MAPAS, RUTAS, Y EL MITO DE LA LIBERTAD

Fue simplemente pensar en bajar del autobús y su cuerpo se armó en un sobresalto al que rápido respondió pasándose la mano por la nuca. La verdad, es que no tenía ninguna prisa, se podía quedar sentado en su lugar unas cuadras más, pues daría lo mismo que se bajara cerca del Mercado Central con el cementerio de Los Ilustres enfrente, o mucho más al norte, cerca del olvidado cine España y las ventas de libros usados que doblan la esquina. A final de cuentas, ya era el centro de la ciudad, ese centro que de tan suyo parecía siempre de par en par, desfachatadamente ofrecido.

Se quedó aguardando las siguientes paradas a la espera de algún lugar donde se sintiera a gusto para recomenzar ese camino que aún no tenía ni ruta, ni destino. Pero eso sí, si le fuese dada la oportunidad de escoger, no dudaría en quedarse con una de sus escenas favoritas. Esas escenas que de acuerdo a su “soñar despierto”, lo transformarían a él junto con la ciudad en algo tan armonioso y ameno que realmente era difícil que no le viniera a la memoria “It’s Oh So Quiet” de Bjork, que cuenta la vida de una manera muy semejante a como él la entendía.

Mejor que uno de esos “soñar despierto”, sería la entrada al autobús de una mujer que a un ligero balancear de cabellos le preguntara por la fecha del día y que, a seguir de una breve plática, terminara por invitarlo a sentarse en uno de los pequeños y luminosos chalets de licuados de frutas y batidos energizantes de la 4ta Av. Sur, o a cualquiera de los tradicionales billares por los alrededores de La Plaza Libertad.

Sólo con una escena así, él perdería el ritmo tirano del ajetreo a su alrededor y todas las calles parecerían guardar distancia al oír la voz y ver el suave movimiento de los labios de la mujer. De esa manera suave y difuminada, se iría perdiendo el ruido del tránsito y daría entrada a “Are You Going With Me” de Pat Matheny. Repentinamente él se volteó y lanzó su mirada a lo largo del corredor del autobús, pero ella no estaba, solamente acompaño con la mirada el movimiento de un muchacho que le ofreció su asiento a un viejo que se acomodó agradecido en una caída insignificante.

En la estreches de las calles amontonadas de ventas que le dan un aire a Bangkok o del Zoco de Marrakech, como también en las fachadas de edificios repellados por capas y más capas de hollín y güistes que dejan a su paso los terremotos y las guerras, en todas esas señales, se presentía la proximidad del mero centro de la ciudad; y él notó, que sentado de aquella manera tenía un aire displicente como solamente se esperaría de un anciano. Como ahorrando esfuerzos, sin esperar nada, observando con indiferencia o mejor, sin ni siquiera mirar, sino soñar.

Él soñaba despierto, pero no armando el rompecabezas de su pasado. Era talvez lo único que podría diferenciarlo de un anciano. Sus ilusiones y sus sueños no lloriqueaban por recuperar un tiempo perdido que ahora no parecería más que un sueño. Por el contrario, su soñar despierto eran las exigencias de un presente que, por alguna razón, ni él ni la vida se ponían de acuerdo para realizar en común; y que, a la larga, acababan pareciendo un instante místico que se puede convocar en el aquí y ahora, a la manera de una especie de conjuro. Pero después de esas repentinas exigencias, sólo le restaba el abandono a una gran resignación y a una vaga desilusión por sentir que su vida estaba ya concluida, sin que le sobrase nada más a esperar.

En esos momentos él se preguntaba si restaría algo en que todavía se podría creer, un proyecto que pudiera llevar adelante y que no fueran solamente esas impulsivas ganas de que algo gigantesco y contundente, como una ola, viniera a arrastrar, de una vez por todas, con lo que él insistía irónicamente en llamar de “su vida”. Algo tan implacable y devastador que solo podría ser la arrolladora ola del futuro.

Pero, la oportuna bofetada de la brisa que entró por la ventana del autobús le desarmó la dura expresión del rostro. Dejó que la brisa lo despeinara y lo acorralara a fuerza de ruidos y olores que le lanzaba desde fuera del autobús: Alabanzas cristianas al son de música rural, carcajadas descontraídas y gritos infantiles, a dólar a dólar la uva cholotona, la licha a docena por la cora, ¿que busca mi amor? Y él, bajo aquella guacalada de realidad, permanecía de ojos cerrados, imaginando estar aburrido por los pregones de siempre, por el mismo olor a alcantarilla tapada, a elote asado y café. Pero él, tranquilo, sin saber si se decidía, o no, a aceptar la sonrisa que le nacía por los cantos de la boca y que parecía querer cambiarle el rumbo a la plática que se traía con su intimidad.

Continuó en su asiento. Empeñado en su indiferencia. Los ojos semicerrados en un deliberado acto de necedad porque no quería dejarse vencer por el buen humor que le imponía el aire tibio de la brisa; pues a esa altura, ya le parecía que estaba siendo manoseado por las hábiles manos de una puta barata pero atractiva y juguetona. Una putia extravagante vestida con blusa de a tres dólares y maquillaje y bisutería de a dos coras, pero que se ve preciosa. Una puta que ha decidido quedarse con él, y que, sin grandes titubeos, despliega todos sus encantos decidida a no permitir que él se esconda tras sus pucheros de sujeto exigente y amargado que insiste en no querer que la vida sea ese sencillo acto de humor y placer de a cinco pesos la pieza para el rato.

El centro de la ciudad con su ir y venir y su compacto rugido de tránsito, se impuso alegre al último desanimo de su expresión, pero no se bajó del autobús. Se imaginó yendo y viniendo entre los gritos de los vendedores de la calle, fotografiando sólo con rápidas miradas el sin fin de babosaditas chinas sobre los canastos.

Con un paso apresado, del que no había ninguna necesidad, se adelantaría a los caminantes más lentos y se orientaría con el flujo de la multitud de transeúntes como que en un secreto y común acuerdo: estar trazando destino por esas calles; aunque al final de cuentas, estas calles casi siempre nos lleven a puertos de mala muerte obligándonos a regatear el precio de tercera clase y a  aceptar itinerarios y rutas que necesitan ser definidas y redefinidas a diario con grandes dificultades y dudas.

Sonrió. Sonreía de ese cuadro de la vida en la ciudad que había esbozado rápida y maliciosamente, pero que no por eso era fantasioso o impreciso; pues, de esa manera dibujada, la ciudad emergía como el mapa en relieve sobre el cual durante años él venía trazando las coordenadas de su frágil día a día. Más una vez Björk le vino a la memoria con su video Bachelorette.  

El lejano recuerdo de su propia imagen en la caja de la agencia bancaria, de la lluvia, de los instantes de duda a la puerta de salida y el encaminarse hacia una dirección cualquiera debajo de su enorme paraguas. Ese paraguas que en su indomable apariencia le parecía estar denunciando a gritos aquello que él mantenía siempre en silencio: su total ausencia de complicidad con esa torpe prisa de las personas por ganarse la vida con alguna ventaja, pues en verdad, esa prisa no quiere precipitar el futuro, porque en sus adentros, a este le tienen un miedo mayor que a cualquier insatisfacción del presente.

Finalmente, después de varias cuadras recorridas dentro del centro de la ciudad, acabo por no recibir del alboroto de la multitud en las calles, el ánimo suficiente como para decidirse a bajar del autobús que ya comenzaba su recorrido de regreso sobre la misma ruta ahora en dirección poniente. Él, se quedó en su asiento aliviado, como solamente lo estaría alguien que después de pasar por las incomodas formalidades en la aduana de alguna frontera, entraba aliviado al país de destino.

A partir de ahora, si bajase en una de las paradas siguientes cerca de la universidad, y si caminase algunas cuadras, tendría el centro comercial y un buen número de bares en que sin ninguna prisa se pueden dejar correr las fantasías entre dos cervezas y una que otra dosis de alguna bebida más cargada. Y se dio cuenta que en ese “… quedarse bebiendo sin ninguna prisa” cualquiera puede llegar a creer en su libertad (así como él mismo ya lo había creído). Y con ternura se recordó de sus pequeños a seguirle los pasos solicitando atención y juegos, de los cuidados y atenciones de su compañera y de la algarabía de todos cuando él regresaba a casa. Pero no era oportuno recordarlos, ellos eran personajes de una historia que amaba pero que por alguna razón lo hacían sentirse viviendo una vida ajena. Y se preguntaba si esa tal vida que añoraba ¿no sería la de estar completamente solo, sin tener más luz que la de sus horas de trabajo y escuchando como única música el ritmo de su propia rutina?

Sonrió. No podía engañarse a sí mismo por mucho tiempo. En su vida nada le había sido impuesto. Por todos lados y en todo, él reconocía el trazo de sus deseos y ambiciones. Ya fuera para sofocar o llenarlo de alegría, sus deseos eran los golpes que tallaron años de un quehacer repleto de ilusiones y principalmente de intencionalidad. Él mismo moldeó las expresiones de este desconocido en el cual ahora se confundía inconforme, pero lleno de sentido.

A un suspirar profundo, una satisfacción aun distante poco a poco le fue ahuyentando el temor de perder el rastro de su tranquilidad, esa presa siempre escurridiza. Marcó en su teléfono celular el número de casa y luego después de esa llamada en la que reconoció el movimiento jovial de antenas que se tienen entre las hormigas, se decidió finalmente a bajarse del autobús en una parada que le hacía sentido. Flexionó los dedos de sus pies como queriendo arrancar de esa prueba de límite, la certeza plena de ser, al menos, un punto de partida. Volvió a colocar sus auriculares, le dio play a “Last Train Home” de Matheny y bajó del autobús.

Autor: Joel Barraza

Mi relación con las letras y la literatura tomó camino cuando ingresé a quinto grado de un colegio privado en donde yo no era ninguna lumbrera. El profesor Henríquez tuvo la brillante idea de promover un concurso de “Recitar un poema” y mi abuela decidió que había llegado el momento de ondear el blasón familiar. Fui un éxito, relativo, pués nada es más inusual que a la edad de diez años recites un poema quilométrico adornado de gestos propios del oficio. A los catorce años leí de Hesse dos obras, El Lobo de las Estepas y Demian. A los diecisiete años sufrí al leer aquellas palabras sin sentido salidas de mi propia mano, y que habían plasmado, sin querer queriendo, mi descalabro mental en términos de literatura. Más precavido pero igualmente aventado, Lo intenté nuevamente a los veintiuno. Ataque el cuaderno con frases tan demoledoras como “El infinito pesar de lo inefable”... no eran más que las desesperadas ganas de reconocimiento que tiene la juventud. A los treinta años, ya me sentía todo un Joel Barraza y lo tomé a pecho. Me senté hasta lograr algo para exponer a la mirada ajena. No pasó nada. Pero a partir de entonces, todo fue oficio, es decir: paciencia, atención y tiempo. Habia pués, llegado a los cuarenta. En la actualidad, me dedico siempre que puedo a escribir lo que me emociona de mi entorno, lo que me mueve en mi imaginación y ambición. Pero ahora, tenemos internet y existen plataformas sociales y además tenemos Blogs. Han pasado cuarenta años desde aquellas mis primeras letras. Mi nombre es Joel Barraza, pasen adelante, gracias por venir, la mesa está servida.

2 opiniones en “MAPAS, RUTAS, Y EL MITO DE LA LIBERTAD”

  1. Excelente nota para reflexionar que es uno mismo el que siempre esta detras de las decisiones, para bien o para mal, cada uno decide como actuar con los eventos que se presentan, y mas importante aun, uno mismo decide como afrontar el dia a dia. Saber esto toma toda una vida, asi que gracias por el consejo, servira muy bien a los propositos de este año (y los venideros)

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