UNA MANO QUE SE DESPIDE A LO LEJOS

Sé muy bien que es inútil abrir y cerrar los ojos con la esperanza de que todo lo que me rodea desaparezca como por un fácil apretar del off en el control de la televisión. Continúo aquí, en la terminal de autobuses, con mis codos apoyados en el aluminio frío de la baranda que divide la sala de espera y los corredores con los portones numerados de abordar los autobuses. Y me doy cuenta, muy a mi pesar, que una vez mas en mi vida estoy a la espera. Que la vida, talvez sea una gran espera.

En el andén numero cinco, ella ya entró con aquel exagerado aire de independencia que tanto me irrita. Y ya que su partida es inevitable, quería solamente que esta rabia no estuviera tan contenida a punto de llevarme a dudar, si de hecho soy yo, esta misma persona que espera y calla llena de un bien justificado resentimiento.

Aún pediría – ¿quién sabe si puedo llegar un poco más lejos anticipando lo que se viene en breves minutos? – que mi sobresalto por el arranque y aceleración a cada autobús que parte de la terminal, consigan empujarme de una vez por todas a la escena de desesperación en la que estoy lista a entregarme sin ningún pudor, casi con desfachatez. Todo, para hacerla sentir que es a ella a quien pertenece toda la responsabilidad por toda nuestra distancia, por mi tristeza y por su partida.

Ella, ya está en la fila esperando su turno de abordar y entregar su boleto al motorista que esta al lado de la puerta del autobús recibiendo a los pasajeros y examinando el equipaje. Llegado su turno, revisa dos o tres veces los bolsillos de su abrigo con impaciencia, lo que me lleva a reaccionar revolviendo los papeles dentro de mi cartera ante la posibilidad de que el boleto se haya quedado conmigo. Haciendome creer, durante breves segundos, que de hecho le soy indispensable. Colocándome irónicamente en ese papel de omnipresente y sabelotoda, que yo, por mi parte, acepto sin dudar ni por un minuto y del que ella saca tanto provecho para provocarme con sus comentarios burlones.

Pero pasado el susto, el cuerpo se recompone, y ella ya se habrá acomodado en el asiento diecisiete, a la derecha, al lado de la ventana donde no será incomodada por las luces que cortan las noches en las carreteras – ¡Lo mismo me da cualquier lugar, no sé porque siempre complicas todo! – Ella reclamó con hastió frente a la boletaría cuando compramos el pasaje. Pero seguramente olvidó que durante el viaje de su última visita, mientras intentaba dormir en los asientos del lado izquierdo, el vaivén del tráfico la forzaba a abrir los párpados a cada farolazo de los automóviles que se precipitaban en sentido contrario enmedio a la completa oscuridad.

¿Porque se me hace tan fácil prever lo obvio que a ella se le escapa acerca de sí misma, y que ayer por la tarde me llevo a solicitar frente a la ventanilla un lugar al lado derecho del autobús, todo para hacerle el viaje menos pesado?

Esos detalles, o mis mezquindades, como ella los llama, acaban con su paciencia porque cree que lo que pretendo al dar muestras de ese cuidado inmenso, es alardear de un amor que no tiene igual. Cuando realmente para ella ese amor no es nada más que una cursi, falsa e inaceptable actitud de querer controlar todo.

Que en el fondo lo único que pretendo es pintar el mundo de complicado o peligroso con la única intención de interpretar, hasta su mínimo gesto, como siendo torpes descuidos . Esas son las palabras con las que ella siempre se defiende y que pronuncia junto con un brusco pero atractivo acomodar de sus lentes de sol de aros un tanto masculinos para su rostro. Esos lentes de aviador que ella prefirió usar en lugar de los que le dí como regalo y que ella consideró demasiados… ¡señorita fresa! Según su irritada opinión.

En cambio, para mí, como para cualquier otra persona en la misma situación, mis mezquindades son la prueba irrefutable de que nadie en el mundo sabrá más acerca de ella que yo. Pues soy la prueba incontestable de que nada de lo mejor que el mundo le pudo ofrecer hasta ahora, siquiera y llegará a ser la sombra de lo que ha recibido de mi, y que ella tanto se niega aceptar.

Pero sus acusaciones y reclamos acaban, al final de cuentas, por dejarme en mis adentros bien humorada y satisfecha. Porque en esas acusaciones presiento la llegada de ese instante en que su boca, como concentrando toda la juventud de la que es capáz, hará aflorar su rabia y su insolencia;  poniéndome a prueba, queriendo que ante ese enojo yo cambie mi apocado papel de madre resentida por el de una vigorosa autoridad que esta siendo cuestionada con atrevimiento y que cuando se siente arrinconada, no se le ocurre nada mejor que exigir respeto.

Nada le vendría más oportuno que ese cambio de actitud mucho mas autoritario de mi parte. De esa manera, le bastaría ese desliz para justificar su desconfianza para conmigo y mantenerse a cautelosa distancia en su exclusivo mundo personal. 

Pero hay que saber esperar. Solamente tengo que tener paciencia hasta que el buen humor venza esa maliciosa provocación y ella termine por dibujar una sonrisa, esa sonrisa que todo lo hace posible, y que luego a seguir añada con gracioso auto control: ¡Olvídalo, a vos no se te puede poner contenta por más piruetas que yo haga! ¡Mamá, tú sabes que ya es casi una ley universal que no podemos pasar más de un par de semanas juntas, o este amor nos va a acabar matando a las dos! Y luego, verla lanzar una carcajada de dar gusto a la mas provocada y resentida de las madres.

Ella tiene razón, un par de semanas fueron suficientes para transformarme de nuevo en este personaje demandante y lastimado. Y pienso, no sin una cierta inquietud, que en el fondo estoy ansiosa para que ella se vaya. Que talvez toda esta incompatibilidad no pasa de un ardid montado por mí misma para empujarla lejos de mi lado y poder quedarme a solas recordándola a mis anchas, sin tener que pagar un precio demasiado alto al tenerla a mi lado, viva, inquieta, ajena y peor aún, con sus propios sueños y su propia felicidad.

Quedarme nuevamente a solas, limitándome a añorar algo que, talvez y ella tenga la razón, solamente sea un mito, algo que nunca existió verdaderamente: una madre con amor y dedicación a toda prueba por su hija. Quedarme nuevamente a solas seria una situación perfectamente cómoda y tolerable donde su presencia, la presencia de mi pretenciosa hija, estará completamente sometida y dócil. Donde yo posea, en fin, la iniciativa de perseguir la idea que puedo construir a mis anchas con su ausencia.

¿Pero, por qué pienso de esa manera? ¿No soy yo la madre caprichosa que siempre se ha resentido por la falta de reconocimiento por mi dedicación y cariño?

El estremecimiento que me causa semejante pensamiento se confunde con mi sobresalto por el estridente roncar acelerado del autobús que arranca y acelera alejándola de mí no sé por cuánto tiempo, y en el que apenas distingo a lo lejos, en una escena tan fugaz que muy bien podría haber sido un mirage, un anónimo saludo de manos que sale a través de una de las ventanas del autobús que se aleja.

 Gesto de despedida que como una suave bofetada me inunda de sensaciones y recuerdos, pero que para mi sorpresa, es correspondido también por el grupo de personas donde me encuentro diluida en un sentimiento incómodo de anónima colectividad.

No soy la única. Somos los que se despiden reunidos en la misma baranda que divide la sala de espera y los corredores con las puertas de abordar de las terminales de autobús. Para todos nosotros, un último premio de consolación para nuestro aturdimiento sentimental: Una mano que se despide a lo lejos.

Autor: Joel Barraza

Mi relación con las letras y la literatura tomó camino cuando ingresé a quinto grado de un colegio privado en donde yo no era ninguna lumbrera. El profesor Henríquez tuvo la brillante idea de promover un concurso de “Recitar un poema” y mi abuela decidió que había llegado el momento de ondear el blasón familiar. Fui un éxito, relativo, pués nada es más inusual que a la edad de diez años recites un poema quilométrico adornado de gestos propios del oficio. A los catorce años leí de Hesse dos obras, El Lobo de las Estepas y Demian. A los diecisiete años sufrí al leer aquellas palabras sin sentido salidas de mi propia mano, y que habían plasmado, sin querer queriendo, mi descalabro mental en términos de literatura. Más precavido pero igualmente aventado, Lo intenté nuevamente a los veintiuno. Ataque el cuaderno con frases tan demoledoras como “El infinito pesar de lo inefable”... no eran más que las desesperadas ganas de reconocimiento que tiene la juventud. A los treinta años, ya me sentía todo un Joel Barraza y lo tomé a pecho. Me senté hasta lograr algo para exponer a la mirada ajena. No pasó nada. Pero a partir de entonces, todo fue oficio, es decir: paciencia, atención y tiempo. Habia pués, llegado a los cuarenta. En la actualidad, me dedico siempre que puedo a escribir lo que me emociona de mi entorno, lo que me mueve en mi imaginación y ambición. Pero ahora, tenemos internet y existen plataformas sociales y además tenemos Blogs. Han pasado cuarenta años desde aquellas mis primeras letras. Mi nombre es Joel Barraza, pasen adelante, gracias por venir, la mesa está servida.

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