EL DESBORDE DE LA MAGIA

La hora del día en la playa casi desierta es esa en que la arena aún está tibia, la brisa cambia discretamente su rumbo en dirección al mar, el paisaje se alarga en sombras hasta desvanecerse y con su peso, el sol estremece la última línea de aquellos confines.

Salida de quien sabe de dónde, una mujer está a pocos pasos de distancia. Tan próxima que resulta extraño que no se incomode por tener vecinos tan cercanos mientras cava sin prisa una olla regordeta sobre la arena. Dentro, ella va formando un circulo de rosas rojas, velas mitad negras mitad rojas y en el centro acomoda una botella de aguardiente, copas, una caja de fósforos y algunos habanos. Durante la faena, la mujer tararea y marca su letanía con las enérgicas llamaradas de los fósforos que se encienden como duendes locos que ya quisieran tener el poder de reanimar el día.

Pero basta levantar la mirada hacia el mar, donde un bote pesquero maniobra taimadamente al ras de la reventazón cerrando cada vez más el circulo de la red de pesca, que, a una segunda mirada, la mujer ha desaparecido dejando en su lugar aquel pequeño y secreto altar iluminado, como el ojo brillante y alerta de un jaguar.

En el mar, las gaviotas se lanzan oportunas al saqueo de las redes en implacables picadas alrededor del bote. Pero este continúa cerrando su círculo mortal, ciego al desespero del cardume por librarse de la red, y sordo al festivo canto que acompaña el banquete de las aves a su alrededor.

Sin ningún alarde, la saciedad deja lugar a la intimidad, cesa el graznido de las gaviotas y el bote de pesca apenas se advierte por el vaivén de sus luces en la oscuridad en donde poco antes había toda una inmensidad.

El sol se ha puesto por completo y el jaguar también se ha retirado para su cubil en algún lugar del horizonte, y con ello, ya se advierte un nuevo orden. Ahora, el temblor difuso de las llamas del pequeño altar y la oscuridad que lo circunda pertenecen al cuerpo inquieto y a la mirada vigilante de la pantera. Se ha efectuado ya, el cambio de guardia.

Sentada, la pantera se entretiene a inventariar con el olfato el historial de transacciones de la playa y por momentos se deja entretener por el carrusel luminoso que forman las ofrendas dentro de aquel fantasioso regazo. Se siente en fiesta porque este es uno de sus despachos preferidos, pues ofrece una botella de aguardiente, copas, habanos, velas y fósforos, todo un servicio completo para que Exú comience la noche con toda la pompa, gusto y la circunstancia que se exige.

Finalizado el banquete, la pantera se estira, bosteza con gusto, y para sacudirse la modorra se dirige a la ciudad lista para comenzar su ronda por las calles.

Se desplaza atenta al movimiento del gentío en los andenes, balanceando los hombros y evitando con sincronía ejemplar la frenética desbandada que se apodera de los empleados, cuando ya hartos de tanto afanarse, solo quieren regresar a casa.

En medio de semejante ajetreo la pantera apenas y tiene el tiempo de un parpadeo para evitar la escupida que algún grosero lanza con descuido hacia el suelo y el tiempo de otro parpadeo para maldecirlo en sus adentros. Pero ella misma se ufana de tener como única respuesta un disimulado erizar en su pelaje, un roznar de enfado… guardar las uñas, esconder sus colmillos… y hacer caso omiso de aquel apocado blandengue lanzador de escupidas.

Es fascinante ver la facilidad con que ella encoge las patas para luego lanzarlas al vacío en una continua, creciente y frenética corrida. Hasta que, de un salto ¡zas! se cuelga de los cromados pasamanos de la puerta trasera del microbús completamente abarrotado de gente.

Ya adentro, abriéndose camino con mal disimulados codazos, se siente a sus anchas, está contenta por el calor que emana de los cuerpos y satisfecha por la corrida rápida y certera de la cual guarda aún la levedad del aire en forma de una comezón en la punta de las patas.

Vanidosa, se limpia los bigotes, y en una súbita e irrefrenable intimidad acaba por prolongar la lambida a lo largo del pecho mientras escucha atenta un grupo de jóvenes que ha decidido estacionarse en las gradas de la puerta de atrás del autobús para vociferarle ocurrencias a la gente en los andenes.

Adelante del autobús, cerca de la puerta delantera, la pantera observa un cuerpo del cual le apetecería aproximarse. La presa es atractiva y más que suficiente para coronar el momento. Sin detenerse ni por un segundo en alguna consideración, la pantera se encamina en dirección a aquel cuerpo que de tan entregado que está a las notificaciones y las publicaciones en su celular, cree estar lejos de todo peligro.

A su paso, la pantera hace poco caso de cortesías, por lo que es ásperamente reprendida por un pasajero a quien ha dado un zarpazo accidental. Pero no hay nada mejor que un rugido seco para intimidar y hacer retroceder al delicado pasajero hasta su insignificante anonimato. Después de ese ajuste de cuentas, ella se va abriendo camino sin escuchar ni un único reclamo.

El tibio aroma que emana de los cabellos de la presa sería suficiente para que la pantera olvidara todos los inconvenientes del viaje a esas horas de pico, y considera, con zalamería, que ya solamente el aroma de su presa es regalo suficiente para hacer sentir a cualquier predador de su especie, en medio del inmaculado jardín del edén. Pero las patas traseras de la pantera también reclaman parte del botín y actúan por cuenta propia apretándose contra las nalgas de la víctima que está a su merced en medio a la aglomeración y que no sabe si rechaza abiertamente o no, ese contacto que raya lo abusivo. 

La presa, entre molesta y temerosa, busca el rostro del atrevido por la ventana del autobús que le funciona a modo de espejo retrovisor. Pero al hacer contacto con la mirada fija e imperturbable de la pantera, la presa se deja vencer por el dominio que la fiera transmite y que está ahí sólidamente fundida a su trasero con los ojos semicerrados e invencibles, con la pequeña punta rosada y redonda de la lengua apareciendo por fuera de la boca con una gracia insolente y con el potente remolino de sus orejas succionando todo a su alrededor en la busca anticipada de algún inconveniente.

Pero la presa se escabulle con astucia, y no hay para la pantera nada más que le pueda interesar del viaje. Aprovecha entonces que el motorista transita con la puerta de salida abierta y se lanza a la calle con el autobús en movimiento, y a seguir, asfixia los gritos de los sorprendidos pasajeros con el estruendo que provocan los trompones que ya desde la calle, ella propina a la carrocería del autobús a modo de un colosal bombo de guerra.

Atenta y dispuesta a usar su propio cuerpo como proyectil para cobrar caro por su vida, la pantera examina de soslayo el aparente desorden de las luces, que desde la amplia avenida, ella ve aproximándose velozmente en su dirección. Y es del chillido de las frenadas, de los golpes de humo de sus escapes, de las palabrotas de los motoristas y sus dilacerantes bocinas, que para la pantera está compuesta la materia de las garras y del corazón.

Pero aún no ha sido la vez del cazador. Ahora, más segura de sí de lo que antes estuviera, levanta su enorme cabeza en un profundo  y áspero rugido que hace estremecer y callar por segundos el monocorde de la cuidad; al mismo tiempo que allá en lo alto, como un presagio, el gigantesco anuncio de neón que se enciende y se apaga sin descanso le evoca las centenas de amaneceres y puestas de sol de las que ya fue testigo y de las que talvez estén todavía por venir.

En los jardines del inmenso parque al lado de la avenida, ya lejos de los peligros de la calle y ajena a todo y a todos, ella moldea con el cuerpo la silueta de un viejo tronco pulido y ancestral, haciendo saltar tierra y raíces al afilar sus garras en el engramado. Luego, descansa golpeando plácidamente su cola contra el suelo con la satisfacción de quien está llena de fuerzas y aún tiene una larga noche por delante. 

No suficientemente larga, es verdad, como para no ser siempre sorprendida por los primeros zarpazos del jaguar, que al mínimo descuido le ciñen la frente al horizonte. Habrá llegado entonces la hora de efectuar, una vez más, el cambio de guardia.