ROCK EN EL TAJTZINKAYU KUSKTAN

 

Eran las 9:30 youaltika en punto.

Rápidamente reconocí el mismo lugar que sirvió de sede a la Luna Casa y Arte. Pero absolutamente con otro yolilistli, púes cada cosa tiene su propio sentimiento y otro tokaitl, púes no se puede llamar igual aquello que ya no lo es.

Ahora, en este nuevo local que sirvió de vivienda a La Luna Casa y Arte, el femenino toque satelital ha desaparecido entre purpurina y estrellitas; y ahora, en lo austero de la decoración, impera una mal disimulada testosterona.

Habíamos llegado justo a la hora, pues la banda luego de acomodarse en el escenario se dejó ir sin piedad. Nosotros por nuestro lado, canjeamos a toda prisa las semillas de cacao de la actualidad por el vital líquido, y nos arrimamos cerca de la mesa de sonido, donde Halach Uinic agregaba, a última hora, algunos dedazos sobre los potenciómetros de ecualización del sonido; o si lo prefieren, agregó lo que le faltaba al caldo para espesar y que el chikaktli saliera de madres.

Ni la banda, ni el público eran aquellos bichos del 2000. Me atrevo a decir que en la interpretación, de cierta manera extremamente socada, se hacia notar que ya han pasado casi 15 años de las presentaciones de aquella fase inicial y de apogeo de la banda. Los empaques quizás no sean los de fábrica, pero ahora, los músicos ya tienen la autoridad que solamente otorga el tiempo, tlamakatsintli. El desenfado de la experiencia.

En respuesta al tiembla tierra del primer tema, el público coreó las letras como muestra de lealtad y afecto. Los músicos no dejaron caer la bola al suelo mientras tecniquiavan y chunguiaban con pases cortos a la representación del astro rey. El público se aproximó decidido a la estrecha pista de baile frente al escenario.

Isiuteua era la consigna, la banda parecía siempre urgida de tocar la rola siguiente. No cedió espacios entre un tema y otro. Apretaba el ritmo. Las siluetas y las sombras del templo se agrandaron al peso del sonido y creo imaginar, que se debía a lo emblemático de este regreso al teotlachtli, después de varios años lejos del reto y la contienda. El público gritaba y chiflaba aprobando la presencia después del silencio de años de la banda.

La batería sonaba limpia y el batero, aquel iracundo teyaochiuani con su armadura de cusuco (de donde ciertamente ganó su nombre entre los escogidos), castigaba sin lástima y con absoluta propiedad su fábrica de truenos.

La voz líder se las arregló para dejar claro su buen trabajo gutural y alzó el llamado por encima del muro de sonido. El público iba tomando posiciones en la parte delantera del escenario. Los meseros y meseras del templo se abrían paso entre el martirio de aquella avalancha de decibelios, calor y guerreros sedientos, pero acompañaban el ritmo creciente entregando los pedidos sin titubeos.

La banda tubo el tiempo y la generosidad suficiente para recibir a un tlakuanotstli, ganador de varias batallas en el rap, en el escenario. Él no se hizo de rogado y nos hizo saber porqué se le otorgó tal distinción: atacó con su xochicuicayotl de dejar el alma en un hilo, la banda rugía parejo. El calor aumentó, pero nadie dio un paso atrás.

El guitarrista demandó hasta lo último de su guitarra, pero una de las hebras de acero no pudo más con el fragor de la batalla y allí quedó tirada por el camino. Entretanto, la otra guitarra, robusta y jadeante, mantuvo el orden en la línea de frente.

En algún momento de aquel tiempo entre el ayer y el ahora, el bajista responsable de hacer pulsar el corazón de la banda, anuncio el último tema de la noche.

El público sabía que era esa la señal que esperaban para instalar el Rabinal Achí, o danza del Tun, a la moda de los telpochtin de los últimos 30 años (1980-2010) dentro del trash metal, y se lanzaron al asalto final. Era la batalla cuerpo a cuerpo, la representación del alma guerrera en su éxtasis de apropiación del mundo.

Sin embargo, la mayoría de las guapas ichpokatl prefirieron mejor hacerse a un lado, para no perder la frescura y tener que ir a arreglarse el maquillaje. Sabiduría aprendida con el tiempo.

La presentación, entre ovaciones, finalizó a las once de la noche. El Huey Teuccalli, el templo mayor, aguanto firme el embate.

La noche acabó de la manera en que una noche de rock puede acabar aquí, por estas latitudes mesoamericanas: Fuimos a Café La Té !y allí sí¡, a las ichpochtli les valió chonga el maquillaje y la frescura femenina y al ritmo de nuestros vecinos del caribe, se lanzaron dispuestas al saqueo y a la conquista en la pista de baile, degustando la bebida pirata por excelencia. Con hielo y coca-cola, homenajeando de paso a la isla de la libertad, por supuesto.

Ayutush en Búhos Pizza, Tajtzinkayu Kusktan, 18 de noviembre de 2016

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DE LOS PLANETAS, LA LUNA Y OTRAS ASTRALIDADES.

Cierto es que me conmueve recordar La Luna Casa y Arte. Pero también es cierto, que si me detengo a pensar en “La Luna que me tocó a mí”, me quedaré sorprendido ante la correntada de imágenes de las bailadas del último viernes de mes, de los libritos con la programación mensual que después fueron afiches doblados en las más ingeniosas formas hasta alcanzar el tamaño de bolsillo.

Imágenes de las célebres camareras, de los talleres de enseñanza, los festivales de JAZZ, las lecturas de poesía, las muestras de danza contemporánea, los sketches de Cabaré, las películas cult, y para no cansarlos tan temprano, me detendré con los deliciosos coqueteos y tropicalísimos romances entre lunáticos.

Recién llegado de Rio de Janeiro después de 25 años de ausencia. El último trecho Managua-San Salvador. Fin de línea. Miedito anidado en lo más hondo desde el momento en que decidí regresar. Las historias de la guerra. ¡Y lo que había dejado atrás en un día de enero de 1974: mi inquietud de adolescencia bajo la sombra de un robusto y provinciano autoritarismo gubernamental y cultural!

A la semana, la invitación a conocer La Luna. Mi hermana estaba ansiosa para que yo viera que sí, sí había VIDA en La Luna de San Salvador y que con esa presencia satelital, la inquietud se validaba a sí misma y los recelos podían ser desafiados con el bullicio de las reuniones, mientras la siempre “nada comercial” música de fondo retorcía y aceitaba la conspiración creativa y artística.

La Luna marcaba el ciclo de buena parte de las mareas de nuestro calendario social. Era el Facebook de los 90 en San Salvador de los inquietos, de NO virtualidad, de los que regresaban y tenían mucho que hacer o hablar, pues en esos tiempos la mayoría regresábamos de algún lugar. Luna de encuentros.

Estamos hablando de una Luna a lo largo de más de una década de mareas. Así, fueron incontables las cervezas consumidas como ingeniosos fueron los nombres de los cocteles (nombres que eran un atentado a la gravedad terrestre).

Hubo almuerzos vegetarianos, poesías, músicas originales tocadas en estreno. Numerosas fueron también las bandas de rock, pop y canción latinoamericana, numerosos los amigos vascos, los de ONGs, los de la cooperación internacional; en fin, todos Los Cheles y Chelas (como manda el nuevo figurín de género)

Pero también estaban las tribus de Bichos (que ahora ya no están tan bichos), las matinés dominicales para los peques, los covers y los que se quedaban en el murito de la entrada esperando que alguien los pusiera adentro. Hubo Luna del Centro, de la Feria, Lunapalooza, La Almohada, socios de inicio y de después, señales de “No a las drogas”.

Generaciones inquietas que se alejaron y le dejaron espacio a otros igualmente inquietos; reclamos de vecinos por el constante y a veces raro desfile de poetas, músicos, socialites, izquierdosos, algunos de derecha que nunca faltan aunque no se les invite, o por eso mismo; y por supuesto punks, metaleros, hip hop, break dancers y los almidonaditos de camisas manga larga de rayas, que no faltan y que muchas veces resultan ser los más ausentes de gravedad.

No me conmueve el fin de La Luna, quizás porque entre todas esas Lunas yo tuve la mía y mi Luna se acabó mucho antes que la de otros. No acostumbro a llorar algo o a alguien querido más de un par de veces bien lloradas. Pero eso sí, “La Luna que me toco a mí”, como a otros que he querido, a esos no los olvido.

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Este artículo hace parte de una recopilación de textos, escritos  por personas próximas de la gravedad lunar, y que se animaron a arañar algunas líneas en homenaje al cierre de La Luna Casa y Arte. El libro, de lectura gratuita, lo pueden encontrar en: https://issuu.com/indoleditores/docs/lunascopio1