiene en vigilia a estas horas de la madrugada. En este exacto momento, le parece que entiende a plenitud todo acerca del tiempo: …todo es, mientras vivimos, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos…pero no sabe a quién le ha escuchado esa frase que le suena conocida y un tanto pueril.

La fotografía de las tres sonrisas fue capturada en el reciente viaje a su tierra natal, donde ausente por casi veinte años, él fue recibido a principio con gran novedad, pero al paso de un par de días ya era tratado como si sólo hubiese demorado un poco más de la cuenta yendo a comprar cigarros a la tienda de la esquina. Nadie demostraba tener curiosidad por lo que él vivió en las tierras lejanas, o en que peripecias y circunstancia se convirtió en ese “otro” del que aparentemente nadie quería trabar conocimiento. Él, que por tantos años creyó haberse separado sin remedio de la historia de su ciudad natal y de su infancia, volvía a encajar, o mejor, era acomodado por todos sin ninguna ceremonia en el lugar que le correspondía en aquella ciudad de la eternidad. Ciudad donde no pocas veces tuvo la impresión que hasta los desaparecidos para siempre parecen sentarse a la mesa y participar, no porque su recuerdo sea homenajeado, sino, porque no se les ha permitido que se ausenten.

¿Quién era ese quinceañero que él recuerda caminado solitario con una lata de cerveza negra hurtada a escondidas de su casa? ¿Quién era ese adolescente que vaga por calles en horas tardías de la noche, en búsqueda de un lugar que no le recordase aquello por lo que realmente sentía una gran añoranza en esa noche de navidad: una pertenencia familiar? Ese recuerdo que hasta hoy, veinte años después se le hace un nudo en la garganta, aún en medio de la alegría de sus propios hijos y de la mujer, en que su vida ahora está amarrada a plenitud.

Pero uno de sus amigos más cercanos rio cuando le escuchó hacer la pregunta: Contame, ¿quién era yo en aquella época? El amigo sonrió divertido con la pregunta y dijo, ¡Continuas el mismo, sólo a vos se te ocurriría preguntar una cosa de esas! Y ante la insistencia, el amigo añadió realmente atento con su propia sinceridad …Vos no parecías estar muy atado a nosotros, al final, fuiste tú quien decidió alejarse de tu familia y de tus amigos para terminar los estudios, sin que aquello fuera un mínimo necesario, en un país tan lejano y distante que sólo a ti se te podría ocurrir.

A esas historias que “el retrato de las tres sonrisas” le acabaron de contar, el hombre se estremece al presentir el discreto hilo que recorre las épocas de su vida, esa delicada línea que se insinúa como única justificativa para el tiempo ya vivido. Y con curiosidad, continua a recorrer con la mirada las esquinas y los rincones de la casa que abriga el sueño de la mujer y de los niños, y que de la misma forma que el retrato de las tres sonrisas, le hacen silenciosa compañía.

Él se siente en pleno derecho de ser el que puede interrogar a todos los detalles a su alrededor, pues se dice a sí mismo: “… solamente quien está en ritmo de espera se da el derecho de exigir sin escrúpulos, que todo a su alrededor le diga lo que está por venir”. Y en ese momento, tuvo muy clara la idea del porqué su fascinación en quedarse ciertas noches observando en los bares de los alrededores el movimiento de las putas que por allí hacen sus ofertas en cortas invitaciones, y en las cuales un oído o una mirada atenta, pueden percibir la lucha que ellas traban para dominar a su enemigo más despiadado: la espera. Para ellas, el hombre tímido, el sádico o el vulgar, son llevaderos; son aquello por lo que la puta se puede manifestar y ejercer. Puede, si le apetece, hasta definirse a sí misma. Sin ellos, no es nada, sólo una espera impaciente, una sombra perseguida por el humillante riesgo de volver a casa sin siquiera la seguridad de haber estado allí callejeando para algo de provecho.

Ese “estar allí para alguna cosa” que el hombre ahora tamborilea con la punta de los dedos sobre el escritorio de trabajo mientras que su pierna marca el ritmo frenético de la impaciencia. Él sabe que esta noche no pasa de una trampa montada por el sentimiento de estar a la espera. Idea que a veces lo asusta y que no es, sino, la conciencia de que en la vida todo es saber dominar la espera misma. No perder el valor incalculable del presente, esa es la consigna. Un presente que muchas veces se desvaloriza por la aplastante duda que impone el devenir incierto del mañana y por la poca fiabilidad en nuestro pasado. De allí, la necesidad imperiosa de conjurar una y otra vez a este presente absoluto.

Esta noche, él se ha dejado atrapar. En este preciso momento, la sensación de estar a la espera de algo en la vida lo lleva a ampararse desesperadamente en los detalles a su alrededor. Pues esos detalles son los únicos que él puede usar como pruebas contundentes de que él y su existencia, no han sido solamente productos de los diablillos del insomnio, pero si, algo que se pueda muy bien juntar a los apacibles sueños de sus seres queridos, del roncar estridente de la motocicleta del vecino, del trinar de los primeros pájaros de esta madrugada que despunta solitaria en un cielo rosado-grisáceo.

LOS CUIDADOS DEL JARDINERO

             

Desde el lugar en donde está sentado, puede apreciar la espaciosa área del patio de la casa extenderse hasta el borde de la ladera arborizada de altos pinos. Él, los rosales, las colas de ardilla y el matorral al fondo están inmersos en un desvanecimiento de ensueño y en el zumbido chillón de una motosierra encajonada por la distancia. Apenas y se da cuenta que quedarse sentado entretenido entre la eterna despedida de los árboles que se mecen con la brisa, hace que todo a su alrededor ondule en una apacible indiferencia.

Bajó su cabeza hacia la parte derecha de su cuerpo hasta alcanzar el hombro con la boca, y tocando su piel con los labios, sintió el penetrante olor a sudor de su axila a devolverle su cuerpo, como si de este se hubiera olvidado por años. Era como si después de haber abrazado la tierra y su música de viento, ese breve beso le recordaba su inacabada faena en el jardín, de la que aún permanece en sus manos resecadas, la aspereza de la tierra y los insignificantes cortes sobre el brazo por las espinas de los rosales.

Su lengua se inquietó, pero él no se levantó. Decidió continuar sentado y entregarse nuevamente a aquella indiferencia de sí mismo vertida sobre aquel escenario amodorrado y provinciano. Pero sin obtener el resultado que esperaba, pues ya no regresó al anterior estado de ensueño, buscó que al menos el final de aquellos instantes se dieran en una satisfacción cualquier; y dejándose llevar por lo más fácil, su mano recorrió la pierna dejando que las puntas de sus dedos se entretuvieran en el relieve de su sexo. Encontró graciosa la escena de un hombre que se acaricia, pues le pareció mil veces menos gracioso que la manera en que lo hace una mujer. 

Sólo entonces, y talvez como resultado de esos pensamientos, pasó a distinguir claramente en el fondo del patio, la cerca de madera (antes invisible) que separa el patio de la casa y la ladera arborizada, y detuvo su mirada en las herramientas (que ahora le parecían tiradas ahí por descuido) que había abandonado en medio del jardín.

Se levantó, entró en la casa y bebiendo agua a grandes tragos, observó desde la puerta de la cocina la cintura y las piernas de la mujer que estaban atractivamente ceñidos por el ajustado short de gimnasia azul marino. Ella esta entretenida en acomodar los libros y los CDs de una cierta manera, bajo una lógica que no hace caso de abecedarios, de autores, ni de estilos, y que él sabe muy bien, que esa lógica disparatada, solamente obedece a una configuración de artistas y escritores que sencillamente ella cree que merecen un poco más de su atención que otros, o porque simplemente los había ignorado durante demasiado tiempo.

Él observa atento como ella levanta columnas de Cds y de libros a su alrededor para luego acomodarlos en las estanterías. Como parte indispensable de la tarea, ella balanza el cuerpo sobre las piernas dobladas, medio arrodillada, subiendo y bajando aquel par de maravillosas nalgas de una manera suave pero continua. Ella esta ajena a la mirada del jardinero que, incrédulo, se sorprende de estar en presencia de lo que considera un raro capricho del acaso, pués los movimientos de la mujer parecen acompañar no sólo la línea melódica del concierto para piano que toca en el CD player, sino también que por instantes sus movimientos trazan una coreografía bien sincronizada con el zumbido de la motosierra que aún persiste en la distancia.

En la redondez de las nalgas, en la firmeza de las piernas, en el talle de la cintura anticipando las caderas; enfin, en cada detalle del cuerpo de la mujer, él reconoce imágenes escogidas a dedo por su memoria. En las caderas encuentra a la “Joven virgen autosodomizada por los cuernos de su propia castidad” que se apoya en la ventana ajena a las miradas de su amante; o bien, parece ser la composición de las torneadas piernas de Juanita, que el brujo venezolano decidió llamar cándidamente de “Desnudo con frutos y flores” . O quién sabe, y en ese momento el jardinero sonríe con picardía, al empuje de ese juego de piernas y ausencia de malicia, ya se vendrían oportunos los más inquietantes párrafos de “Ciclismo en Grignan” en donde el disimulado pero insistente sube y baja de una adolescente sobre el lustroso asiento de cuero de una bicicleta, construyen toda una trama, igualmente amodorrada y pueblerina.

Con su abrazo, el jardinero rodea la cintura de la mujer. Con sus labios juega con el vello de su nuca, responde a la pregunta diciendo que el jardín esta quedando un completo acuario, y sintiéndose en el derecho de anticipar la recompensa que la mujer le prometió para cuando el trabajo ya estuviera finalizado, el jardinero la conduce suavemente a su lado y se acuesta junto con ella sobre el suelo de la sala. Las columnas de libros y de Cds van cayendo una tras otra sin ningún alarde mientras los dos se acomodan sobre la alfombra. 

De esa manera, el cuerpo del jardinero se deja mimar por el movimiento gracioso y gentil de la mujer, hasta que las notas del Arabesque op. 21 n°1, de Schumann salen del más absoluto caos en hondonadas cada vez más abundantes. Luego de la pausa, el jardinero y la mujer desfallecen al abrigo de las decenas de Cds y varios tomos de libros que traslapando sus portadas en la caída, parecen albergar a los amantes en su interior, como flores de una pintoresca ofrenda.

Mientras el agua se entretiene apenas con diminutas burbujas en el fondo de la tetera, el jardinero reconoce desde la ventana de la cocina, los efectos de su trabajo en el amplio patio trasero de la casa. Sale de esa contemplación solamente para darse cuenta, lo que le produce un destello de buen humor, la inesperada facilidad con la que él y la mujer habían retomado cada quién sus tareas después del repentino amor. En el fondo, daría cualquier cosa por saber lo que ella estaría pensando de aquel mundano cuerpo a cuerpo que irrumpió en medio del quehacer casi monástico en que los dos estuvieran tan entregados; y que para él, había sido un dirigirse a ciegas en busca de una completa disolución de su conciencia, darle movimiento a su necesidad de pertenecer por completo, de disolverse, ni que fuese por una pequeña eternidad, en la belleza de la mujer.

Sirvió una taza de té solamente para ella y entró a la ducha. Desconfiado, enfrentó la imagen impredecible de su propio rostro en el espejo. Pero sin siquier haber decidido en serio lo de tomarse un baño, desnudo, él atravesó la sala, se aferró frágil y tierno al cuerpo de la mujer. Le habló con el mismo tono que había aprendido con el vaivén de los pinos. La mujer lo atrajo hacia su regazo y enredó su dedo índice en los mechones de pelo que caían sobre la frente del jardinero. Allá afuera, el atardecer acabó por silenciar la motosierra e hizo desaparecer en la penumbra, el cercado que separa el patio de la ladera vecina y las herramientas olvidadas en el medio del jardín.

UNA MANO QUE SE DESPIDE A LO LEJOS

Sé muy bien que es inútil abrir y cerrar los ojos con la esperanza de que todo lo que me rodea desaparezca como por un fácil apretar del off en el control de la televisión. Continúo aquí, en la terminal de autobuses, con mis codos apoyados en el aluminio frío de la baranda que divide la sala de espera y los corredores con los portones numerados de abordar los autobuses. Y me doy cuenta, muy a mi pesar, que una vez mas en mi vida estoy a la espera. Que la vida, talvez sea una gran espera.

En el andén numero cinco, ella ya entró con aquel exagerado aire de independencia que tanto me irrita. Y ya que su partida es inevitable, quería solamente que esta rabia no estuviera tan contenida a punto de llevarme a dudar, si de hecho soy yo, esta misma persona que espera y calla llena de un bien justificado resentimiento.

Aún pediría – ¿quién sabe si puedo llegar un poco más lejos anticipando lo que se viene en breves minutos? – que mi sobresalto por el arranque y aceleración a cada autobús que parte de la terminal, consigan empujarme de una vez por todas a la escena de desesperación en la que estoy lista a entregarme sin ningún pudor, casi con desfachatez. Todo, para hacerla sentir que es a ella a quien pertenece toda la responsabilidad por toda nuestra distancia, por mi tristeza y por su partida.

Ella, ya está en la fila esperando su turno de abordar y entregar su boleto al motorista que esta al lado de la puerta del autobús recibiendo a los pasajeros y examinando el equipaje. Llegado su turno, revisa dos o tres veces los bolsillos de su abrigo con impaciencia, lo que me lleva a reaccionar revolviendo los papeles dentro de mi cartera ante la posibilidad de que el boleto se haya quedado conmigo. Haciendome creer, durante breves segundos, que de hecho le soy indispensable. Colocándome irónicamente en ese papel de omnipresente y sabelotoda, que yo, por mi parte, acepto sin dudar ni por un minuto y del que ella saca tanto provecho para provocarme con sus comentarios burlones.

Pero pasado el susto, el cuerpo se recompone, y ella ya se habrá acomodado en el asiento diecisiete, a la derecha, al lado de la ventana donde no será incomodada por las luces que cortan las noches en las carreteras – ¡Lo mismo me da cualquier lugar, no sé porque siempre complicas todo! – Ella reclamó con hastió frente a la boletaría cuando compramos el pasaje. Pero seguramente olvidó que durante el viaje de su última visita, mientras intentaba dormir en los asientos del lado izquierdo, el vaivén del tráfico la forzaba a abrir los párpados a cada farolazo de los automóviles que se precipitaban en sentido contrario enmedio a la completa oscuridad.

¿Porque se me hace tan fácil prever lo obvio que a ella se le escapa acerca de sí misma, y que ayer por la tarde me llevo a solicitar frente a la ventanilla un lugar al lado derecho del autobús, todo para hacerle el viaje menos pesado?

Esos detalles, o mis mezquindades, como ella los llama, acaban con su paciencia porque cree que lo que pretendo al dar muestras de ese cuidado inmenso, es alardear de un amor que no tiene igual. Cuando realmente para ella ese amor no es nada más que una cursi, falsa e inaceptable actitud de querer controlar todo.

Que en el fondo lo único que pretendo es pintar el mundo de complicado o peligroso con la única intención de interpretar, hasta su mínimo gesto, como siendo torpes descuidos . Esas son las palabras con las que ella siempre se defiende y que pronuncia junto con un brusco pero atractivo acomodar de sus lentes de sol de aros un tanto masculinos para su rostro. Esos lentes de aviador que ella prefirió usar en lugar de los que le dí como regalo y que ella consideró demasiados… ¡señorita fresa! Según su irritada opinión.

En cambio, para mí, como para cualquier otra persona en la misma situación, mis mezquindades son la prueba irrefutable de que nadie en el mundo sabrá más acerca de ella que yo. Pues soy la prueba incontestable de que nada de lo mejor que el mundo le pudo ofrecer hasta ahora, siquiera y llegará a ser la sombra de lo que ha recibido de mi, y que ella tanto se niega aceptar.

Pero sus acusaciones y reclamos acaban, al final de cuentas, por dejarme en mis adentros bien humorada y satisfecha. Porque en esas acusaciones presiento la llegada de ese instante en que su boca, como concentrando toda la juventud de la que es capáz, hará aflorar su rabia y su insolencia;  poniéndome a prueba, queriendo que ante ese enojo yo cambie mi apocado papel de madre resentida por el de una vigorosa autoridad que esta siendo cuestionada con atrevimiento y que cuando se siente arrinconada, no se le ocurre nada mejor que exigir respeto.

Nada le vendría más oportuno que ese cambio de actitud mucho mas autoritario de mi parte. De esa manera, le bastaría ese desliz para justificar su desconfianza para conmigo y mantenerse a cautelosa distancia en su exclusivo mundo personal. 

Pero hay que saber esperar. Solamente tengo que tener paciencia hasta que el buen humor venza esa maliciosa provocación y ella termine por dibujar una sonrisa, esa sonrisa que todo lo hace posible, y que luego a seguir añada con gracioso auto control: ¡Olvídalo, a vos no se te puede poner contenta por más piruetas que yo haga! ¡Mamá, tú sabes que ya es casi una ley universal que no podemos pasar más de un par de semanas juntas, o este amor nos va a acabar matando a las dos! Y luego, verla lanzar una carcajada de dar gusto a la mas provocada y resentida de las madres.

Ella tiene razón, un par de semanas fueron suficientes para transformarme de nuevo en este personaje demandante y lastimado. Y pienso, no sin una cierta inquietud, que en el fondo estoy ansiosa para que ella se vaya. Que talvez toda esta incompatibilidad no pasa de un ardid montado por mí misma para empujarla lejos de mi lado y poder quedarme a solas recordándola a mis anchas, sin tener que pagar un precio demasiado alto al tenerla a mi lado, viva, inquieta, ajena y peor aún, con sus propios sueños y su propia felicidad.

Quedarme nuevamente a solas, limitándome a añorar algo que, talvez y ella tenga la razón, solamente sea un mito, algo que nunca existió verdaderamente: una madre con amor y dedicación a toda prueba por su hija. Quedarme nuevamente a solas seria una situación perfectamente cómoda y tolerable donde su presencia, la presencia de mi pretenciosa hija, estará completamente sometida y dócil. Donde yo posea, en fin, la iniciativa de perseguir la idea que puedo construir a mis anchas con su ausencia.

¿Pero, por qué pienso de esa manera? ¿No soy yo la madre caprichosa que siempre se ha resentido por la falta de reconocimiento por mi dedicación y cariño?

El estremecimiento que me causa semejante pensamiento se confunde con mi sobresalto por el estridente roncar acelerado del autobús que arranca y acelera alejándola de mí no sé por cuánto tiempo, y en el que apenas distingo a lo lejos, en una escena tan fugaz que muy bien podría haber sido un mirage, un anónimo saludo de manos que sale a través de una de las ventanas del autobús que se aleja.

 Gesto de despedida que como una suave bofetada me inunda de sensaciones y recuerdos, pero que para mi sorpresa, es correspondido también por el grupo de personas donde me encuentro diluida en un sentimiento incómodo de anónima colectividad.

No soy la única. Somos los que se despiden reunidos en la misma baranda que divide la sala de espera y los corredores con las puertas de abordar de las terminales de autobús. Para todos nosotros, un último premio de consolación para nuestro aturdimiento sentimental: Una mano que se despide a lo lejos.