EL DESFILE PATRIO, DESDE MI SOMBRITA.

Sobre la Alameda Roosevelt desfilaba en Impecable formación, a paso de marcha, la brigada de los cuerpos especiales de las fuerzas armadas. Llamaban la atención sus cámaras GoPro instaladas en sus cascos y sus lentes de visión nocturna, más aún, su maquillaje de camuflaje aplicado con esmero como conviene al protocolo para los días de combate.

Mientras tanto, era de notar que al frente de cada bloque de soldados militares de las diferentes asociaciones castrenses, aparte de la banda de guerra y de los abanderados, se destacaba un solitario representante del grupo que marchaba al frente. Luego se notaba que fuera escogido por su físico aventajado sobre los demás. Como diría mi tío Rudi, era un armario de unos buenos 1.85, aquellos que aquí en El Salvador identificamos como “un chelón bien maiciado”.

Convengamos que éste solitario ejemplar era un armario sudado al que se le notaba un tanto incomodo por no estar en medio de sus demás compañeros. A lo lejos se notaba que tipos como este son usualmente de carácter bonachón y de buen diente a la hora de las meriendas. Les gusta sentarse en las fileras de pupitres de allá atrás, donde se pueden reír en completo anonimato de las ocurrencias de sus compañeros mientras vacían una bolsita, atrás de otra, de churritos sin taparle la vista del pizarrón a nadie.

El público hacía hincapié de premiar la buena actitud de aquellos batallones que, por una u otra razón, mostraban que el espíritu de combate no era exclusivo del escenario de las contiendas o de los entrenamientos militares, y sí, en donde quiera que se haga necesario. En esos instantes en donde una acción se destacaba en medio a la tediosa disciplina del desfile militar, el público inmediatamente celebraba con entusiasmo y premiaba con aplausos, silbidos y gritos de ánimo a los guerreros patrios.

Así sucedió, cuando un canto de voces se alzó repentinamente en respuesta al silbato del jefe de grupo de una de las brigadas. Para sorpresa general, ese cántico bélico cargado de testosterona, causó admiración. Y allí estuvo el público atento y bien dispuesto para hacer sentir su presencia con sus aplausos, gritos y chiflidos.

Ya no digamos del sudado y concienzudo esfuerzo de un soldado de las brigadas de salvamento, que encima de un tráiler que recreaba el escenario de la retaguardia durante la cruda batalla, este soldado imbuido de pasión escenográfica, aplicaba sin tregua el RPC y la respiración boca a boca a un desfallecido maniquí que se estremecía al vigor de los masajes. Fue premiado con colosal aplauso por el público.

Para sorpresa general de los patrióticos asistentes, la presencia de la fuerza naval nos recordó que El Salvador también tiene mar y que es deber de las fuerzas militares salvaguardar tanto los límites territoriales, aéreos como oceánicos. Así, el público se desato en aplausos cuando vio aparecer el par de lanchas de vigilancia con 3 sendos motores Kawasaki de no pocas cilindradas, y luego atrás, como parte del desfile, los acompañaba un “narco submarino” capturado en aguas territoriales. En la cubierta del artilugio pirata, construido con insólito ingenio en fibra de vidrio, tres representantes de las autoridades militares fuertemente armados custodiaban los sospechosos paquetes que representaban un decomiso millonario en drogas. Los aplausos y los chiflidos una vez más se hicieron escuchar.

Para compensar la astronómica asoleada a que se sometía el público con intachable buen humor, no se hicieron de rogados los vendedores de sorbete, a decir verdad, era un sorbete a prueba de calor pues los vendedores lo mostraban al público sin ninguna consideración térmica. No faltaron los clásicos vendedores de agua helada y una variada oferta de alimentos en donde se destacaba ampliamente, el platito desechable de porción de papa frita con queso y salsa de tomate.

Fue patente el atraso entre los grupos que participaban del desfile patrio. Hubo una pausa de quince o veinte minutos en que nadie desfiló, a no ser el propio público que se entretenía incansablemente en seguir buscando un mejor lugar para poder apreciarlo. Así, mientras unos atravesaban la calle de la Alameda Roosevelt de norte a sur, la otra mitad lo hacía, con igual ímpetu, de sur a norte. Otros preferían dirigirse hacia el parque Cuscatlán y la otra mitad hacia El Salvador del Mundo.

En ese ínterin nos encontrábamos todos los presentes, cuando se escuchó a lo lejos el redoblar de los tambores y el alarido de las trompetas. Para alegría general, el desfile continuaba.

Pero, para compensar semejante atraso en la continuidad del desfile, los desesperados líderes de grupo ordenaron marcha forzada, y haciendo esfuerzo por mantener el bloco en compacta formación, salieron en debandada.

Semejante muestra de vigor en aquella acalorada mañana de domingo, despertó los ánimos del público que desató a gritos de aliento y aplausos, mientras los más jóvenes junto con los más inquietos no satisfechos con ese bien portado apoyo moral, creyeron indispensable acompañar el ritmo de la marcha forzada con sus acompasados chiflidos.

Dignos de mención son: Un simpático gordito que saludaba con sonrisa amplia desde el lugar más alto del tráiler del Comando de las Comunicaciones. El batallón compuesto en su totalidad por aguerridas mujeres en atuendo completo de combate. El pelotón de enfermeras militares. Las impecables formaciones de los jets de combate comprados a Chile un par de años atrás.

De parte del público cabe mencionar: La señora que aprovecho una pausa del desfile para correr con botella de agua en mano hacia uno de los soldados con canes adiestrados en las artes del combate, para saciar la sed del compañero canino. Otras señoritas que aprovecharon la pausa para tomarse una selfi con el portentoso líder de grupo. Una familia cuya madre y tres hijas adolescentes que nada le debían a las Kardashians. Una niña plácidamente sentada en hombros de su padre que exclamó emocionada al escuchar a lo lejos la banda de guerra: ¡Allá vienen los mariachis!

El desfile que había comenzado a las Nueve de la Mañana, terminó cerca de las dos de la tarde después que desfilaron, además de las fuerzas armadas salvadoreñas, decenas de asociaciones e instituciones de toda suerte y motivo. Como dice mi tío Rudi: Después que desfiló chinche y telepate. No hay duda, el 15 de septiembre continúa siendo de mis eventos populares favoritos.

 FOTOGRAFÏA de portada: Raquel Abrego

Autor: Joel Barraza

Mi relación con las letras y la literatura tomó camino cuando ingresé a quinto grado de un colegio privado en donde yo no era ninguna lumbrera. El profesor Henríquez tuvo la brillante idea de promover un concurso de “Recitar un poema” y mi abuela decidió que había llegado el momento de ondear el blasón familiar. Fui un éxito, relativo, pués nada es más inusual que a la edad de diez años recites un poema quilométrico adornado de gestos propios del oficio. A los catorce años leí de Hesse dos obras, El Lobo de las Estepas y Demian. A los diecisiete años sufrí al leer aquellas palabras sin sentido salidas de mi propia mano, y que habían plasmado, sin querer queriendo, mi descalabro mental en términos de literatura. Más precavido pero igualmente aventado, Lo intenté nuevamente a los veintiuno. Ataque el cuaderno con frases tan demoledoras como “El infinito pesar de lo inefable”... no eran más que las desesperadas ganas de reconocimiento que tiene la juventud. A los treinta años, ya me sentía todo un Joel Barraza y lo tomé a pecho. Me senté hasta lograr algo para exponer a la mirada ajena. No pasó nada. Pero a partir de entonces, todo fue oficio, es decir: paciencia, atención y tiempo. Habia pués, llegado a los cuarenta. En la actualidad, me dedico siempre que puedo a escribir lo que me emociona de mi entorno, lo que me mueve en mi imaginación y ambición. Pero ahora, tenemos internet y existen plataformas sociales y además tenemos Blogs. Han pasado cuarenta años desde aquellas mis primeras letras. Mi nombre es Joel Barraza, pasen adelante, gracias por venir, la mesa está servida.

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