LOS CUIDADOS DEL JARDINERO

             

Desde el lugar en donde está sentado, puede apreciar la espaciosa área del patio de la casa extenderse hasta el borde de la ladera arborizada de altos pinos. Él, los rosales, las colas de ardilla y el matorral al fondo están inmersos en un desvanecimiento de ensueño y en el zumbido chillón de una motosierra encajonada por la distancia. Apenas y se da cuenta que quedarse sentado entretenido entre la eterna despedida de los árboles que se mecen con la brisa, hace que todo a su alrededor ondule en una apacible indiferencia.

Bajó su cabeza hacia la parte derecha de su cuerpo hasta alcanzar el hombro con la boca, y tocando su piel con los labios, sintió el penetrante olor a sudor de su axila a devolverle su cuerpo, como si de este se hubiera olvidado por años. Era como si después de haber abrazado la tierra y su música de viento, ese breve beso le recordaba su inacabada faena en el jardín, de la que aún permanece en sus manos resecadas, la aspereza de la tierra y los insignificantes cortes sobre el brazo por las espinas de los rosales.

Su lengua se inquietó, pero él no se levantó. Decidió continuar sentado y entregarse nuevamente a aquella indiferencia de sí mismo vertida sobre aquel escenario amodorrado y provinciano. Pero sin obtener el resultado que esperaba, pues ya no regresó al anterior estado de ensueño, buscó que al menos el final de aquellos instantes se dieran en una satisfacción cualquier; y dejándose llevar por lo más fácil, su mano recorrió la pierna dejando que las puntas de sus dedos se entretuvieran en el relieve de su sexo. Encontró graciosa la escena de un hombre que se acaricia, pues le pareció mil veces menos gracioso que la manera en que lo hace una mujer. 

Sólo entonces, y talvez como resultado de esos pensamientos, pasó a distinguir claramente en el fondo del patio, la cerca de madera (antes invisible) que separa el patio de la casa y la ladera arborizada, y detuvo su mirada en las herramientas (que ahora le parecían tiradas ahí por descuido) que había abandonado en medio del jardín.

Se levantó, entró en la casa y bebiendo agua a grandes tragos, observó desde la puerta de la cocina la cintura y las piernas de la mujer que estaban atractivamente ceñidos por el ajustado short de gimnasia azul marino. Ella esta entretenida en acomodar los libros y los CDs de una cierta manera, bajo una lógica que no hace caso de abecedarios, de autores, ni de estilos, y que él sabe muy bien, que esa lógica disparatada, solamente obedece a una configuración de artistas y escritores que sencillamente ella cree que merecen un poco más de su atención que otros, o porque simplemente los había ignorado durante demasiado tiempo.

Él observa atento como ella levanta columnas de Cds y de libros a su alrededor para luego acomodarlos en las estanterías. Como parte indispensable de la tarea, ella balanza el cuerpo sobre las piernas dobladas, medio arrodillada, subiendo y bajando aquel par de maravillosas nalgas de una manera suave pero continua. Ella esta ajena a la mirada del jardinero que, incrédulo, se sorprende de estar en presencia de lo que considera un raro capricho del acaso, pués los movimientos de la mujer parecen acompañar no sólo la línea melódica del concierto para piano que toca en el CD player, sino también que por instantes sus movimientos trazan una coreografía bien sincronizada con el zumbido de la motosierra que aún persiste en la distancia.

En la redondez de las nalgas, en la firmeza de las piernas, en el talle de la cintura anticipando las caderas; enfin, en cada detalle del cuerpo de la mujer, él reconoce imágenes escogidas a dedo por su memoria. En las caderas encuentra a la “Joven virgen autosodomizada por los cuernos de su propia castidad” que se apoya en la ventana ajena a las miradas de su amante; o bien, parece ser la composición de las torneadas piernas de Juanita, que el brujo venezolano decidió llamar cándidamente de “Desnudo con frutos y flores” . O quién sabe, y en ese momento el jardinero sonríe con picardía, al empuje de ese juego de piernas y ausencia de malicia, ya se vendrían oportunos los más inquietantes párrafos de “Ciclismo en Grignan” en donde el disimulado pero insistente sube y baja de una adolescente sobre el lustroso asiento de cuero de una bicicleta, construyen toda una trama, igualmente amodorrada y pueblerina.

Con su abrazo, el jardinero rodea la cintura de la mujer. Con sus labios juega con el vello de su nuca, responde a la pregunta diciendo que el jardín esta quedando un completo acuario, y sintiéndose en el derecho de anticipar la recompensa que la mujer le prometió para cuando el trabajo ya estuviera finalizado, el jardinero la conduce suavemente a su lado y se acuesta junto con ella sobre el suelo de la sala. Las columnas de libros y de Cds van cayendo una tras otra sin ningún alarde mientras los dos se acomodan sobre la alfombra. 

De esa manera, el cuerpo del jardinero se deja mimar por el movimiento gracioso y gentil de la mujer, hasta que las notas del Arabesque op. 21 n°1, de Schumann salen del más absoluto caos en hondonadas cada vez más abundantes. Luego de la pausa, el jardinero y la mujer desfallecen al abrigo de las decenas de Cds y varios tomos de libros que traslapando sus portadas en la caída, parecen albergar a los amantes en su interior, como flores de una pintoresca ofrenda.

Mientras el agua se entretiene apenas con diminutas burbujas en el fondo de la tetera, el jardinero reconoce desde la ventana de la cocina, los efectos de su trabajo en el amplio patio trasero de la casa. Sale de esa contemplación solamente para darse cuenta, lo que le produce un destello de buen humor, la inesperada facilidad con la que él y la mujer habían retomado cada quién sus tareas después del repentino amor. En el fondo, daría cualquier cosa por saber lo que ella estaría pensando de aquel mundano cuerpo a cuerpo que irrumpió en medio del quehacer casi monástico en que los dos estuvieran tan entregados; y que para él, había sido un dirigirse a ciegas en busca de una completa disolución de su conciencia, darle movimiento a su necesidad de pertenecer por completo, de disolverse, ni que fuese por una pequeña eternidad, en la belleza de la mujer.

Sirvió una taza de té solamente para ella y entró a la ducha. Desconfiado, enfrentó la imagen impredecible de su propio rostro en el espejo. Pero sin siquier haber decidido en serio lo de tomarse un baño, desnudo, él atravesó la sala, se aferró frágil y tierno al cuerpo de la mujer. Le habló con el mismo tono que había aprendido con el vaivén de los pinos. La mujer lo atrajo hacia su regazo y enredó su dedo índice en los mechones de pelo que caían sobre la frente del jardinero. Allá afuera, el atardecer acabó por silenciar la motosierra e hizo desaparecer en la penumbra, el cercado que separa el patio de la ladera vecina y las herramientas olvidadas en el medio del jardín.

UNA MANO QUE SE DESPIDE A LO LEJOS

Sé muy bien que es inútil abrir y cerrar los ojos con la esperanza de que todo lo que me rodea desaparezca como por un fácil apretar del off en el control de la televisión. Continúo aquí, en la terminal de autobuses, con mis codos apoyados en el aluminio frío de la baranda que divide la sala de espera y los corredores con los portones numerados de abordar los autobuses. Y me doy cuenta, muy a mi pesar, que una vez mas en mi vida estoy a la espera. Que la vida, talvez sea una gran espera.

En el andén numero cinco, ella ya entró con aquel exagerado aire de independencia que tanto me irrita. Y ya que su partida es inevitable, quería solamente que esta rabia no estuviera tan contenida a punto de llevarme a dudar, si de hecho soy yo, esta misma persona que espera y calla llena de un bien justificado resentimiento.

Aún pediría – ¿quién sabe si puedo llegar un poco más lejos anticipando lo que se viene en breves minutos? – que mi sobresalto por el arranque y aceleración a cada autobús que parte de la terminal, consigan empujarme de una vez por todas a la escena de desesperación en la que estoy lista a entregarme sin ningún pudor, casi con desfachatez. Todo, para hacerla sentir que es a ella a quien pertenece toda la responsabilidad por toda nuestra distancia, por mi tristeza y por su partida.

Ella, ya está en la fila esperando su turno de abordar y entregar su boleto al motorista que esta al lado de la puerta del autobús recibiendo a los pasajeros y examinando el equipaje. Llegado su turno, revisa dos o tres veces los bolsillos de su abrigo con impaciencia, lo que me lleva a reaccionar revolviendo los papeles dentro de mi cartera ante la posibilidad de que el boleto se haya quedado conmigo. Haciendome creer, durante breves segundos, que de hecho le soy indispensable. Colocándome irónicamente en ese papel de omnipresente y sabelotoda, que yo, por mi parte, acepto sin dudar ni por un minuto y del que ella saca tanto provecho para provocarme con sus comentarios burlones.

Pero pasado el susto, el cuerpo se recompone, y ella ya se habrá acomodado en el asiento diecisiete, a la derecha, al lado de la ventana donde no será incomodada por las luces que cortan las noches en las carreteras – ¡Lo mismo me da cualquier lugar, no sé porque siempre complicas todo! – Ella reclamó con hastió frente a la boletaría cuando compramos el pasaje. Pero seguramente olvidó que durante el viaje de su última visita, mientras intentaba dormir en los asientos del lado izquierdo, el vaivén del tráfico la forzaba a abrir los párpados a cada farolazo de los automóviles que se precipitaban en sentido contrario enmedio a la completa oscuridad.

¿Porque se me hace tan fácil prever lo obvio que a ella se le escapa acerca de sí misma, y que ayer por la tarde me llevo a solicitar frente a la ventanilla un lugar al lado derecho del autobús, todo para hacerle el viaje menos pesado?

Esos detalles, o mis mezquindades, como ella los llama, acaban con su paciencia porque cree que lo que pretendo al dar muestras de ese cuidado inmenso, es alardear de un amor que no tiene igual. Cuando realmente para ella ese amor no es nada más que una cursi, falsa e inaceptable actitud de querer controlar todo.

Que en el fondo lo único que pretendo es pintar el mundo de complicado o peligroso con la única intención de interpretar, hasta su mínimo gesto, como siendo torpes descuidos . Esas son las palabras con las que ella siempre se defiende y que pronuncia junto con un brusco pero atractivo acomodar de sus lentes de sol de aros un tanto masculinos para su rostro. Esos lentes de aviador que ella prefirió usar en lugar de los que le dí como regalo y que ella consideró demasiados… ¡señorita fresa! Según su irritada opinión.

En cambio, para mí, como para cualquier otra persona en la misma situación, mis mezquindades son la prueba irrefutable de que nadie en el mundo sabrá más acerca de ella que yo. Pues soy la prueba incontestable de que nada de lo mejor que el mundo le pudo ofrecer hasta ahora, siquiera y llegará a ser la sombra de lo que ha recibido de mi, y que ella tanto se niega aceptar.

Pero sus acusaciones y reclamos acaban, al final de cuentas, por dejarme en mis adentros bien humorada y satisfecha. Porque en esas acusaciones presiento la llegada de ese instante en que su boca, como concentrando toda la juventud de la que es capáz, hará aflorar su rabia y su insolencia;  poniéndome a prueba, queriendo que ante ese enojo yo cambie mi apocado papel de madre resentida por el de una vigorosa autoridad que esta siendo cuestionada con atrevimiento y que cuando se siente arrinconada, no se le ocurre nada mejor que exigir respeto.

Nada le vendría más oportuno que ese cambio de actitud mucho mas autoritario de mi parte. De esa manera, le bastaría ese desliz para justificar su desconfianza para conmigo y mantenerse a cautelosa distancia en su exclusivo mundo personal. 

Pero hay que saber esperar. Solamente tengo que tener paciencia hasta que el buen humor venza esa maliciosa provocación y ella termine por dibujar una sonrisa, esa sonrisa que todo lo hace posible, y que luego a seguir añada con gracioso auto control: ¡Olvídalo, a vos no se te puede poner contenta por más piruetas que yo haga! ¡Mamá, tú sabes que ya es casi una ley universal que no podemos pasar más de un par de semanas juntas, o este amor nos va a acabar matando a las dos! Y luego, verla lanzar una carcajada de dar gusto a la mas provocada y resentida de las madres.

Ella tiene razón, un par de semanas fueron suficientes para transformarme de nuevo en este personaje demandante y lastimado. Y pienso, no sin una cierta inquietud, que en el fondo estoy ansiosa para que ella se vaya. Que talvez toda esta incompatibilidad no pasa de un ardid montado por mí misma para empujarla lejos de mi lado y poder quedarme a solas recordándola a mis anchas, sin tener que pagar un precio demasiado alto al tenerla a mi lado, viva, inquieta, ajena y peor aún, con sus propios sueños y su propia felicidad.

Quedarme nuevamente a solas, limitándome a añorar algo que, talvez y ella tenga la razón, solamente sea un mito, algo que nunca existió verdaderamente: una madre con amor y dedicación a toda prueba por su hija. Quedarme nuevamente a solas seria una situación perfectamente cómoda y tolerable donde su presencia, la presencia de mi pretenciosa hija, estará completamente sometida y dócil. Donde yo posea, en fin, la iniciativa de perseguir la idea que puedo construir a mis anchas con su ausencia.

¿Pero, por qué pienso de esa manera? ¿No soy yo la madre caprichosa que siempre se ha resentido por la falta de reconocimiento por mi dedicación y cariño?

El estremecimiento que me causa semejante pensamiento se confunde con mi sobresalto por el estridente roncar acelerado del autobús que arranca y acelera alejándola de mí no sé por cuánto tiempo, y en el que apenas distingo a lo lejos, en una escena tan fugaz que muy bien podría haber sido un mirage, un anónimo saludo de manos que sale a través de una de las ventanas del autobús que se aleja.

 Gesto de despedida que como una suave bofetada me inunda de sensaciones y recuerdos, pero que para mi sorpresa, es correspondido también por el grupo de personas donde me encuentro diluida en un sentimiento incómodo de anónima colectividad.

No soy la única. Somos los que se despiden reunidos en la misma baranda que divide la sala de espera y los corredores con las puertas de abordar de las terminales de autobús. Para todos nosotros, un último premio de consolación para nuestro aturdimiento sentimental: Una mano que se despide a lo lejos.